PARTE 9
La casa de Mariana
Mariana llevó a Clara a su apartamento.
No era grande.
Tenía dos habitaciones, una cocina estrecha, plantas junto a la ventana y libros médicos apilados en una mesa.
Clara miró todo con curiosidad.
—¿Aquí vivías mientras me buscabas?
Mariana asintió.
—Parte del tiempo.
—¿Tenías juguetes?
La pregunta la atravesó.
—No.
Clara abrió su mochila y sacó un conejo de peluche.
—Puedes tener este.
Mariana tomó el peluche como si fuera algo sagrado.
—Gracias.
Daniel llegó al día siguiente.
No subió sin permiso.
Esperó abajo con una bolsa de comida, una muñeca nueva y una carpeta de documentos.
Mariana bajó sola.
—No regalos grandes —dijo.
Daniel miró la muñeca.
—Es pequeña.
—Sigue siendo regalo.
—Entonces se la doy si tú dices que está bien.
Mariana lo observó.
—Aprendes rápido cuando no tienes poder.
—Estoy descubriendo que nunca lo tuve donde importaba.
No le respondió.
Él le entregó la carpeta.
—Custodia completa para ti mientras Clara se adapta. Reconocimiento legal sin disputa. Fondo a nombre de ella, bloqueado hasta que sea adulta. Y una declaración pública limpiando tu nombre.
Mariana abrió la carpeta.
—¿Crees que esto repara algo?
—No.
—Bien.
—Pero impide que siga roto de la misma forma.
Esa frase sí la escuchó.
Clara apareció en la ventana del segundo piso.
—¿Ese es Daniel?
Mariana miró hacia arriba.
—Sí.
—¿Puede subir?
Mariana se quedó quieta.
Daniel también.
—Solo si tú quieres —dijo ella.
Clara pensó.
—Puede subir a la sala. No a mi cuarto.
Daniel aceptó de inmediato.
—Gracias.
Subió con cuidado, como si cada escalón pudiera romper algo.
Clara se sentó en el sofá con el conejo entre los brazos.
—Tú no sabes qué me gusta.
Daniel negó.
—No.
—Valeria sí sabía.
Mariana cerró los ojos.
Daniel respondió:
—Entonces tendrás que enseñarme desde cero, si quieres.
Clara lo miró.
—Me gustan los panqueques con miel, los lápices morados y no me gusta que me digan Emma cuando estoy triste.
Daniel asintió con seriedad.
—Lo recordaré.
—Y no me llames heredera.
Mariana miró a Daniel.
Él tragó saliva.
—Nunca.
La visita duró veinte minutos.
Clara decidió el final.
—Ya puedes irte.
Daniel se levantó.
—Está bien.
Antes de salir, la niña preguntó:
—¿Vas a volver mañana?
Daniel miró a Mariana.
Ella no habló.
—Si tu mamá lo permite y tú quieres, sí.
Clara pensó.
—Trae panqueques. Pero no compres demasiados.
—De acuerdo.
Esa noche, Mariana encontró a Clara dibujando.
Había una casa.
Ella dentro.
Clara dentro.
Daniel fuera, con una bolsa de panqueques.
—¿Está lejos? —preguntó Mariana.
Clara respondió:
—Todavía sí.
Mariana besó su cabello.
—Está bien.
Porque esta vez nadie iba a obligar a su hija a acercarse más rápido de lo que su corazón pudiera caminar.
👉 [Haz clic aquí para leer la siguiente parte] 👈