PARTE 4
El pasillo de servicio
El tiroteo en la mansión Vieri no duró más de siete minutos.
Pero para Luca, fueron siete años.
Alessandro lo mantenía detrás de una columna, cubriéndolo con el cuerpo. Bianca estaba a su lado, disparando hacia el pasillo donde Marco intentaba retroceder con sus hombres.
Irina había desaparecido.
Eso preocupó más a Bianca que cualquier bala.
Las mujeres como Irina no huían por miedo. Huían para preparar algo peor.
—Hay una salida por el sótano —dijo Alessandro.
Bianca recargó el arma.
—Hace cinco años sí. Marco la selló después.
Él la miró.
—¿Cómo sabes tanto?
—Porque estuve viva mientras tú estabas de luto.
La frase lo golpeó.
Marco disparó desde el extremo del pasillo.
La bala alcanzó a uno de los hombres de Alessandro en el pecho. Cayó sin hacer ruido.
Bianca tomó a Luca de la mano.
—Por la lavandería.
—No —dijo Alessandro—. Es un callejón sin salida.
—No para los empleados.
Ella corrió.
Alessandro la siguió.
El pasillo de servicio olía a humo y comida derramada. Pasaron junto a cocineros escondidos bajo mesas, camareros llorando y guardias heridos. En la lavandería, Bianca empujó una estantería metálica. Detrás había una puerta estrecha.
Alessandro la miró.
—Eso no estaba en los planos.
—Los ricos nunca miran dónde camina la gente que limpia.
Entraron a un túnel bajo la casa.
Luca respiraba rápido.
—Mamá, tengo miedo.
Bianca se agachó.
—Lo sé. Mírame.
El niño la miró.
—¿Qué hacemos cuando tenemos miedo?
—Respiramos primero.
—¿Y después?
—Seguimos.
Alessandro escuchó la conversación con el pecho apretado.
Él no le había enseñado eso a su hijo.
No le enseñó a caminar.
No le enseñó a hablar.
No estuvo cuando tuvo fiebre.
No estuvo cuando aprendió a esconderse.
Bianca lo hizo sola.
Y esa verdad era más pesada que cualquier arma.
Siguieron por el túnel hasta llegar a una salida cubierta por plantas en el jardín trasero. Al salir, encontraron dos coches esperando.
No eran de Alessandro.
Eran de Rosetti.
Elías, capitán de Alessandro, apareció desde la oscuridad con tres hombres.
—Jefe, por aquí.
Pero antes de que pudieran llegar, un francotirador disparó desde el techo.
Uno de los hombres de Elías cayó con sangre en el cuello.
Bianca empujó a Luca al suelo.
Alessandro disparó hacia arriba.
Elías gritó:
—¡Nos rodean!
Un grupo de hombres salió desde los árboles.
Bianca vio a Irina entre ellos.
Intacta.
Elegante.
Con un arma pequeña en la mano.
—No quiero matar al niño —dijo Irina—. Pero si sigue respirando, todo se complica.
Alessandro avanzó con una furia que parecía oscurecer el aire.
—Irina.
Ella sonrió.
—No me mires así. Tu familia hizo esto antes que yo.
Marco apareció detrás de ella.
—Dame al niño, hermano. Aún podemos arreglarlo.
Bianca se puso delante de Luca.
—Toca a mi hijo y te arranco los ojos.
Marco rio.
—Cinco años escondida te volvieron vulgar.
Bianca levantó la pistola.
—Y práctica.
El primer disparo fue suyo.
Le dio a Marco en el hombro.
Él gritó y cayó hacia atrás.
Luego todo explotó.
Alessandro avanzó como una tormenta. Disparó, golpeó, derribó a un hombre contra un árbol. Elías cubrió a Bianca y Luca. Irina intentó escapar hacia un coche, pero Bianca corrió detrás de ella.
La alcanzó junto a la fuente.
Irina le lanzó un cuchillo.
Bianca esquivó por poco. La hoja le abrió el brazo.
Irina sonrió.
—Debiste quedarte muerta.
Bianca se lanzó sobre ella.
Ambas cayeron sobre el agua fría de la fuente. Irina la golpeó en la herida. Bianca sintió que el dolor le nublaba la vista, pero respondió con un codazo en la boca. La sangre manchó los dientes perfectos de Irina.
—No sabes lo que estás haciendo —escupió Irina.
Bianca le puso la navaja en la garganta.
—No. Pero estoy aprendiendo rápido.
Antes de que pudiera obligarla a hablar, Irina sacó una segunda arma.
Alessandro apareció y disparó a la mano de Irina.
El arma cayó al agua.
Bianca miró a Alessandro.
—Yo la tenía.
Él levantó las manos.
—Lo sé.
Irina, sangrando, empezó a reír.
—Qué bonito. El matrimonio muerto trabajando en equipo.
Bianca la golpeó hasta dejarla inconsciente.
—Habla demasiado.
Alessandro miró a su esposa viva, cubierta de agua y sangre.
—Sí.
Pero en sus ojos no había reproche.
Había algo que Bianca no quería ver todavía.
Admiración.
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