La Chica Que Fue Vendida Por Su Padre Terminó Viviendo Con El Heredero Más Arrogante… Y Él Fue El Único Que Se Atrevió A Salvarla – PARTE 2

Quinn llegó a la casa Cole buscando ayuda para estudiar, pero encontró otra jaula: una madre que quería usarla, un padrastro engañado y un hermanastro arrogante que escondía tantos secretos como ella. Justin intentó alejarla, pero cada vez que Quinn estaba en peligro, volvía por ella. Después de enfrentar a los cobradores de su padre, ambos hicieron un pacto: dejar de destruirse y proteger los secretos del otro. Lo que ninguno quiso admitir era que ese pacto ya empezaba a parecerse demasiado al amor.

Quinn Morgan descubrió que la universidad no era un lugar donde las personas escapaban de sus problemas.

Solo era un lugar más bonito para encontrarlos.

Los pasillos eran amplios.

Las aulas tenían tecnología impecable.

Los jardines parecían diseñados para folletos de admisión.

Pero las jerarquías eran las mismas de siempre.

Dinero.

Apellido.

Poder.

Quinn no tenía ninguno.

Tenía una beca incompleta, una matrícula pagada por Davis Cole, un uniforme emocional hecho de orgullo y cicatrices, y una deuda tan grande que a veces le parecía sentirla caminando detrás de ella.

Después del incidente con los cobradores, Justin cambió.

No de forma obvia.

No lo suficiente para que otros lo notaran.

Pero Quinn sí.

Seguía siendo arrogante.

Seguía diciendo cosas irritantes.

Seguía actuando como si el mundo fuera un tablero y todos los demás piezas mal colocadas.

Pero ahora la esperaba al final de las clases.

Le mandaba mensajes secos como:

“¿Llegaste?”

“¿Comiste?”

“No vayas sola por el estacionamiento.”

Quinn respondía con sarcasmo.

“Sí, papá.”

“Comí aire.”

“Gracias por el informe de seguridad, oficial Cole.”

Y aun así, respondía.

Porque le gustaba que alguien preguntara.

Eso la asustaba.

Lucien, en cambio, no la asustaba.

Lucien era luz donde Justin era sombra.

Baterista.

Heredero de una cadena hotelera.

Sonrisa fácil.

Cabello despeinado.

La clase de chico que hacía que entrar a una cafetería universitaria se sintiera menos como una prueba y más como un lugar donde quizá podía respirar.

— Deberías venir a escuchar a mi banda —le dijo un día.

— ¿Tienes una banda?

— Eclipse. Estamos buscando vocalista. ¿Cantas?

Quinn se quedó quieta.

Cantar era una parte de ella que casi nadie conocía.

La parte que había protegido incluso de su padre.

Cuando todo en casa se volvía insoportable, Quinn cantaba bajo la respiración.

Baladas viejas.

Rock.

Melodías que inventaba mientras fregaba platos o caminaba de vuelta de trabajos nocturnos.

Había enviado currículum a algunos grupos universitarios, pero no esperaba respuesta.

— Un poco —dijo.

Lucien sonrió.

— Las personas que dicen “un poco” suelen ser buenas.

Justin apareció detrás de ella.

— No.

Quinn cerró los ojos.

— Ni siquiera sabes qué va a decir.

— Sé suficiente.

Lucien levantó las manos.

— Relájate, Cole. Solo invité a Quinn a una audición.

— Tiene clases.

— Ella puede hablar por sí misma.

Quinn se giró hacia Justin.

— Voy a audicionar.

— No.

— No eres mi padre.

— Gracias a Dios.

— Ni mi dueño.

Los ojos de Justin se oscurecieron.

— No sabes en qué te estás metiendo.

— En una banda universitaria. No en una organización criminal.

Lucien soltó una risa.

Justin lo fulminó.

— Tú cállate.

Quinn cruzó los brazos.

— Dijiste que querías que dejáramos de pelear.

— Esto no es pelear. Es evitar que hagas una estupidez.

— Mi madre me vendió, mi padre me vendió, Lydia me acosó y tú me dejaste en una calle peligrosa. Creo que puedo sobrevivir a una audición.

La frase lo golpeó.

Justin no respondió.

Solo se apartó.

Pero no se fue.

La audición fue en un garaje adaptado como sala de ensayo.

Había cables por todas partes, amplificadores, una batería con pegatinas, botellas de agua y una guitarra eléctrica colocada en un soporte.

Quinn la vio antes de ver a Justin.

Era negra.

Hermosa.

Cuidada con devoción.

— No toques esa —dijo Justin de inmediato.

— Ni siquiera iba a hacerlo.

— Es de mi madre.

La voz cambió.

Se volvió más baja.

Quinn miró la guitarra otra vez.

Ahora entendió.

Esa no era solo una guitarra.

Era un altar.

Henry, el bajista, le dio una sonrisa amable.

— ¿Lista?

— Sí.

Justin se cruzó de brazos.

— Una vocalista principal debería tocar varios instrumentos.

Quinn levantó una ceja.

— ¿Tú puedes?

Lucien soltó un “uh” bajito.

Henry se rió.

Justin no.

Quinn se colocó frente al micrófono.

No pidió pista.

No pidió tiempo.

Cantó a capella.

Al principio, su voz salió suave.

Luego creció.

El cuarto cambió.

No era una voz perfecta de conservatorio.

Era algo mejor.

Rota donde debía.

Fuerte donde dolía.

Tenía hambre.

Tenía historia.

Tenía rabia convertida en melodía.

Cuando terminó, nadie habló.

Luego Henry dijo:

— Tenemos vocalista.

Lucien aplaudió.

— Totalmente.

Justin miraba el suelo.

Quinn sintió una pequeña victoria.

— ¿Y tú?

Él levantó los ojos.

— No eres terrible.

— En tu idioma, eso es un halago enorme.

— No te emociones.

Ella sonrió.

Por primera vez, Justin no pareció molesto por esa sonrisa.

La banda ensayó durante días.

Eclipse tenía talento, pero también caos.

Lucien llegaba tarde, Henry discutía sobre arreglos, Justin fingía que no le importaba y luego corregía cada acorde con precisión obsesiva.

Quinn descubrió que en el escenario Justin cambiaba.

El heredero Cole desaparecía.

El chico arrogante también.

Quedaba alguien vivo.

El cabello desordenado.

Los dedos rápidos sobre la guitarra.

Los ojos cerrados cuando tocaba una progresión que parecía arrancarle algo del pecho.

Quinn lo miraba y pensaba:

Este es el verdadero Justin.

No el hijo perfecto.

No el playboy.

No el idiota que la irritaba.

Este.

El problema era que Justin odiaba que lo vieran.

Especialmente ella.

— Deja de mirarme —dijo una noche.

— Estoy mirando al guitarrista de mi banda.

— No soy tuyo.

— La banda sí.

— Técnicamente, Lucien la fundó.

— Técnicamente, eres insoportable.

Lucien apareció con dos bebidas.

— ¿Interrumpo tensión romántica o guerra?

— Guerra —dijeron ambos.

— Qué raro, suena igual.

Los sentimientos de Lucien por Quinn se volvieron evidentes antes de que él los confesara.

La esperaba.

La llevaba a clase.

Le compraba café.

La escuchaba de verdad.

Con Lucien, Quinn podía hablar sin sentir que cada palabra era una batalla.

Eso debería haber sido suficiente.

Pero no lo era.

Porque cuando Justin entraba en una habitación, Quinn lo sentía antes de verlo.

Y odiaba eso.

Una noche, Eclipse fue a una fiesta de bandas.

Quinn llevó ropa cómoda, no el vestido corto que Justin le había comprado.

— No usaste lo que te di —dijo él.

— No me gustan las faldas cortas.

— Te habría quedado bien.

— No es suficiente razón.

Él la miró.

— Bien.

— ¿Bien?

— Bien. No deberías usar algo solo porque alguien lo elige por ti.

Quinn se quedó callada.

A veces Justin decía cosas correctas de la manera menos esperada.

La fiesta estaba llena de bandas, luces, humo y gente que parecía pertenecer a canciones.

Quinn se sintió viva.

Hasta que vio a James.

Su ex.

Y a Emily.

Su antigua mejor amiga.

Juntos.

Emily sonrió al verla.

— Quinn. Escuché que tu padre murió. Qué triste. ¿Ahora trabajas aquí para pagar deudas?

James intentó sonar amable.

— Si necesitas ayuda, aún puedo—

— No —dijo Quinn.

La palabra fue rápida.

Justin apareció a su lado.

Lucien también.

Emily miró a ambos.

— ¿Dos novios? Vaya. Siempre fuiste ambiciosa.

Justin sonrió.

Peligroso.

— Justin Cole.

Lucien hizo una pequeña reverencia burlona.

— Lucien Way.

James perdió color.

Emily también.

— ¿Cole Group? —susurró alguien.

— ¿W Hotels?

Quinn no quería usar nombres ajenos como escudo.

Pero no pudo negar que aquella vez el escudo funcionó.

— No soy amante de nadie —dijo Quinn—. Soy la nueva vocalista de Eclipse.

Zayn apareció entonces.

Líder de Silver Screen.

Arrogante.

Cruel.

Con una sonrisa que buscaba sangre.

Su historia con Justin era vieja.

La hermana de Zayn había estado obsesionada con él, y cuando Justin la rechazó, Zayn lo culpó por todo.

— ¿Eclipse consiguió vocalista? —dijo Zayn—. Qué desesperados.

Justin se tensó.

Zayn miró la guitarra.

— ¿Sigues escondiéndote detrás del recuerdo de tu madre?

Quinn vio el cambio en Justin.

No rabia normal.

Dolor.

— No hables de ella —dijo Quinn.

Zayn sonrió.

— ¿La nueva chica defiende al príncipe cobarde?

La apuesta surgió como una chispa y se volvió incendio.

Eclipse contra Silver Screen.

Allí mismo.

Votos del público.

El perdedor se arrodillaría y diría: “Soy basura.”

Y cumpliría una condición del ganador.

Quinn aceptó antes de que Justin pudiera detenerla.

— ¿Estás loca? —susurró él—. Ensayaste dos veces.

— Entonces será memorable.

Subió al escenario.

Y cantó.

Esta vez no fue solo una audición.

Fue rabia.

Fue libertad.

Fue todo lo que no pudo decir en el casino, en la casa de Kate, en la oficina de la directora, frente a James y Emily.

Justin tocó detrás de ella con una intensidad que parecía conversación.

Lucien la siguió con batería precisa.

Henry sostuvo el suelo bajo sus pies.

Por un momento, Eclipse fue más que una banda.

Fue una promesa.

El público gritó.

Quinn bajó del escenario temblando.

Justin la miró como si nunca la hubiera visto antes.

— ¿Qué?

— Nada.

— Dilo.

— Fuiste increíble.

Ella perdió la voz.

Luego vinieron los votos.

Silver Screen ganó.

No limpiamente.

Quinn vio a alguien cambiar vasos de votación.

— Hicieron trampa.

Zayn se burló.

— ¿No sabes perder?

Justin se arrodilló.

— No tienes que hacerlo —dijo Quinn.

— Sí tengo.

— No.

Él la miró.

— A veces la derrota pública duele menos que darle a otros el poder de decir que tienes miedo.

Se arrodilló.

— Soy basura.

La risa de Zayn fue cruel.

— Mi condición. La guitarra.

El mundo se detuvo.

Quinn miró a Justin.

La guitarra de Nancy.

La única cosa de su madre que guardaba como algo sagrado.

— No —dijo ella—. Cambia la condición.

Zayn la miró.

— Entonces tú pasas la noche conmigo.

Justin se lanzó contra él.

La pelea habría destruido la fiesta si Lucien y Henry no lo separaban.

— Fuera —gritó el organizador—. Todos fuera.

Afuera, la noche estaba fría.

Justin respiraba con rabia.

Quinn lo miró.

— No debiste aceptar.

— No iba a dejar que te tocara.

— Yo puedo defenderme.

— Lo sé.

— Entonces ¿por qué actúas como si no?

Justin pasó una mano por su cabello.

— Porque cuando alguien te mira como mercancía, no puedo pensar.

La confesión los dejó en silencio.

Lucien llevó a Quinn a casa esa noche.

En el auto, se detuvo frente a la mansión Cole.

— Me gustas —dijo.

Quinn cerró los ojos.

Lucien era bueno.

Amable.

Seguro.

Merecía honestidad.

— Tengo sentimientos por Justin.

Lucien asintió, herido pero digno.

— Lo sabía.

— Lo siento.

— Esperaré a que lo entiendas. O a que él deje de ser idiota. Lo que pase primero.

Quinn sonrió con tristeza.

— Gracias.

Esa noche encontró a Justin borracho en un bar.

Rodeado de chicas.

Sonriendo como si nada importara.

Quinn lo sacó de allí.

— ¿Por qué me llamaste?

— Porque no la estaba pasando bien.

— Parecía lo contrario.

— Soy bueno fingiendo.

En su habitación, Justin cayó sobre la cama.

Quinn le quitó los zapatos.

— Lucien me confesó que le gusto.

Justin abrió los ojos.

— ¿Qué le dijiste?

— ¿Por qué importa?

— Porque me vuelve loco de celos.

La frase salió antes de que pudiera detenerla.

Quinn se quedó inmóvil.

— ¿Qué dijiste?

Justin se cubrió la cara con el brazo.

— Que me vuelve loco. Que cada vez que te veo con él quiero romper algo. Que fui yo quien te empujó hacia él y ahora odio haberlo hecho.

— Justin.

— Lo sé. Eres mi hermanastra.

— No de sangre.

— Mi padre nunca lo aceptará.

— ¿Y tú?

Él la miró.

Por primera vez, sin máscara.

— Yo ya estoy demasiado lejos.

Quinn no sabía quién se acercó primero.

Tal vez ambos.

El beso fue distinto al de aquella primera noche.

No nació de miedo.

No de rabia.

Sino de reconocimiento.

Como si todo lo que habían intentado negar finalmente encontrara una forma de hablar.

A la mañana siguiente, Davis Cole volvió antes de lo esperado de Hawái.

El mayordomo había visto a Justin vestido de rock, saliendo con Quinn.

Davis lo enfrentó en el desayuno.

— ¿Es cierto?

Justin quedó rígido.

Quinn lo miró.

Él podía mentir.

Podía salvar su imagen.

Podía culparla.

Pero no lo hizo.

— Sí.

Davis dejó la taza.

— No te crié para esto.

— No me criaste para ser yo. Me criaste para ser el hijo que no te recordara a mamá.

El silencio fue absoluto.

Kate observaba, calculando.

Davis se puso de pie.

— No hables de tu madre.

— Ella amaba la música.

— Ella nos dejó.

— Tenía sueños.

— Tenía un hijo de tres meses y un esposo que la amaba.

La voz de Davis se quebró, pero enseguida volvió a endurecerse.

— Murió por perseguir esa vida.

Justin también se levantó.

— Y tú pasaste veinte años odiando todo lo que se pareciera a ella, incluso en mí.

Davis señaló la puerta.

— Entonces vete. Si quieres vivir como un rebelde, hazlo sin mi dinero.

Justin asintió.

— Bien.

Quinn lo siguió afuera.

— ¿Adónde irás?

— No lo sé.

— Justin—

— No vengas.

— No voy a dejarte solo.

— Si se entera de nosotros, también te echará.

— Tal vez no.

— No lo conoces.

Él se fue.

Quinn lo vio alejarse con una sensación de pérdida que no podía nombrar.

Kate apareció detrás de ella.

— Esto no sirve —murmuró—. Si Justin queda fuera, el dinero no llegará.

Quinn la miró.

Por fin entendió todo.

Kate nunca la quiso allí como hija.

La quiso como herramienta.

— Tú planeaste acercarme a Justin.

Kate sonrió.

— Y funcionó demasiado bien.

— Eres repugnante.

— Soy práctica.

Quinn no discutió.

Tenía algo más importante que hacer.

Primero, debía arreglar lo que se rompió con Lucien.

Después, debía encontrar la verdad sobre Nancy.

Porque si Davis Cole había convertido el dolor en una prisión para su hijo, Quinn necesitaba abrir una ventana.

Encontraron a Bob, el antiguo guitarrista de la banda de Nancy.

Vivía entre cajas, discos viejos y recuerdos que olían a polvo y escenario.

— Nancy amaba a Davis —dijo Bob—. Mucho. Pero también amaba la música. No era una traición. Era su forma de respirar.

Le entregó una caja.

Cartas.

Fotos.

Un pañuelo.

Letras de canciones.

Una carta sin enviar decía:

“Querido Davis, quizá me odies por irme después de tener a nuestro hijo. No soy una buena madre, pero si renuncio a mi música, también renuncio a la parte de mí que tú amaste primero. Siempre te amaré. Siempre amaré a Justin.”

Quinn lloró al leerla.

Nancy no fue simple.

No fue santa.

No fue monstruo.

Fue humana.

Y Davis nunca tuvo esa versión.

Quinn llevó las cartas a la oficina de Davis.

— Sé que perdió a una esposa —dijo—. Pero si sigue odiando todo lo que ella amaba, también perderá a su hijo.

Davis no respondió.

Quinn dejó una entrada sobre la mesa.

— La competencia es en un mes. Justin va a tocar. Si alguna parte de usted quiere conocer a su hijo de verdad, vaya.

Luego se fue.

Eclipse volvió a ensayar.

Lucien regresó.

No completamente curado.

Pero regresó.

— No te perdono todavía —le dijo a Justin.

Justin asintió.

— Justo.

— Pero la banda significa demasiado.

— Lo sé.

— Y Quinn me cae mejor que tú.

— A todos.

El día de la competencia, Davis apareció.

Justin lo vio desde el escenario y casi olvidó cómo respirar.

Quinn tomó su mano.

— Haz que tu madre se sienta orgullosa.

La música empezó.

Y esta vez Eclipse no tocó para vencer a Zayn.

No solo.

Tocó para Nancy.

Para Justin.

Para Quinn.

Para todos los que alguna vez tuvieron que esconder una parte de sí mismos para ser amados.

Cuando terminaron, el aplauso fue enorme.

Davis se acercó después.

Tenía las cartas en la mano.

— Entendí mal a tu madre —dijo.

Justin quedó inmóvil.

— Y a ti.

Davis respiró con dificultad.

— Perdóname. Desde ahora, quiero que hagas lo que amas. Vive libre. Como ella.

Justin no lloró.

Pero Quinn vio cómo sus ojos brillaron.

— Gracias, papá.

Davis miró a Quinn.

— Gracias.

Quinn sonrió.

Por primera vez, algo en la casa Cole parecía poder sanar.

Pero Kate observaba desde lejos.

Y su rostro no tenía orgullo.

Tenía miedo.

Porque si Justin volvía a la familia, si Davis reconciliaba con su hijo, si Quinn dejaba de ser manipulable, el plan de Kate se estaba muriendo.

Y Kate Morgan no soportaba perder dinero.

Mucho menos poder.

Quinn encontró en la música una forma de respirar, y Justin encontró en ella el valor para dejar de fingir. Juntos repararon la relación entre Justin y su padre usando las cartas de Nancy, la madre que Davis había malinterpretado durante años. Pero mientras la familia Cole empezaba a sanar, Kate entendió que estaba perdiendo el control sobre Quinn y sobre el dinero de Davis. Si no podía usar a su hija para entrar en la fortuna Cole, haría algo mucho peor: venderla otra vez.

 

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