PARTE 8
El niño de dos nombres
Mateo decidió seguir llamándose Nico durante un tiempo.
Ana aceptó.
Javier también.
Regina no tuvo derecho a opinar.
Camila pidió verlo.
Ana dijo que no.
Mateo preguntó por ella dos días después.
—¿Tía Camila era mala?
Ana no respondió rápido.
Porque los niños merecen verdades que no los aplasten.
—Hizo algo muy malo.
—Pero me cuidaba cuando tenía fiebre.
—Sí.
—Y me leía cuentos.
—Sí.
—Entonces era buena y mala?
Ana cerró los ojos.
—A veces las personas hacen cosas imperdonables y aun así tuvieron momentos de cariño. Eso no borra lo que hicieron.
Mateo pensó mucho.
Luego preguntó:
—¿Puedo extrañarla?
Ana sintió que el corazón se le rompía.
—Sí.
El niño lloró entonces.
No por Ana.
No por Javier.
Por la vida que acababa de descubrir que era mentira.
Ana lo abrazó solo cuando él se acercó.
Javier estuvo en la puerta, sin entrar.
Después, Ana salió al pasillo.
—No vas a usar esto para acercarte más rápido.
—No pensaba hacerlo.
—Bien.
—¿Puedo preguntar cómo está?
Ana lo miró.
—Confundido.
Javier cerró los ojos.
—Tiene derecho.
—Sí.
—Y tú?
Ella soltó una risa amarga.
—Yo llevo seis años confundida con documentación falsa. Estoy avanzada.
Él no sonrió.
Aprendía.
La nueva vida empezó con reglas.
Mateo viviría con Ana.
Javier tendría visitas supervisadas.
Camila no podría acercarse.
Regina sería investigada.
El apellido Castro no se usaría para presionar a nadie.
Javier aceptó.
Una tarde llegó a la casa de Ana con una bolsa de galletas.
Mateo abrió la puerta.
—Mamá dice que no regalos caros.
Javier levantó la bolsa.
—Son galletas.
—¿Caras?
—No mucho.
Mateo lo pensó.
—Puedes pasar a la cocina.
Javier obedeció.
La casa de Ana era pequeña, luminosa, llena de telas, hilos, vestidos a medio coser y plantas en ventanas. No había lujo. Pero había cuidado.
Mateo le mostró a Javier una caja.
Dentro guardaba el botón, la alianza y una copia de su certificado.
—Estas son mis pruebas —dijo.
Javier se arrodilló.
—Sí.
—¿Tú tienes pruebas?
—¿De qué?
—De que vas a volver mañana.
Javier sintió el golpe.
—No tengo papel para eso.
Mateo lo miró serio.
—Entonces vuelve y ya.
Ana escuchó desde la puerta.
Javier asintió.
—Volveré.
Mateo frunció el ceño.
—No prometas si no vas a hacerlo.
—Tienes razón.
Javier corrigió:
—Mañana a las cinco estaré aquí. Si no estoy, puedes enojarte.
Mateo pareció satisfecho.
Al día siguiente, Javier llegó a las cuatro cincuenta.
Mateo miró el reloj.
—Llegaste antes.
Javier respondió:
—Estoy practicando.
Ana no sonrió.
Pero guardó las tijeras.
Eso, para Javier, ya era bastante.
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