PART 6
La última mentira de Marco
Marco pidió hablar con Isabella.
Lorenzo se negó de inmediato.
—No.
Isabella estaba en la sala de la propiedad de montaña, con Mateo dormido en el sofá y su madre descansando en una habitación cercana.
—Si pidió hablar conmigo, es porque sabe que tú no escucharás.
—Exacto. Por eso no vas.
—Lorenzo.
—Ese hombre destruyó tres años de nuestra vida.
—Y tal vez todavía tenga algo que decir.
—Puede decírselo a mis hombres.
Isabella lo miró con cansancio.
—¿Vas a seguir decidiendo qué verdades puedo o no escuchar?
Lorenzo se quedó callado.
Odiaba cuando ella tenía razón.
Marco estaba retenido en una casa vigilada. No parecía el hombre elegante de antes. Tenía el rostro hinchado, el traje arrugado y la mirada de quien ha descubierto que la traición no garantiza victoria, solo retrasa la caída.
Isabella entró con Lorenzo detrás.
—Querías hablar —dijo ella.
Marco sonrió débilmente.
—Sigues viva. Eso ya es más de lo que esperaba.
Lorenzo dio un paso, pero Isabella levantó una mano.
—Habla.
Marco miró a Lorenzo.
—¿Le contaste todo?
Isabella sintió frío.
—¿Todo qué?
Lorenzo endureció el rostro.
—Cuidado.
Marco rió.
—Siempre tan noble cuando ya te descubrieron.
Isabella giró hacia Lorenzo.
—¿Qué no me has dicho?
El silencio fue respuesta suficiente.
Marco habló:
—La noche que huiste, Lorenzo encontró la prueba de embarazo. Antes de creer que eras traidora, tuvo una hora. Una hora completa en la que pudo pensar que ese hijo era suyo. ¿Y sabes qué hizo?
Isabella sintió que el corazón se le detenía.
Lorenzo cerró los ojos.
Marco continuó:
—Me ordenó encontrarte. Y si era verdad que estabas embarazada… me ordenó traer al niño a la familia De Luca.
Isabella retrocedió un paso.
—No.
Lorenzo habló por fin.
—No fue así.
—¿No? —Marco sonrió—. Dijiste: “Si lleva mi sangre, no crecerá lejos de mí.”
Isabella miró a Lorenzo con dolor.
—¿Ibas a quitarme a mi hijo?
—No.
—Responde bien.
Lorenzo respiró hondo.
—Esa noche… estaba fuera de mí. Encontré la prueba, faltaba la carpeta, todo apuntaba a Santoro. Pensé que me habías traicionado y que quizá usabas un embarazo para protegerte.
Isabella se llevó una mano al pecho.
—Yo estaba sola, aterrada, intentando salvar a nuestro bebé.
—Lo sé ahora.
—¿Y entonces?
Lorenzo bajó la mirada.
—Entonces dije cosas que me avergüenzan.
Marco interrumpió:
—No solo cosas. Yo actué con tu permiso.
Lorenzo lo miró con furia.
—Tú manipulaste mis órdenes.
—Pero nacieron de ti.
La frase golpeó como una verdad sucia.
Isabella sintió que las lágrimas le ardían.
Durante tres años, temió que Lorenzo le quitara a Mateo si la encontraba. Siempre se dijo que quizá estaba exagerando, que quizá el miedo hablaba más fuerte que la realidad.
Pero no.
Una parte de ese miedo había sido real.
Lorenzo se acercó.
—Isabella.
Ella retrocedió.
—No.
—Nunca habría separado a Mateo de ti.
—No lo sabes. No puedes saberlo. Porque esa noche ni siquiera lo conocías y ya pensabas en sangre, apellido, familia.
—He cambiado.
—Porque tuviste que verlo a los ojos.
Mateo.
El niño dormido en otra casa, con un carrito de juguete entre las manos.
Isabella se sintió de pronto demasiado cansada.
—Llévenme con mi hijo —dijo.
Lorenzo no intentó detenerla.
Esa fue, quizá, la primera prueba de que realmente estaba aprendiendo.
De regreso, Isabella no habló.
Durante dos días, mantuvo distancia. Permitió que Lorenzo viera a Mateo, pero siempre con ella presente. No lo castigaba. No buscaba herirlo. Solo necesitaba recordar que ahora tenía opciones.
Lorenzo lo aceptó.
A veces Mateo corría hacia él.
—Papá, mira.
Y Lorenzo jugaba con él en el suelo, con una torpeza que habría hecho reír a cualquiera. Pero cuando Isabella entraba, él no intentaba parecer mejor de lo que era.
Una tarde, la encontró en el jardín.
—Voy a entregar el control de mis negocios ilegales —dijo.
Isabella lo miró.
—¿Qué?
—No todo se puede cortar en un día. No voy a mentirte. Pero empecé. Rutas cerradas. Acuerdos rotos. Hombres fuera. Santoro cayó, Marco hablará, y yo no quiero que Mateo herede una guerra.
Isabella lo observó.
—¿Lo haces por mí?
—No.
Ella parpadeó.
—Lo hago por él. Y por mí. Porque no quiero ser el hombre que Marco describió. Aunque una vez lo fui.
Esa honestidad dolió, pero también abrió algo.
—No sé si puedo confiar en ti —dijo ella.
—Lo sé.
—No sé si quiero quedarme.
—Lo sé.
—Y si me voy con Mateo…
Lorenzo cerró los ojos.
La frase era su peor miedo.
Pero respondió:
—No mandaré a nadie a seguirte.
Isabella lo miró, sorprendida.
—¿Lo prometes?
—Sí.
—¿Aunque sea tu hijo?
—Precisamente porque es mi hijo. No quiero que aprenda que amar significa encerrar.
Ella bajó la mirada.
El silencio entre ambos ya no era odio.
Era una herida aprendiendo a respirar.
Esa noche, Mateo tuvo una pesadilla.
Gritó llamando a su madre.
Isabella corrió. Lorenzo también, pero se detuvo en la puerta.
Mateo lloraba.
—Los hombres malos…
Isabella lo abrazó.
—Ya pasó.
El niño extendió una mano hacia Lorenzo.
—Papá.
Lorenzo se acercó despacio.
—Estoy aquí.
Mateo tomó su mano.
Isabella miró esa mano grande, peligrosa, sosteniendo los dedos pequeños de su hijo con una delicadeza que no habría imaginado años atrás.
Quizá Lorenzo no era un hombre bueno.
Pero estaba intentando elegir el bien en el lugar exacto donde más importaba.
Y a veces, eso era el principio.
Al día siguiente, Marco escapó durante un traslado.
No llegó lejos.
Pero antes de desaparecer, dejó un mensaje:
“Si yo caigo, el niño seguirá siendo objetivo. La sangre De Luca siempre atrae guerra.”
Lorenzo leyó el mensaje.
Isabella también.
Ambos entendieron lo mismo.
No bastaba con derrotar a Santoro.
Para salvar a Mateo, Lorenzo tendría que destruir la idea misma de que un niño podía ser heredero de un imperio criminal.
Y eso significaba enfrentarse no a un enemigo.
Sino a su propio apellido.
🔥 El apellido De Luca será la última batalla…
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