PARTE 1: LA MUJER QUE LE FUE ENTREGADA

Valeria Montero fue vendida por su padre para pagar una deuda.
Su nuevo dueño es el hombre más temido del inframundo.
Él esperaba una sirvienta sumisa.
Pero ella le escupió en la cara.
Y ahora no puede dejar de desearla.
Valeria Montero nunca imaginó que terminaría atada a una silla.
En un sótano.
En una mansión que parecía un castillo.
Con un hombre que la miraba como si fuera un animal enjaulado.
“Tu padre me debe diez millones,” dijo él.
Su voz era grave. Profunda. Helada.
“No es mi problema.”
“Ahora lo es. Me pagó con su única posesión valiosa. Tú.”
Valeria apretó los puños.
Las cuerdas le lastimaban las muñecas.
Pero no se quejó.
No lloró.
No rogó.
“¿Qué piensa hacer conmigo? ¿Matarme?”
El hombre se acercó.
Era alto. Moreno. Traje negro.
Una cicatriz cruzaba su mano derecha.
Sus ojos eran verdes. Pero fríos.
Más fríos que el hielo.
“Todavía no.”
“¿Entonces?”
“Te quedarás aquí. Trabajarás para mí. Y pagarás la deuda de tu padre.”
“¿Y si me niego?”
“Entonces te mato.”
Valeria lo miró.
“No lo hará.”
“¿No?”
“No. Porque me necesita. Para algo. Aún no sé para qué, pero me necesita.”
El hombre sonrió.
No era una sonrisa amable.
Era la sonrisa de un lobo que acaba de encontrar una presa interesante.
“Eres inteligente. Me gusta eso.”
“No me importa lo que le guste.”
“Me llamo Lorenzo Ríos. Y desde ahora, eres mía.”
Cortó las cuerdas.
Valeria se levantó.
Sus muñecas estaban enrojecidas.
Pero no las frotó.
No mostró debilidad.
“¿Qué quiere que haga, señor?”
“Primero, que te vistas como corresponde.”
Llamó a una mujer.
Era mayor. Canosa. Con uniforme de sirvienta.
“Carmen, llévatela. Que se bañe. Que se vista. Que parezca una mujer, no una vagabunda.”
Valeria sintió la sangre hervir.
“No soy una vagabunda.”
“Tu padre sí. Por eso está muerto.”
Se fue.
No miró atrás.
Valeria se quedó en el centro de la habitación.
Carmen la tomó del brazo.
“Vamos, niña. No lo hagas esperar.”
El baño era enorme.
Mármol blanco.
Jacuzzi.
Espejos por todas partes.
Carmen le dejó ropa nueva.
Un vestido rojo.
Corto. Ajustado. Escotado.
Tacones altos.
“¿Es una broma?” preguntó Valeria.
“El señor Ríos sabe lo que quiere. Y quiere que luzcas así.”
Valeria se miró en el espejo.
El vestido le quedaba perfecto.
Demasiado perfecto.
Realzaba sus curvas.
Sus piernas.
Su escote.
“Esto es una provocación.”
“Llámelo como quiera. Pero no lo desafíe. La última que lo desafió… desapareció.”
Valeria sintió un escalofrío.
Pero no mostró miedo.
Se arregló el pelo.
Se pintó los labios de rojo.
Y salió.
Lorenzo la esperaba en el comedor.
Una mesa larga.
Velas.
Plata.
Cristal.
Él estaba al fondo.
Con un vaso de vino tinto.
La miró cuando entró.
Sus ojos recorrieron su cuerpo.
De arriba abajo.
Lentamente.
“Así está mejor.”
“No soy un adorno para su casa.”
“No. Eres una inversión. Y las inversiones hay que cuidarlas.”
“¿Y qué quiere que haga? ¿Servir la cena?”
“Quiero que cenes conmigo.”
Valeria dudó.
“¿Acaso es venenosa?”
“Si lo fuera, ya estarías muerta.”
Se sentó.
Carmen sirvió la comida.
Solomillo.
Puré de patatas.
Espárragos.
Valeria no había comido bien en semanas.
Su padre se había gastado todo en apuestas.
Ella trabajaba como camarera.
Como limpiadora.
Como lo que fuera.
Pero nunca alcanzaba.
La deuda crecía.
Y ahora estaba allí.
En la mesa de un mafioso.
Comiendo como una reina.
“¿Por qué me mira así?” preguntó Lorenzo.
“Porque no entiendo qué gana con esto.”
“Paciencia. Ya lo entenderás.”
Los días pasaron.
Valeria se acostumbró a la mansión.
A Carmen.
A los hombres armados que la seguían a todas partes.
A Lorenzo.
Él la observaba.
Siempre.
Desde lejos.
Desde cerca.
En el comedor.
En el jardín.
En los pasillos.
“¿No tiene otra cosa que hacer que mirarme?” le preguntó una tarde.
Él se acercó.
“Eres hermosa. ¿Y qué hay de malo en mirar lo hermoso?”
“Soy una persona. No un objeto.”
“Una persona que me debe diez millones.”
“Usted tiene diez millones. No los necesita.”
“Necesito que entiendas quién manda aquí.”
“Ya lo sé. Usted. Pero eso no me obliga a gustarle.”
Lorenzo se rió.
“No quiero que te guste. Quiero que me sirvas.”
“¿Sirviendo la cena?”
“No. Algo más importante.”
La tomó del brazo.
La llevó a una sala secreta.
Detrás de un cuadro.
Un pasadizo.
Una puerta de acero.
Huellas dactilares.
Cámaras.
Adentro, había armas.
Dinero.
Documentos.
“Este es mi tesoro. Y nadie lo ha visto. Solo tú.”
Valeria se quedó sin palabras.
“¿Por qué me trajo aquí?”
“Porque quiero que seas mi guardiana.”
“¿Yo? No sé pelear.”
“Aprenderás.”
“¿Y si me niego?”
“Entonces te mato. Pero no porque quiera. Porque sabes demasiado.”
Valeria lo miró.
“No va a matarme.”
“¿Por qué lo dices?”
“Porque si quisiera hacerlo, ya lo habría hecho. Me necesita. Para algo. Aún no sé para qué, pero me necesita.”
Lorenzo sonrió.
“Te dije que eras inteligente.”
Esa noche, Valeria no durmió.
Pensó en su padre.
En su madre, muerta cuando ella tenía doce años.
En su hermano pequeño, al que no veía desde hacía años.
En la deuda.
En Lorenzo.
En sus ojos verdes.
En su sonrisa peligrosa.
“¿Por qué me atrae?” se preguntó.
“Es un monstruo.”
“Pero un monstruo que me mira como si fuera única.”
Se levantó.
Bajó a la cocina.
Carmen estaba allí.
“¿No puedes dormir, niña?”
“No.”
“El señor Ríos tampoco. Siempre está despierto a estas horas.”
“¿Dónde está?”
“En el jardín.”
Valeria salió.
Lorenzo estaba sentado en un banco de piedra.
Miraba la luna.
Llevaba una bata negra.
El pelo suelto.
Parecía más humano.
Menos peligroso.
“¿También tienes insomnio?” preguntó él sin mirarla.
“Desde que llegué aquí.”
“¿Extrañas tu vida?”
“No tenía vida. Solo sobrevivía.”
“Pues ahora también sobrevives. Pero con mejor comida.”
Valeria se rió.
Fue una risa corta.
Pero fue una risa.
Lorenzo la miró.
“Deberías reír más.”
“Debería usted dejar de amenazarme.”
“No puedo. Es mi naturaleza.”
“Cambie de naturaleza.”
“No sé cómo.”
“Puedo enseñarle.”
Se miraron.
La luna brillaba.
El silencio era cómodo.
Valeria se sentó a su lado.
“¿Por qué está solo?” preguntó.
“Porque no confío en nadie.”
“¿Y en mí?”
“Todavía no. Pero puede que llegue a hacerlo.”
A la mañana siguiente, Lorenzo cumplió su promesa.
Le enseñó a pelear.
Gimnasio privado.
Sacos de boxeo.
Colchonetas.
“Primero, postura.”
Le corrigió los hombros.
La cadera.
Las piernas.
Sus manos eran firmes.
Pero no bruscas.
“Así. Mantén la guardia alta.”
Valeria asintió.
Golpeó el saco.
Una vez.
Dos.
Tres.
“Más fuerte.”
Golpeó más fuerte.
“Más.”
Valeria golpeó con rabia.
Con dolor.
Con todo lo que llevaba dentro.
Lorenzo la detuvo.
“Así se hace.”
“¿Estoy lista?”
“Para pelear contra un saco, sí. Para pelear contra un hombre, no.”
“¿Y cuándo lo estaré?”
“Cuando pueda quitarme el arma.”
Se quedó en blanco.
“¿Qué?”
“Tengo una pistola en el cinturón. Si puedes quitármela, estarás lista.”
“¿Y si no puedo?”
“Entonces sigues entrenando.”
Valeria lo miró.
Se lanzó.
Lorenzo esquivó.
Volvió a lanzarse.
Él la agarró.
La inmovilizó contra la pared.
Su cuerpo contra el de ella.
Su aliento en su boca.
“Ríndete,” susurró.
“Nunca.”
“Eres obstinada.”
“Usted es un arrogante.”
La besó.
Valeria no se apartó.
Sus labios se encontraron.
Fue un beso duro.
Hambriento.
Desesperado.
Lorenzo la levantó.
Ella enredó las piernas en su cintura.
“Lleva esto a mi habitación,” ordenó a nadie en particular.
Los hombres que custodiaban el gimnasio desaparecieron.
Lorenzo la llevó a su habitación.
La acostó en la cama.
Se desnudaron.
El cuerpo de Lorenzo estaba lleno de cicatrices.
Valeria las besó una por una.
“¿Te asustan?” preguntó él.
“Me recuerdan que eres humano. Como yo.”
Se amaron.
Sin prisa.
Sin miedo.
Con la intensidad de dos personas que saben que el futuro es incierto.
Fin de la Parte 1