La Esclava Del Señor De La Mafia — Ella Le Fue Entregada Como Pago De Una Deuda, Pero Terminó Gobernando A Su Lado – PARTE 2

PARTE 2: LA REINA DEL INFRAMUNDO

Los enemigos de Lorenzo quieren matar a Valeria.

Creen que es su debilidad.

No saben que es su arma más letal.

Juntos, incendiarán la ciudad.

La noticia se extendió como pólvora.

Lorenzo Ríos tenía una mujer.

Una mujer que vivía en su mansión.

Que dormía en su cama.

Que conocía sus secretos.

Los enemigos de Lorenzo estaban furiosos.

“Una mujer lo va a destruir,” decían.

“Está débil.”

“Ahora es el momento de atacar.”

Uno de ellos, un hombre llamado Eladio Fuentes, decidió actuar.

No quería matar a Lorenzo.

Quería matar a Valeria.

Eladio era el jefe de la mafia del sur.

Más viejo que Lorenzo.

Más cruel.

Más paciente.

Había esperado años para vengarse.

Lorenzo había matado a su hermano.

Y ahora tenía la oportunidad perfecta.

“Secuestren a la mujer,” ordenó.

“Tráiganla viva. Quiero que Lorenzo la vea morir.”

Una noche, Valeria salió a correr.

Lorenzo no quería.

“Es peligroso.”

“No voy a encerrarme. No soy un animal.”

“Eres mi mujer.”

“Por eso. Porque soy tu mujer, no me escondo.”

Lorenzo cedió.

Le dio un escolta.

Dos hombres.

“Que no se separen de ti.”

“No lo harán.”

Valeria salió.

Corrió por el parque cercano a la mansión.

Los escoltas la seguían.

De repente, un coche negro frenó frente a ella.

Bajaron cuatro hombres armados.

Los escoltas de Valeria sacaron sus armas.

Dispararon.

Uno de los escoltas cayó.

El otro también.

Valeria corrió.

Pero era demasiado tarde.

Uno de los hombres la agarró del brazo.

Le puso una capucha en la cabeza.

La metió en el coche.

“Lorenzo va a matarlos a todos,” dijo ella.

“Primero tendrá que encontrarnos.”

El coche arrancó.

Valeria no vio nada.

Solo sintió el miedo.

Pero no el miedo a morir.

El miedo a no volver a ver a Lorenzo.

El almacén estaba oscuro.

Olía a humedad y a sangre.

Valeria estaba atada a una silla.

La capucha seguía en su cabeza.

Escuchó pasos.

“¿Es ella?” preguntó una voz.

“Sí, jefe.”

Le quitaron la capucha.

Un hombre mayor estaba frente a ella.

Canoso.

Ojos pequeños.

Manos temblorosas.

“Eres más hermosa de lo que pensaba.”

“¿Quién es usted?”

“Eladio Fuentes. El hombre que va a matar a Lorenzo.”

“No va a matarlo.”

“¿No? Está enamorado de ti. Débil. Ciego. No ve el peligro.”

“Usted no lo conoce.”

“Lo conozco mejor que tú. Mató a mi hermano. Y ahora voy a matar a su mujer.”

Valeria lo miró.

“No soy su debilidad. Soy su fortaleza.”

Eladio se rió.

“Eso es lo que todas las mujeres dicen.”

“Y es verdad.”

“Pronto lo sabremos.”

Horas después, Eladio llamó a Lorenzo.

“Tengo a tu mujer.”

Lorenzo no respondió.

“¿No tienes nada que decir?”

“Si le haces daño, te mato.”

“Ya estás muerto. Solo que no lo sabes.”

“¿Dónde está?”

“En el almacén del puerto norte. Ven solo. Sin armas. O la mato.”

Lorenzo colgó.

Miró a sus hombres.

“Prepárense.”

“Jefe, es una trampa.”

“Lo sé. Por eso voy a ir solo.”

“¿Solo?”

“Solo. Pero ustedes me seguirán. A distancia.”

“¿Y cuándo atacamos?”

“Cuando oigan un disparo.”

Lorenzo llegó al almacén.

Sin armas.

Con las manos en alto.

Eladio sonrió.

“Eres valiente. O tonto.”

“Un poco de ambas.”

“Suelta a la mujer.”

“Primero hablemos.”

“No hay nada que hablar. Suéltala.”

Eladio hizo una seña.

Uno de sus hombres acercó una pistola a la cabeza de Valeria.

“Si te mueves, ella muere.”

Lorenzo no se movió.

“¿Qué quieres?”

“Quiero que sufras. Quiero que veas cómo muere tu mujer. Quiero que sepas que yo maté a tu hermano. Y que yo también maté a tu padre.”

Lorenzo apretó los puños.

“Fuiste tú.”

“Sí. Yo. Y ahora voy a matarte a ti.”

Levantó la pistola.

Valeria se soltó.

Había estado cortando las cuerdas con un trozo de vidrio.

Se lanzó contra el hombre que la custodiaba.

Le arrancó la pistola.

Disparó.

El hombre cayó.

Eladio se giró.

Valeria le apuntó.

“Suéltala,” gritó él a sus hombres.

Los hombres de Eladio levantaron las armas.

Pero antes de que dispararan, se escucharon disparos desde fuera.

Eran los hombres de Lorenzo.

Los hombres de Eladio cayeron uno tras uno.

Lorenzo corrió hacia Eladio.

Lo golpeó.

Una vez.

Dos.

Tres.

Eladio cayó al suelo.

“¿Algo que decir antes de morir?” preguntó Lorenzo.

Eladio escupió sangre.

“Ella es el diablo.”

“Lo sé. Por eso la amo.”

Lorenzo disparó.

Eladio dejó de respirar.

En la mansión, el médico curó las heridas de Valeria.

Solo rasguños.

Lorenzo no se separó de ella.

“Nunca más vuelvas a salir sola.”

“Nunca más voy a permitir que me secuestren.”

Se abrazaron.

Lorenzo lloró.

Por primera vez en años.

“Si te pierdo, no sé qué haré.”

“No me perderás. Porque volveré. Siempre vuelvo.”

Días después, Lorenzo reunió a todos los jefes de la mafia.

Eladio estaba muerto.

Su territorio, vacío.

“¿Y ahora qué?” preguntó uno.

“Ahora voy a casarme.”

Los jefes murmuraron.

“¿Casarse? ¿Con la mujer?”

“Sí. Con Valeria.”

“¿Y la mafia?”

“La mafia sigue. Pero ella estará a mi lado.”

“¿Y qué sabe ella de la mafia?”

“Sabe pelear. Sabe disparar. Sabe matar. Y sabe callar.”

Los jefes callaron.

Nadie se atrevió a contradecirlo.

La boda fue en la mansión.

Vestido blanco.

Flores blancas.

Los hombres de la mafia de testigos.

Valeria sonrió.

“¿Estás feliz?” preguntó Lorenzo.

“Nunca fui tan feliz.”

“Ni yo.”

Se besaron.

Los hombres aplaudieron.

Alguien gritó: “¡Viva la reina!”

Valeria se rió.

“Reina del inframundo.”

“Y yo su rey.”

Bailaron toda la noche.

Valeria se quitó los tacones.

Bailó descalza.

Lorenzo la cargó en brazos.

“¿A dónde me llevas?”

“A nuestra habitación.”

“¿Ya no hay peligro?”

“Nunca más.”

Pasaron los meses.

Valeria aprendió a liderar.

A negociar.

A imponer respeto.

Los hombres de Lorenzo la respetaban.

La llamaban “jefa”.

Lorenzo se sentía orgulloso.

“Eres mejor que yo,” le dijo una noche.

“No. Soy diferente.”

“¿En qué?”

“En que tú matas por miedo. Yo mato por amor.”

Lorenzo la abrazó.

“Te quiero, Valeria.”

“Yo también te quiero, Lorenzo.”

Una noche, Valeria encontró a Lorenzo en el jardín.

Miraba las estrellas.

“¿En qué piensas?”

“En mi padre. En mi hermano. En todo lo que perdí.”

“Y ahora, ¿qué tienes?”

“Te tengo a ti. Y es suficiente.”

Valeria se sentó a su lado.

“¿Te arrepientes de algo?”

“De nada. Ni de haberte comprado.”

“Ni de haberme tenido atada a una silla?”

“Eso fue lo mejor que hice.”

Se besaron.

Las estrellas brillaban.

La ciudad dormía.

Dos almas rotas se encontraron.

Y se salvaron.

Tuvieron un hijo.

Se llamaba René, como el padre de Lorenzo.

Lorenzo lloró cuando lo tuvo en brazos.

“Es perfecto,” dijo.

“Es tuyo.”

“Y tuyo.”

Valeria sonrió.

“Ahora somos tres.”

“Y vamos a ser felices.”

Valeria nunca volvió a ser la mujer asustada que llegó atada a una silla.

Ahora era la reina.

Y Lorenzo, su rey.

Juntos gobernaron el inframundo.

Con mano firme.

Con amor.

Con respeto.

Y nadie, absolutamente nadie, se atrevió a desafiarlos.

FIN

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