PARTE 8
La mujer que no quiso quedarse en la mansión
Sofía volvió a su apartamento con Nico.
Pequeño. Desordenado. Real.
Nico se sentó en el sofá y firmó:
El mafioso está enamorado de ti.
Sofía le lanzó una almohada.
—Duérmete.
Tú también de él.
—Voy a desconectarte las manos.
Nico sonrió por primera vez en semanas.
Pero Sofía no sonrió mucho.
Durante los días siguientes, Alessandro no apareció.
Envió protección discreta.
Sofía la descubrió y la devolvió.
Envió un médico para Nico.
Sofía aceptó solo porque Nico necesitaba revisión.
Envió flores.
Nico las aceptó.
—Traidor —dijo ella.
Son bonitas.
Alessandro empezó a aprender de otra forma.
No mandó regalos caros.
No compró el edificio.
No intentó llevarla de vuelta.
En cambio, presentó una declaración pública del clan Marino reconociendo la colaboración de Sofía Vidal y Nicolás Vidal en la exposición de la conspiración. Limpió su nombre. Entregó pruebas a fiscales que no dependían de Dario. Retiró a Elena de la tutela cerrada de la mansión y le asignó un equipo elegido por ella, no por él.
Y empezó clases formales de lengua de señas.
Con una profesora que no era Sofía.
Elena le enviaba videos a Sofía para burlarse:
Mira a mi hermano intentando decir “lo siento”. Parece que está amasando pan.
Sofía reía.
Luego dejaba de reír porque lo extrañaba.
Una noche, encontró a Alessandro en la puerta del edificio.
Sin guardias visibles.
Con un abrigo negro y cara de hombre que no sabía si tenía derecho a tocar el timbre.
—No deberías estar aquí —dijo ella.
Él hizo una seña lenta.
Torpe, pero clara.
Perdón.
Sofía se quedó inmóvil.
—La seña está mal.
Él bajó la mano.
—Lo sé.
—Pero se entiende.
—Estoy aprendiendo.
—Eso tampoco arregla todo.
—Lo sé.
Ella cruzó los brazos.
—¿Por qué viniste?
Alessandro respiró.
—Porque aprendí una frase y quería decirla bien.
Levantó las manos.
Esta vez, despacio.
No quiero que seas mi voz. Quiero escuchar la tuya.
Sofía sintió que algo en su pecho cedía.
No del todo.
Pero sí una grieta.
—Eso fue cursi.
—Rafa dijo que era fuerte.
—Rafa ve demasiadas películas.
—Probablemente.
Sofía miró sus manos.
—¿Y ahora qué?
—Ahora tú decides si cierro la puerta, si subo cinco minutos o si desaparezco.
Era la primera vez que él le daba una salida completa.
Y eso fue lo que la hizo abrir la puerta.
—Cinco minutos.
Alessandro asintió.
—Gracias.
Nico apareció detrás.
Si se besan, avisen. Me voy a poner audífonos imaginarios.
Sofía cerró los ojos.
—Nico.
Alessandro, para sorpresa de ambos, entendió parte de la seña.
—Estoy mejorando.
Sofía no quiso sonreír.
Sonrió.
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