PARTE 9
El hombre que aprendió a llegar
Rafael siguió cerca después de la caída de Aurora.
No como dueño.
No como salvador.
No como comprador arrepentido de una subasta rota.
Como un hombre que no sabía quedarse, pero estaba aprendiendo.
Celia lo encontraba en lugares imposibles: el puerto, la cripta, el archivo, el viejo taller donde Tomás murió, el escenario quemado del Club Aurora.
—¿Me estás siguiendo? —preguntó una tarde.
—Estoy asegurándome de que no te maten.
—Eso es seguirme con mejor traje.
—Sí.
Ella lo miró.
—No necesito guardaespaldas.
—Lo sé.
—Ni comprador.
El rostro de Rafael se endureció.
—Nunca te compré.
—Pero entraste a una subasta.
—Para romperla.
—Entonces qué quieres?
Rafael no respondió rápido.
Eso le gustó.
Los hombres que respondían rápido casi siempre mentían.
—Quiero no llegar tarde otra vez —dijo él.
Celia bajó la mirada.
—Con Bruno llegaste tarde.
—Sí.
—Con tu madre también.
—Sí.
—Eso no se arregla siguiéndome.
—No.
—Entonces?
Rafael se acercó solo un paso.
No la tocó.
—Se aprende. Si me dejas aprender cerca.
Celia sintió algo incómodo.
No era debilidad.
Era cansancio de pelear sola.
—No voy a ser deuda de nadie.
—No te estoy cobrando nada.
—No voy a sentarme al lado de un capo para que parezca que cambié de dueño.
Rafael sostuvo su mirada.
—Entonces no te sientes a mi lado.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué?
—Quédate de pie. Yo puedo estar cerca igual.
Celia casi sonrió.
Antes de responder, llegó Amalia con una carpeta.
—Interrumpo tensión innecesaria.
Rafael cerró los ojos.
—Mamá.
Amalia ignoró su incomodidad.
—Encontramos una última cuenta de Mauro Greco. Cincuenta millones. Probablemente dinero de víctimas.
Celia tomó la carpeta.
—Entonces lo usamos para sacarlas.
Esa noche, Celia fue a la tumba de Bruno y dejó su navaja junto a la lápida.
Rafael estaba a unos pasos.
—Él confiaba en ti —dijo ella.
—Y murió antes de que yo mereciera esa confianza.
—Hoy ayudaste.
—Hoy no lo revive.
—No.
Celia miró la tumba.
—Pero hoy su muerte no quedó barata.
Rafael caminó a su lado hacia la salida.
No delante.
No detrás.
A su lado.
Y aunque Celia no dijo nada, tampoco le pidió que se fuera.
Para ambos, eso ya era mucho.
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