PARTE 9
La mujer del vestido roto
Camila declaró un mes después.
No por bondad.
Por miedo a Regina.
Regina intentó culparla de todo. Dijo que Camila robó al niño, que falsificó papeles, que manipuló a Javier y que Ana era una víctima de ambas.
Camila, al verse sola, habló.
Entregó mensajes, pagos, nombres de médicos, registros de la clínica y la orden original de Regina:
“Separar al niño. Mantener a Ana inestable. Preparar salida falsa si insiste.”
Ana leyó esa frase varias veces.
No lloró.
Ya no.
Había lágrimas que se agotaban.
Camila pidió verla.
Ana aceptó una sola vez.
La encontró en una sala de abogados, sin vestido blanco, sin maquillaje perfecto, sin ese brillo de mujer que cree que ya ganó.
—No voy a pedirte perdón —dijo Camila.
Ana se sentó.
—Bien. Me ahorras rechazarlo.
Camila bajó la mirada.
—Lo amé.
—¿A Javier?
—A Nico.
Ana no respondió.
—Al principio pensé que solo lo cuidaría hasta que Regina decidiera qué hacer. Después… no pude soltarlo.
Ana sintió rabia.
Y algo peor.
Entendimiento.
—Eso no te vuelve madre.
Camila cerró los ojos.
—Lo sé.
—No. No lo sabes. Porque si lo supieras, habrías entendido que una madre no se construye robándole el hijo a otra.
Camila lloró.
—Él me va a odiar.
Ana la miró.
—Tal vez. Tal vez no. Eso no dependerá de ti.
—¿Podré verlo algún día?
—Cuando sea adulto y decida si quiere escuchar tu versión.
Camila asintió, rota.
—Le gustaban los cuentos de barcos.
Ana sintió el golpe.
No quería recibir información de Camila.
Pero Mateo sí amaba los barcos.
—Lo sé —dijo Ana.
Camila levantó la mirada, sorprendida.
—¿Te lo dijo?
—Me lo está contando.
Esa frase terminó de romper a Camila.
Ana se levantó.
—No voy a borrar de su historia que lo cuidaste. Pero tampoco voy a permitir que eso tape que me lo quitaste.
Camila no respondió.
Ana salió.
Javier la esperaba afuera.
—¿Estás bien?
Ana lo miró.
—No hagas preguntas tontas.
Él asintió.
—Perdón.
Caminaron en silencio.
Por primera vez, no era un silencio lleno de acusaciones.
Era cansancio compartido.
Al llegar a casa, Mateo estaba cosiendo un botón con una aguja grande, guiado por la vecina.
—Mira, mamá.
Ana se acercó.
—Está torcido.
—Es mi primer botón.
—Entonces está perfecto.
Mateo le enseñó la tela a Javier.
—Tú no sabes coser.
—No.
—Puedes aprender.
Javier miró a Ana.
Ella levantó una ceja.
—¿Qué?
—Nada.
Mateo le dio una aguja.
—Si pinchas el dedo, no llores.
Javier se sentó.
Y durante media hora, el CEO más fotografiado de la ciudad intentó coser un botón torcido bajo la supervisión de su hijo.
Ana observó desde la cocina.
No era perdón.
Pero era una escena que seis años atrás le habían robado.
Y esta vez, nadie iba a arrebatársela.
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