PART 2
El niño que llevaba su sangre
Lorenzo no llevó a Isabella de regreso a la mansión principal.
Eso habría sido lo esperado. También lo más peligroso.
En lugar de eso, ordenó a sus hombres conducir hasta una casa segura en las afueras, una propiedad que ni siquiera todos dentro de su organización conocían. Era una villa antigua rodeada de cipreses, con ventanas reforzadas y una entrada oculta detrás de un camino de grava.
Mateo se quedó dormido en el auto, agotado por el miedo.
Isabella no durmió.
Durante todo el trayecto mantuvo una mano sobre la pierna de su hijo y la otra cerca de la puerta, como si aún pensara que podía saltar en cualquier momento.
Lorenzo la observaba en silencio.
Tres años.
Había imaginado ese encuentro cientos de veces. En algunos sueños, la encontraba arrepentida. En otros, ella lloraba y él la rechazaba. En los peores, la encontraba junto a otro hombre y finalmente podía convertir su dolor en odio limpio.
Nunca imaginó verla con un niño que tenía su mirada.
Nunca imaginó que el primer impulso de su cuerpo sería protegerlos.
Al llegar, Isabella bajó del auto antes de que él pudiera abrirle la puerta.
—No vamos a quedarnos aquí mucho tiempo —dijo.
Lorenzo cargó a Mateo con cuidado.
—Vas a entrar.
—Lorenzo.
—Tu hijo está dormido y temblando. Puedes odiarme dentro.
La frase la dejó sin respuesta.
Entraron.
La casa estaba preparada en minutos. Guardias en el perímetro. Un médico discreto para revisar a Mateo. Cámaras activadas. Puertas cerradas.
Isabella se negó a soltar al niño hasta que el médico le aseguró que solo estaba asustado y cansado.
Cuando Mateo quedó dormido en una habitación, ella salió al pasillo y encontró a Lorenzo esperándola.
El silencio entre ambos era una habitación más.
—Ahora habla —dijo él.
Isabella abrazó su propio cuerpo.
—No sé por dónde empezar.
—Empieza por el niño.
Ella cerró los ojos.
—Es tu hijo.
Aunque Lorenzo ya lo sabía, escucharlo fue distinto.
Algo en su rostro se quebró.
—¿Cuándo nació?
—Ocho meses después de que me fui.
—Tres años —susurró él—. Mi hijo tiene tres años y yo no sabía que existía.
—Lo hice para protegerlo.
Lorenzo soltó una risa sin humor.
—No. No uses esa frase todavía. No antes de decirme por qué desapareciste con mi hijo y me dejaste creyendo que me habías vendido a Santoro.
Isabella levantó la mirada.
—Porque alguien quería que creyeras eso.
—¿Quién?
Ella dudó.
Lorenzo dio un paso.
—Isabella.
—No sabía en quién confiar.
—Podías confiar en mí.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿De verdad? ¿En el hombre rodeado de personas que obedecían a quien me estaba cazando?
Lorenzo se quedó quieto.
—Explícate.
Isabella sacó de su bolso una pequeña memoria USB envuelta en tela.
—Me la entregó una mujer llamada Clara Mendez. Trabajaba en contabilidad para Santoro. Me dijo que había pagos hechos a alguien dentro de tu círculo. Alguien que planeaba usar mi embarazo para obligarte a firmar una tregua falsa.
Lorenzo miró la memoria.
—¿Por qué no me la diste?
—Porque Clara murió esa misma noche.
El silencio cambió.
—La encontraron en el río —continuó Isabella—. Dijeron que fue un accidente. Pero dos hombres fueron a la pensión donde yo estaba escondida. Sabían que estaba embarazada. Sabían mi nombre falso. Sabían demasiado.
Lorenzo tomó la memoria, pero no la conectó todavía.
—¿Por qué se llevaron la carpeta de mi despacho?
Isabella frunció el ceño.
—¿Qué carpeta?
—La de los acuerdos con Santoro. Desapareció la noche que huiste.
—Yo no tomé ninguna carpeta.
—Marco dijo que…
Se detuvo.
El nombre quedó suspendido.
Marco Bellini.
Su consejero. Su mano derecha. El hombre que estuvo en la habitación aquella noche. El hombre que le dijo que Isabella había llamado desde un teléfono público cerca del puerto.
Isabella vio el cambio en su rostro.
—¿Marco?
Lorenzo no respondió.
No quería que fuera Marco.
Eso era precisamente lo que lo hacía probable.
—Necesito revisar la memoria —dijo.
—Hazlo lejos de mí y de Mateo.
—No.
—Lorenzo.
—Durante tres años tomaste decisiones sola. Eso terminó.
La frase encendió la rabia de Isabella.
—¿Terminó? ¿Quién te crees que eres para decirme eso?
—Su padre.
—Un padre que no estuvo porque no pudo saberlo.
—Porque tú no me dejaste.
—Porque tu mundo habría devorado a mi hijo antes de que naciera.
Lorenzo se acercó, furioso, pero bajó la voz para no despertar al niño.
—También es mi hijo.
—Entonces demuestra que puedes protegerlo sin poseerlo.
La frase lo golpeó más que un insulto.
Lorenzo podía comprar seguridad, ordenar muertes, mover hombres armados con una llamada. Pero Isabella le pedía algo más difícil: no convertir el amor en control.
Antes de que pudiera responder, una voz pequeña habló desde la puerta.
—Mamá.
Mateo estaba allí, frotándose los ojos.
Isabella corrió hacia él.
—Mi amor, ¿qué haces despierto?
El niño miró a Lorenzo.
—¿Él está enojado?
Isabella abrió la boca, pero Lorenzo respondió primero.
Se agachó lentamente.
—Sí.
Mateo se escondió un poco detrás de su madre.
—¿Con mamá?
Lorenzo miró a Isabella.
Durante años imaginó acusarla. Pero frente a su hijo, la verdad se volvió más importante que su orgullo.
—No sé todavía con quién estoy enojado —dijo—. Pero no contigo.
Mateo pensó.
—Mamá dice que los hombres que gritan tienen miedo.
Isabella cerró los ojos.
Lorenzo casi sonrió.
—Tu mamá dice cosas inteligentes.
—Sí.
El niño salió un poco de detrás de ella.
—¿Tú eres mi papá?
La pregunta llegó sin drama, sin música, sin preparación.
Lorenzo sintió que el aire desaparecía.
Isabella lo miró.
No podía protegerlo de esa respuesta.
Lorenzo tragó saliva.
—Sí.
Mateo lo observó con seriedad.
—¿Por qué no viniste antes?
Lorenzo bajó la mirada.
Por primera vez en su vida, no tenía una respuesta poderosa.
—Porque no sabía dónde estabas.
—Mamá sí sabía.
Isabella sintió el golpe.
Lorenzo miró al niño.
—Tu mamá estaba intentando salvarte.
Mateo parpadeó.
—¿De los hombres malos?
—Sí.
—¿Y tú eres malo?
La pregunta habría hecho reír a cualquiera que conociera a Lorenzo De Luca.
Pero él no rió.
—He hecho cosas malas.
Isabella lo miró, sorprendida por la honestidad.
—Pero no voy a dejar que nadie te haga daño —añadió él.
Mateo lo estudió unos segundos.
—¿Promesa de verdad?
Lorenzo, que jamás prometía a la ligera, respondió:
—Promesa de verdad.
Esa noche, después de que Mateo volvió a dormir, Lorenzo conectó la memoria USB en una computadora aislada.
Los archivos aparecieron en pantalla.
Pagos.
Nombres.
Fechas.
Fotografías.
Y un video.
En él, Marco Bellini estaba sentado frente a un hombre de Santoro.
La voz de Marco se escuchó clara:
—Cuando Isabella dé a luz, el niño será la llave. Lorenzo hará cualquier cosa por su sangre.
Lorenzo no se movió.
Isabella, detrás de él, llevó una mano a su boca.
Marco.
Su consejero.
Su hermano de guerra.
El hombre que durante tres años alimentó su odio contra Isabella.
Lorenzo cerró la computadora.
Su rostro no mostró furia.
Eso era lo peor.
Cuando Lorenzo De Luca se quedaba completamente calmado, alguien iba a caer.
—Voy a buscarlo —dijo.
Isabella lo sujetó del brazo.
—No.
Él miró su mano.
—Isabella.
—Si vas ahora, él sabrá que tenemos las pruebas. Vendrán por Mateo.
—Ya vinieron.
—Entonces piensa como padre, no como jefe de mafia.
Lorenzo se quedó inmóvil.
Padre.
La palabra todavía era nueva.
Pero pesaba más que su apellido.
😳 Lo que viene después cambiará todo…
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