PARTE 5
El crematorio norte
El crematorio norte era la parte más antigua del negocio Beltrán.
Oficialmente estaba cerrado por remodelación.
Extraoficialmente, era donde desaparecían los documentos que no podían corregirse con firmas.
Adriana llegó con Mateo, Ramón y dos periodistas que habían decidido seguirla desde la iglesia. La lluvia golpeaba el parabrisas. Las sirenas sonaban lejos, demasiado lejos.
—¿Por qué Clara llamó desde un teléfono dentro del ataúd? —preguntó Adriana.
Mateo respondió:
—Porque alguien quería que supieras que estaba viva.
—¿Quién?
Ramón habló desde atrás:
—Alguien de dentro. No todos los empleados obedecen a Esteban.
Adriana miró a Mateo.
—¿Y tú? ¿A quién obedecías?
Él no apartó la mirada.
—A mi miedo.
—Respuesta honesta. No suficiente.
—Lo sé.
Llegaron al crematorio.
La puerta principal estaba abierta.
Mala señal.
Dentro olía a humo, metal caliente y químicos.
Adriana avanzó por el pasillo con la palanca en la mano. No era un arma elegante. Pero servía.
En la sala central encontraron cajas apiladas ardiendo en un contenedor metálico.
Archivos.
Nombres.
Pruebas.
Ramón gritó:
—¡No!
Dos hombres salieron de la sombra.
Uno golpeó a Mateo contra una pared. El otro intentó quitarle la cámara a una periodista. Adriana lo atacó con la palanca en la rodilla. El hombre cayó gritando.
Mateo se levantó sangrando por la ceja y derribó al otro contra una mesa.
—Clara! —gritó Adriana.
Un sonido débil respondió desde una cámara lateral.
Golpes.
Adriana corrió.
La puerta estaba cerrada con cadena.
—¡Clara!
—Adri!
La voz de su hermana sonó viva, rota, real.
Adriana golpeó la cadena con la palanca.
Una vez.
Dos.
Mateo trajo una cizalla de la pared.
—Apártate.
—Hazlo rápido.
Cortó la cadena.
Adriana abrió la puerta.
Clara estaba dentro, atada a una silla, con el rostro golpeado y una manta sobre los hombros. Tenía sangre seca en la boca, pero abrió los ojos y sonrió.
—Llegaste a tu funeral muy dramática.
Adriana cayó de rodillas y la abrazó.
—Cállate.
Clara empezó a llorar.
—Pensé que te habían enterrado.
—Yo también.
No pudieron abrazarse más.
Un disparo golpeó la pared.
Verónica apareció al fondo del pasillo con una pistola en la mano.
La madrastra ya no fingía dolor.
—Su padre siempre fue sentimental —dijo—. Yo habría cerrado los dos ataúdes.
Clara tembló.
Adriana se puso de pie.
—Tú.
Verónica sonrió.
—Yo organicé el accidente. Tu padre dudó al final.
Mateo dio un paso.
—Verónica, baja el arma.
Ella rio.
—Tú deberías callarte, abogado. Firmaste los documentos que hicieron todo posible.
Adriana miró a Mateo.
Otra herida.
Otra verdad incompleta.
Verónica levantó el arma hacia Clara.
Adriana se lanzó antes de pensar.
El disparo sonó.
La bala le rozó el brazo.
Dolor.
Sangre.
Pero no se detuvo.
Golpeó a Verónica contra el horno apagado. Ambas cayeron al suelo. Verónica le arañó el rostro. Adriana le dio un golpe con el codo. Mateo le quitó el arma.
Clara, aún débil, pateó la pistola lejos.
—Nunca me cayó bien —murmuró.
Adriana soltó una risa rota.
Por primera vez en días, rió.
Afuera, llegaron sirenas.
Pero entonces Ramón gritó desde la sala central:
—¡Esteban se llevó los discos duros!
Adriana se levantó.
Su padre seguía libre.
Y llevaba la parte más oscura del archivo Beltrán.
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