PARTE 2
La mentira que todos prefirieron comprar
El escándalo estalló al día siguiente.
Pero no como Martina esperaba.
Los medios no hablaron de robo.
Hablaron de una hermana inestable.
“Martina Soler intenta sabotear el debut de Celeste.”
“Drama familiar en la moda española.”
“Celeste Soler rompe en llanto: ‘Mi hermana necesita ayuda.’”
Martina intentó defenderse.
Publicó fotos de su taller.
Mostró restos de bocetos.
Pidió revisar cámaras.
Escribió a periodistas.
Llamó al inversor.
Nadie quiso escuchar.
Porque Celeste era más rentable.
Era hermosa, vendible, fotogénica. Lloraba bien. Daba entrevistas mirando al suelo. Decía frases como:
—No quiero destruir a mi hermana. Solo quiero que sane.
Martina veía esas entrevistas desde un apartamento pequeño, con la mano vendada y el estómago vacío.
Su novio, Iván Rojas, fue a verla tres días después.
Era fotógrafo de moda.
La había visto coser de madrugada. La había acompañado a comprar telas. Había escuchado a Martina explicar cada costura de Hijas del Humo.
Por eso, cuando entró en el apartamento, Martina pensó que al menos él la creería.
—Iván —dijo—. Tienes que decir la verdad. Tú viste los bocetos antes que Celeste.
Él no se sentó.
—Martina, necesito distancia.
Ella parpadeó.
—¿Distancia?
—Esto se está saliendo de control.
—¿Esto? Mi hermana me robó todo.
Iván suspiró.
—Celeste tiene registros. Tiene contratos. Tiene testigos.
—Yo tengo la verdad.
Él bajó la mirada.
—La verdad no paga demandas.
Martina sintió el golpe más profundo que si le hubiera gritado.
—¿También vas a abandonarme?
—No lo hagas así.
—¿Así cómo?
—Como si todos estuviéramos en tu contra.
Martina lo miró con incredulidad.
—Iván, están en mi contra.
Él no respondió.
Un mes después, empezó a fotografiar a Celeste.
Tres meses después, aparecieron juntos en una fiesta.
Seis meses después, Celeste dio una entrevista en una revista de moda.
—Iván fue una luz en un momento difícil —dijo—. A veces el amor nace después de una tormenta.
Martina cerró la revista y la tiró a la basura.
No lloró.
Ya no tenía lágrimas disponibles para gente que había usado su dolor como decoración.
La industria la cerró.
Las marcas no querían trabajar con una supuesta plagiadora.
Las agencias no contestaban.
Las costureras que antes la saludaban dejaron de hacerlo por miedo a perder trabajo.
Martina terminó cosiendo arreglos en un sótano húmedo de Lavapiés.
Dobladillos.
Cremalleras.
Vestidos de fiesta de última hora.
Uniformes.
Una noche, se quedó dormida sobre la mesa.
La despertó Rocío Vargas, una costurera mayor que había trabajado en talleres de alta costura durante treinta años.
Rocío puso una taza de café frente a ella.
—Te van a enterrar si te quedas aquí.
Martina abrió los ojos.
—Ya me enterraron.
Rocío tomó el boceto manchado de sangre, el único que Martina había logrado salvar.
Lo miró con cuidado.
—No. Todavía tienes esto.
—Un papel roto.
—Una prueba.
Martina rió sin alegría.
—Nadie quiso verla.
—Porque fuiste a pedir justicia con las manos vacías y la voz temblando.
Martina bajó la mirada.
Rocío continuó:
—Si quieres volver, no vuelvas llorando. Vuelve con abogados, registros, copias, dinero y paciencia.
—No tengo nada de eso.
—Entonces empieza a conseguirlo.
Aquella noche, Martina dobló el boceto, lo guardó en una caja metálica y tomó una decisión.
No iba a volver hasta que el mundo no pudiera apartar la mirada.
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