PARTE 1: LA MENTIRA QUE LA LLEVÓ AL INFIERNO
Valeria Santoro perdió a su padre por culpa de la mafia.
Se hizo pasar por una mujer pobre para infiltrarse en el Imperio de los Ríos.
Pero el jefe, un hombre más joven y peligroso, la descubrió.
Ahora ella es su prisionera.

Y él jura que nunca la dejará ir.
Valeria Santoro miró la foto de su padre.
Era la única que le quedaba.
Sonreía.
Era un hombre bueno.
Un hombre honesto.
Un hombre al que la mafia asesinó.
“Lo encontraron en un callejón, señorita. Dos tiros en la cabeza. Lo siento.”
La policía nunca investigó.
El caso se cerró en una semana.
Nadie pagó por su muerte.
Valeria juró vengarse.
Pero no podía hacerlo sola.
Necesitaba infiltrarse.
Necesitaba información.
Necesitaba estar cerca de los asesinos.
La familia Ríos controlaba la ciudad.
Drogas.
Armas.
Negocios ilegales.
El jefe era Matteo Ríos.
Un hombre de treinta y cinco años.
Ojos negros.
Cicatriz en la mano.
Fama de cruel.
Valeria investigó todo sobre él.
Sabía dónde vivía.
Sabía a qué clubes iba.
Sabía qué tipo de mujeres le gustaban.
Pero no podía acercarse siendo quien era.
Necesitaba otra identidad.
Necesitaba ser invisible.
Necesitaba ser pobre.
Valeria se mudó a un barrio marginal.
Vendió su ropa de diseñador.
Se compró ropa usada.
Zapatos rotos.
Sin maquillaje.
Sin joyas.
Se tiñó el pelo de castaño oscuro.
Se puso lentes sin aumento.
Nadie la reconocería.
Nadie sabría que era la hija del hombre al que mataron.
Consiguió trabajo como camarera en un club.
No cualquier club.
El club favorito de Matteo Ríos.
La primera noche, Valeria sirvió copas.
Vestido negro corto.
Tacones altos.
Labios rojos.
Los hombres la miraban con deseo.
Pero ella solo miraba una mesa.
La mesa VIP.
Donde Matteo se sentaba.
Él llegó a las once.
Traje negro.
Pelo perfectamente peinado.
Dos guardaespaldas.
Se sentó.
Pidió whisky.
Valeria se acercó.
“¿Qué desea, señor?”
Él levantó la vista.
Sus ojos eran negros.
Profundos.
Peligrosos.
“¿Eres nueva?”
“Sí, señor.”
“¿Cómo te llamas?”
“Lucía.”
“Lucía. Bonito nombre.”
Se quedó callado.
La miró.
“¿Tienes novio?”
“No, señor.”
“¿Familia?”
“Mi madre murió. Mi padre… no está.”
“¿Dónde está?”
“Se fue. No volvió.”
Matteo asintió.
“Pues ahora tienes trabajo. Si te va bien aquí, te ascenderé.”
Valeria sonrió.
“Gracias, señor.”
No sabía que esa noche, él ya había ordenado investigarla.
Los días pasaron.
Valeria trabajaba duro.
Los clientes la acosaban.
Los hombres la tocaban.
Las mujeres la envidiaban.
Pero ella aguantaba.
Por su padre.
Por venganza.
Una noche, un borracho la agarró del brazo.
“Oye, bonita, ¿cuánto cobras?”
“Suélteme.”
“No seas tímida. Todas tienen precio.”
Levantó la mano.
Valeria cerró los ojos.
El golpe no llegó.
Escuchó un quejido.
Abrió los ojos.
Matteo sostenía la muñeca del borracho.
“¿Sabes quién soy?”
“Señor Ríos… no sabía…”
“Ahora lo sabes. Lárgate.”
El borracho huyó.
Matteo se giró hacia Valeria.
“¿Estás bien?”
“Sí. Gracias.”
“¿Por qué no te defendiste?”
“No quería perder mi trabajo.”
“No vas a perderlo. Pero la próxima vez, defiéndete. O llama a mis hombres.”
Se fue.
Valeria se quedó temblando.
No por miedo.
Porque empezaba a verlo como algo más que un asesino.
Esa noche, Matteo la llamó a su oficina.
Valeria fue.
La oficina era imponente.
Cuadros oscuros.
Armas en la pared.
Matteo detrás del escritorio.
“Cierra la puerta.”
Ella la cerró.
“Siéntate.”
Se sentó.
“He investigado sobre ti.”
El corazón de Valeria se aceleró.
“¿Y qué descubrió?”
“Que no existes.”
El silencio se hizo denso.
“No sé de qué habla.”
“No hay registros de una Lucía con tu cara. Tu dirección es falsa. Tu número de teléfono también. Así que voy a preguntarte una vez. ¿Quién eres?”
Valeria sintió que el mundo se derrumbaba.
“Soy Valeria Santoro. Hija de Ricardo Santoro. El hombre al que mataron en un callejón. Hace dos años.”
Matteo se quedó en blanco.
“¿Tú eres su hija?”
“Sí.”
“¿Por qué estás aquí?”
“Para vengarme.”
Él se levantó.
“¿De quién?”
“De los que lo mataron. Y usted es uno de ellos.”
Matteo se rió.
Una risa amarga.
“Yo no maté a tu padre. Lo mató mi tío. Benicio Ríos.”
Valeria se quedó sin palabras.
“¿Su tío?”
“Sí. Mi tío. El hermano de mi padre. Pero ya no está en la familia. Lo expulsé cuando supe lo que había hecho.”
“¿Por qué no fue a la cárcel?”
“Porque no hay pruebas. Y porque mi tío es un cobarde. Huyó del país.”
Valeria apretó los puños.
“Entonces ¿por qué me ha traído aquí?”
“Porque quiero ayudarte.”
“¿Ayudarme?”
“Sí. A cambio de algo.”
“¿Qué?”
“Que te quedes. A mi lado.”
Valeria se quedó en la mansión.
No como sirvienta.
Como su escolta.
Su compañera.
Su espía.
Matteo le enseñó a pelear.
A disparar.
A sobrevivir.
“Eres buena,” dijo él un día.
“Tengo un buen maestro.”
“Maestro. Soy hombre.”
“No lo había notado.”
Matteo se rió.
Fue una risa genuina.
Valeria sonrió.
Por primera vez en dos años.
Una noche, Matteo la llevó a la azotea.
La ciudad brillaba abajo.
“¿Por qué me ayudas?” preguntó ella.
“Porque tu padre fue mi amigo.”
“¿Amigo?”
“Sí. Trabajaba para mí. Era contable. Era honesto. Demasiado honesto. Por eso mi tío lo mató. Porque descubrió algo que no debía.”
“¿Qué descubrió?”
“Que Benicio estaba desviando dinero. Mucho dinero. Y planeaba matar a mi padre para quedarse con todo.”
Valeria sintió que el corazón le salía del pecho.
“¿Y usted lo sabía?”
“Lo supe después. Cuando ya era tarde.”
“¿Por qué no me lo dijo antes?”
“Porque quería protegerte. Si Benicio sabía que existías, te habría matado también.”
Valeria lloró.
Matteo la abrazó.
“Voy a ayudarte a encontrarlo. Y juntos, vamos a hacer que pague.”