PARTE 4
La sangre sobre el mármol
La entrada a la boda fue una provocación calculada.
Elías había puesto a dos hombres en la instalación eléctrica. Otro en la cocina. Dos más en el jardín trasero. Nadie dispararía primero, a menos que la familia Santoro intentara volver a cerrar la tumba de Valentina delante de todos.
Pero los Santoro eran expertos en cavar.
Valentina cruzó la puerta principal sola.
Eso fue idea suya.
—Si entras conmigo, creerán que soy tu arma —dijo.
Elías respondió:
—Lo eres.
—No. Soy la mía.
Él no discutió.
Se quedó entre sombras, observando.
El salón se congeló cuando ella apareció.
El plan fue perfecto durante menos de tres minutos.
Después Adriano ordenó agarrarla, las luces se apagaron y Marcelo recibió un disparo.
Ese disparo no fue de Elías.
Tampoco de Valentina.
Fue de un hombre de Adriano.
Marcelo sabía demasiado. Y los cobardes, cuando sangran, suelen hablar.
El caos cubrió la huida.
Elías apareció junto a Valentina detrás de la columna.
—Tenemos que irnos.
—Marcelo está vivo.
—Por ahora.
—Lo necesito hablando.
—Entonces corre.
Dos guardias Santoro se lanzaron hacia ellos.
Elías recibió al primero con un golpe directo en la garganta. El hombre cayó sin aire. Valentina esquivó al segundo, le abrió la mejilla con la navaja y le clavó la rodilla en el abdomen. El guardia retrocedió y Elías lo terminó contra una mesa de cristal que estalló en pedazos.
Los invitados gritaban.
La novia Camila Borgia intentó salir por una puerta lateral, pero Valentina la vio.
—¡Camila!
La mujer se detuvo apenas un segundo.
Valentina no pudo alcanzarla.
Adriano apareció entre ambas con una pistola.
—Deberías haberte quedado bajo tierra.
Valentina sonrió.
—Deberías haber cavado más profundo.
Adriano disparó.
Elías empujó a Valentina detrás de una columna. La bala golpeó el mármol y levantó polvo blanco.
—Tu hermano tiene prisa —dijo Elías.
—Siempre la tuvo. Por eso nunca aprendió a pensar.
Salieron por el corredor del ala oeste.
Tres hombres bloquearon la salida.
Elías tiró su chaqueta al suelo y avanzó sin una palabra. El primero atacó con cuchillo. Elías le atrapó la muñeca, la giró hasta que el hueso crujió y lo golpeó con la cabeza contra la pared. El segundo intentó disparar. Valentina le lanzó una bandeja de plata a la mano. El disparo fue al techo. Ella se acercó y lo golpeó en la boca con la culata de su pistola.
El tercero la agarró del cabello.
El dolor le cruzó el cuero cabelludo, pero ella no gritó. Se dejó caer hacia atrás, arrastrándolo con ella, y le clavó la navaja en el muslo. El hombre cayó gritando.
Elías la levantó.
—¿Puedes seguir?
—Deja de preguntar cosas estúpidas.
—Eso es un sí.
Llegaron al jardín.
La lluvia empezaba a caer.
Desde la ventana del segundo piso, Salvatore la miraba.
Valentina se detuvo.
Elías la llamó:
—Valentina.
Ella levantó la mano ensangrentada hacia su padre.
No era saludo.
Era advertencia.
Salvatore no se movió.
Pero su rostro cambió.
Por primera vez, no parecía jefe.
Parecía un hombre que había visto volver a la consecuencia de todos sus crímenes.
Subieron al coche negro de Elías.
Detrás, la boda se había convertido en un campo de gritos, sirenas privadas y sangre sobre flores blancas.
Valentina apretó la carpeta contra el pecho.
—Marcelo no puede morir.
Elías arrancó.
—Entonces iremos a buscarlo antes de que tu hermano corrija su error.
—¿A dónde lo llevarán?
—A la clínica Borgia.
Ella miró por la ventana.
La lluvia limpiaba un poco la sangre de su mano, pero no la rabia.
—Perfecto.
Elías la miró de reojo.
—Eso no suena como alguien que quiere interrogar.
Valentina sonrió.
—Primero interrogo.
Hizo una pausa.
—Después decido cuánto merece seguir respirando.
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