PARTE 4
La pasarela de Celeste
Madrid Fashion Week olía a perfume caro, maquillaje, café frío y ansiedad.
El recinto estaba lleno.
Modelos corriendo.
Estilistas con alfileres en la boca.
Fotógrafos buscando acreditaciones.
Influencers grabando historias.
Editores de revista hablando en voz baja.
Celeste estaba en su camerino, rodeada de asistentes.
Vestía el rojo principal de la colección.
Más ajustado que el original.
Más provocador.
Más diseñado para cámaras.
—Quiero más luz en la entrada —ordenó—. Y que nadie tome fotos desde el lado izquierdo.
Iván estaba allí con su cámara.
Más maduro.
Más cansado.
No tan seguro como antes.
Celeste lo miró por el espejo.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—Últimamente estás raro.
—Es presión.
Ella sonrió.
—No te pongas sentimental esta noche. Después de esto, nadie volverá a mencionar a Martina.
Iván no respondió.
Porque sí había recibido mensajes.
Correos anónimos.
Fotos antiguas.
Fechas de archivos.
Fragmentos de video.
No suficientes para actuar.
Sí suficientes para saber que la verdad no estaba muerta.
En primera fila estaba Adriana, la madre de ambas.
Elegante, rígida, orgullosa.
A su lado, inversores.
Celeste salió al final del desfile.
El público aplaudió de pie.
Ella levantó los brazos.
Por unos segundos, todo pareció pertenecerle.
Entonces las luces bajaron.
La música se cortó.
La pantalla principal cambió.
Apareció un logo:
M. S. ATELIER
Celeste frunció el ceño.
—¿Qué está pasando?
Una voz femenina respondió desde los altavoces:
—Buenas noches.
Martina apareció desde un lateral de la pasarela.
El recinto entero se quedó en silencio.
No parecía la chica que sacaron por la puerta trasera siete años atrás.
Vestía negro.
Traje ajustado.
Tacones altos.
Cabello recogido.
Rostro tranquilo.
En una mano llevaba una carpeta negra.
En la otra, un cuaderno antiguo.
Los murmullos empezaron.
—¿Es Martina Soler?
—¿La hermana de Celeste?
—¿La plagiadora?
—¿Qué hace aquí?
Celeste perdió color.
—Apaguen su micrófono.
Nadie lo hizo.
Martina caminó hasta el centro de la pasarela.
Miró a su hermana de arriba abajo.
—Te ves hermosa, Celeste.
La pausa fue perfecta.
—Siempre supiste lucir lo que yo creaba.
El público se congeló.
Celeste sonrió con esfuerzo.
—Martina, no hagas esto otra vez. Necesitas ayuda.
Martina también sonrió.
—Tienes razón.
Levantó la carpeta.
—Necesité mucha ayuda. Abogados, peritos, técnicos, testigos, archivistas y una marca capaz de comprar tu silencio durante una noche entera.
Celeste dejó de sonreír.
—¿Qué?
Martina miró al público.
—Bienvenidos al verdadero origen de La Reina Roja.
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