PARTE 3
La funeraria Beltrán
La familia Beltrán no solo enterraba muertos.
Administraba desapariciones.
Eso fue lo que Adriana descubrió durante las horas siguientes.
Ramón la llevó por pasillos que ella nunca había recorrido de niña, aunque creció en esa misma funeraria. Detrás de la sala de velación había un ascensor de servicio. Debajo del sótano principal había otro nivel. Y en ese nivel, archivos.
No archivos de funerales normales.
Cajas con nombres falsos.
Certificados de defunción sin cuerpos.
Bolsas de pertenencias de personas que nunca llegaron oficialmente.
Fotografías de pacientes de clínicas privadas.
Pasaportes.
Pulseras médicas.
Firmas de jueces.
Firmas de médicos.
Adriana revisaba cada documento con la garganta cerrada.
—¿Cuánto tiempo?
Ramón no respondió rápido.
—Desde antes de que nacieras.
La funeraria Beltrán era respetada porque ningún escándalo salía de allí.
Ahora Adriana entendía por qué.
Los escándalos entraban en ataúd.
Algunos eran cadáveres reales.
Otros eran vivos que necesitaban desaparecer.
Otros eran muertos a quienes robaban identidad para sacar herencias, seguros, acciones o pasaportes.
Su padre cobraba por todo.
Verónica organizaba contactos.
Los médicos firmaban.
Los jueces cerraban.
Y la ciudad, agradecida por funerales elegantes, nunca preguntaba por qué tantos ataúdes se enterraban cerrados.
—Clara lo descubrió —dijo Adriana.
Ramón asintió.
—Tu hermana empezó a revisar registros después de la muerte de una enfermera amiga suya.
—¿La mataron?
—La declararon muerta. No sé si es lo mismo o peor.
Adriana encontró una carpeta con su nombre.
ADRIANA BELTRÁN.
Estado proyectado: fallecida por accidente.
Motivo: oposición a venta de activos funerarios.
Riesgo: alto.
Su mano tembló.
Otra carpeta:
CLARA BELTRÁN.
Estado proyectado: sustitución si es necesario.
Riesgo: extremo.
Adriana sintió que la rabia la sostenía más que las piernas.
—Mi padre planeó todo.
—No solo él.
Ramón sacó otra carpeta.
MATEO RIVAS.
Adriana no quiso abrirla.
La abrió igual.
Mateo aparecía como asesor legal externo de la funeraria. Había revisado contratos de certificación. Había firmado confidencialidad. Había recibido pagos.
Pero en la última página había una nota escrita a mano:
“Rivas duda. Vigilar.”
Adriana cerró los ojos.
Duda.
No inocencia.
Duda.
Esa palabra no bastaba.
No cuando Clara estaba muerta.
No cuando ella despertó en una cámara frigorífica.
—¿Qué hacemos? —preguntó Ramón.
Adriana miró el ataúd de traslado.
—Vamos a mi funeral.
—Estás débil.
—Mejor. Que vean lo que casi lograron.
—Tu padre intentará detenerte.
Adriana tomó la grabadora de Clara.
—Entonces que lo haga delante de todos.
Ramón preparó el segundo ataúd.
No para un cuerpo.
Para la prueba.
Adriana se vistió de negro con ropa del depósito. El vestido estaba roto, pero no le importó. Se limpió la sangre lo suficiente para ver. No se maquilló. No escondió la cicatriz.
Quería que la iglesia viera el trabajo de su familia.
Antes de salir, pasó frente a una sala donde su propio ataúd esperaba cerrado.
Puso una mano sobre la madera.
—Nos vemos en la iglesia —susurró.
Y salió a enterrar a los vivos.
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