PARTE 4
Marco y la mentira
Marco Salazar pasó siete años creyendo que Serena lo abandonó.
La primera semana la buscó.
Fue a la estación.
Al hospital.
A la policía.
A casa de Álvaro.
Al río.
A cada calle donde ella alguna vez le dijo que tenía miedo.
Álvaro lloró frente a él.
—Se fue. Siempre fue impulsiva.
Bruno le entregó la nota falsa.
Marco la leyó y sintió que algo se le quebraba.
“No me busques. Me fui porque no quiero esta vida.”
No quería creerlo.
Pero la letra era parecida.
Demasiado parecida.
La policía no ayudó.
—Tiene diecisiete, casi dieciocho. Las chicas se escapan.
Marco golpeó a un oficial y pasó una noche detenido.
Después siguió buscando solo.
Durante meses.
Hasta que una noche Bruno lo encontró fuera de la casa.
—Déjala —dijo—. Serena eligió a alguien con más dinero.
Marco lo golpeó.
Álvaro lo denunció.
El taller donde trabajaba perdió contratos.
Su madre enferma recibió amenazas.
Marco tuvo que parar.
No por cobardía.
Por miedo a destruir a otros.
Eso fue lo que él se decía.
Pero siete años después, sentado en El Matadero, al ver a Serena en la jaula, entendió que el miedo y la cobardía se parecen demasiado cuando alguien que amas está encerrada y tú no llegas.
Serena lo miró desde el ring.
No con amor.
No con odio puro.
Con una pregunta.
¿Por qué no me encontraste?
Marco no pudo responder.
Porque ninguna respuesta merecía ser dicha delante de una mujer que había aprendido a matar partes de sí misma para sobrevivir.
Álvaro, en cambio, intentó negociar.
—Serena, hija…
El público hizo silencio.
Serena giró lentamente hacia él.
—No.
Bajó del ring y caminó hasta la primera fila.
Álvaro retrocedió.
Ella se inclinó.
—No vuelvas a decir esa palabra si quieres conservar todos los dientes.
Bruno intentó ponerse delante.
—Eh, tranquila. Todo esto fue un malentendido.
Serena le dio un golpe con el guante en el estómago.
Bruno cayó de rodillas, sin aire.
—Ese fue un malentendido.
Otro golpe en la cara.
—Esto es memoria.
El público gritó.
Serena volvió al centro.
—Segunda prueba.
La pantalla mostró un video viejo.
La cocina de su casa.
Álvaro firmando.
Bruno contando dinero.
Y una voz diciendo:
—El comprador pide confirmación de que la chica no tiene a nadie que venga por ella.
Bruno respondió:
—Tiene un noviecito. Pero le dejamos una nota y listo.
Marco cerró los ojos.
La nota.
Serena lo miró.
—Ahora sabes.
Él levantó la vista.
—Sí.
—Tarde.
—Sí.
No se defendió.
Eso la enfureció más.
Porque ella quería excusas para romperlas.
Pero la culpa honesta era más difícil de golpear.