PARTE 3
La caída y la mentira
Alma no murió.
Eso arruinó el primer plan.
Despertó tres días después en un hospital privado fuera de la ciudad. No sabía cómo llegó allí. Tenía el cuello vendado, la garganta inflamada, las manos heridas y una enfermera que evitaba mirarla a los ojos.
—¿Dónde estoy?
—Descanse.
—¿Quién me trajo?
—No lo sé.
Mentía.
Alma intentó levantarse. El dolor la dobló.
La televisión estaba encendida.
En la pantalla, Martina De la Vega lloraba en una rueda de prensa.
“Alma Reyes era una asistente problemática. Robó bocetos, intentó sabotear el ensayo y sufrió una caída mientras huía. Estamos devastados.”
Luego apareció Esteban:
“La Casa De la Vega colaborará con las autoridades. El robo de diseños es una tragedia para cualquier creador.”
Robo.
Alma gritó.
O intentó.
Su garganta no respondió.
Solo salió un sonido roto.
Al día siguiente, la policía fue al hospital.
No a tomar su denuncia.
A interrogarla.
Le mostraron documentos falsos.
Transferencias a su cuenta.
Fotos de ella entrando al archivo.
Mensajes manipulados donde supuestamente vendía diseños a una marca rival.
Alma no podía hablar bien.
Escribió en una hoja:
ME EMPUJARON.
El oficial leyó.
Luego miró al abogado de De la Vega.
—Lo anotaremos.
No lo anotó.
La salvaron dos personas.
La primera fue Renata Solís, una enfermera que había trabajado como costurera antes de estudiar medicina. Renata vio las noticias, vio la herida de Alma y entendió que aquella caída no tenía sentido.
—Si quieren llevarte a otro lugar, no firmes nada —le susurró.
La segunda fue Marcos.
Llegó de madrugada, con la cara golpeada y una mochila llena de discos duros.
—Perdón —dijo.
Alma quiso golpearlo y abrazarlo al mismo tiempo.
No pudo hacer ninguna.
Marcos le mostró una cámara.
—Grabé el ensayo desde una posición lateral. No todo. Pero suficiente.
Alma tomó la cámara con manos temblorosas.
—¿Por qué no lo entregaste?
Marcos bajó la mirada.
—Porque me encontraron primero. Me quitaron copias. Amenazaron con acusarte de filtrar diseños. Amenazaron a mi hermana.
Alma lo miró.
Él entendió esa mirada.
—Lo sé. Llegué tarde.
Siempre llegaban tarde.
Renata ayudó a sacar a Alma del hospital antes de que los abogados de De la Vega la trasladaran a una “clínica de recuperación” donde nadie la encontraría.
Durante meses, Alma no pudo trabajar.
La cicatriz del cuello se infectó. La voz tardó en volver. Las manos temblaban al tocar una aguja.
Eso fue lo más cruel.
No perder el rostro.
No perder la reputación.
Perder la confianza en sus propias manos.
Martina presentó la colección robada.
Fue un éxito.
Premios.
Portadas.
Contratos internacionales.
Aplausos.
Alma veía cada vestido y recordaba dónde había puesto cada línea.
Cada puntada era una bofetada.
Marcos quiso publicar el video.
Alma lo detuvo.
—No basta.
—Se ve el anillo.
—Dirán que está manipulado.
—¿Entonces?
Alma tocó la cicatriz.
—Entonces coseremos una prueba que no puedan quitar de la pasarela.
Marcos no entendió.
Renata sí.
—¿Vas a volver?
Alma miró la pantalla donde Martina saludaba entre aplausos.
—No.
Tomó su libreta original.
—Voy a desfilar sobre su tumba.
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