PARTE 3
La urna
Rebeca fue la primera en recuperar la voz.
—Esto es una locura. Seguridad, sáquenla.
Camila la miró.
—Sigues dando órdenes en casas que no te pertenecen.
Adrián dio un paso hacia ella.
—Camila, ¿cómo saliste?
La pregunta casi la hizo reír.
No preguntó “cómo estás”.
No preguntó “qué te hicieron”.
No preguntó “por qué estás aquí”.
Preguntó cómo salió.
Como si la prisión fuera el lugar natural donde debía seguir encerrada.
—Con una firma —respondió ella—. Esas cosas que ustedes falsifican tan bien.
Los invitados empezaron a murmurar.
Clara Salcedo se levantó.
—No permitiremos que una criminal arruine esta ceremonia.
Camila giró hacia ella.
—Señora Clara, usted siempre tuvo buen gusto para actuar. Pero hoy hay demasiadas cámaras para repetir el mismo papel.
Rebeca señaló la urna.
—¿Qué llevas ahí? ¿Otra amenaza?
Camila miró el objeto plateado.
—Me dijeron que aquí estaban las cenizas de mi padre.
Adrián tragó saliva.
—Tu padre murió.
Camila sonrió.
—Eso dijeron.
Abrió la urna.
No había cenizas.
Solo una llave negra, quemada en un extremo, y una memoria USB.
El silencio fue absoluto.
Camila tomó la llave con dos dedos.
—Esta es la llave del despacho donde mi padre supuestamente murió.
Rebeca retrocedió medio paso.
Muy poco.
Pero Camila lo vio.
—Durante seis años todos dijeron que yo cerré esa puerta.
Miró a los invitados.
—Pero la llave no estaba conmigo cuando me encontraron en el jardín.
Levantó el USB.
—Estaba escondida con esto.
Clara Salcedo gritó:
—¡Eso es falso!
Camila la miró.
—Todavía no lo ha visto.
—No hace falta.
—Claro. Usted siempre prefiere condenar antes de mirar.
Adrián intentó acercarse.
—Camila, hablemos en privado.
Ella dio un paso atrás.
—Hace seis años te pedí que hablaras conmigo antes del juicio. Elegiste hablar contra mí frente a todos.
Pausa.
—Ahora me toca a mí.
Camila hizo una señal al técnico.
La pantalla gigante detrás del altar se encendió.
Al principio apareció ruido.
Luego una imagen nocturna.
La mansión Torres.
El pasillo del despacho.
Rebeca caminando con una copa en la mano.
Luego Adrián.
Luego Clara Salcedo.
Los invitados dejaron de murmurar.
Ahora estaban completamente quietos.
En el video, Rebeca abrió la puerta del despacho.
Ernesto Torres apareció dentro, vivo, furioso.
No había audio al principio.
Luego la voz llegó rota, pero clara.
—¡Rebeca, abre la puerta!
Rebeca sonrió en la grabación.
—Lo siento, tío. Camila necesita aprender que las herencias no son para mujeres que no saben compartir.
Adrián apareció detrás.
—Hazlo rápido.
Clara añadió:
—Quemen el archivo. El testamento nuevo no debe aparecer.
En la boda, Rebeca perdió todo el color.
La pantalla siguió.
Gabriel no. Adrián. Rebeca. Clara. El jefe de seguridad. Todos en el pasillo.
Después humo.
Fuego.
Y Camila, en el video, golpeando la puerta desde fuera, gritando:
—¡Papá!
La sala se quebró.
Camila no miró la pantalla.
Miró a Rebeca.
—Qué vestido tan blanco para alguien que cerró una puerta en llamas.
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