PARTE 6
La casa en llamas
El fuego empezó en el ala norte.
No como accidente.
Como sentencia.
El sistema de Marco encendió cargas pequeñas en los archivos, en la biblioteca privada y en el sótano donde Aurelio guardaba pruebas antiguas. La mansión Bellini, símbolo de tres generaciones, empezó a llenarse de humo.
Elena disparó contra el panel, pero ya era tarde.
Marco la miró con una sonrisa rota.
—Sin archivos, sin consejo, sin padre fuerte, solo queda mi palabra.
Elena tosió.
—Tu palabra vale menos que la bala que dejaste en mi coche.
Marco sacó un arma.
Ambos dispararon casi al mismo tiempo.
La bala de Marco le rozó el costado. La de Elena le alcanzó el hombro. Él retrocedió contra una pared, soltando un gruñido de dolor.
Pero no cayó.
—Nunca entendí por qué mi padre te respetaba —dijo él.
—Porque no soy tú.
Marco atacó.
El cuarto de seguridad era estrecho. Pelearon entre pantallas, cables y humo. Marco era fuerte, entrenado y desesperado. Elena estaba herida, cansada y furiosa. Él le golpeó la muñeca, haciéndole soltar el arma. Ella le respondió con un codazo en la garganta.
Marco la empujó contra el panel.
La espalda de Elena chocó con los controles. Sintió que el aire se le iba. Él le puso una mano en el cuello.
—Debí matarte la primera noche que mi padre te eligió para mí.
Elena le clavó la rodilla en el abdomen.
—Y yo debí escucharlo cuando me dijo que eras débil.
Marco gritó y la golpeó en la cara.
Elena cayó de lado.
El humo entraba cada vez más fuerte. Las alarmas chillaban. Afuera, Bruno gritaba órdenes para sacar a los hombres y capturar a los leales de Marco.
Elena vio su arma bajo una mesa.
Marco también.
Ambos se lanzaron.
Ella llegó primero, pero Marco le pisó la mano. Los dedos rotos de la emboscada ardieron como fuego. Elena soltó un sonido ahogado.
—Mira eso —dijo Marco—. La mujer que volvió de la muerte todavía puede arrodillarse.
Elena, con lágrimas de dolor que se negaba a llamar lágrimas, sonrió.
—No estoy arrodillada.
Con la otra mano sacó la bala del bolsillo.
La misma bala falsa.
Se la clavó a Marco en la herida del hombro.
Él gritó.
Elena recuperó el arma y le disparó en la pierna.
Marco cayó.
No muerto.
Pero derrotado por primera vez.
Ella se levantó tambaleándose.
—Eso fue por Aurelio.
Le dio una patada al arma de Marco.
—Esto por mí.
Luego lo tomó del cuello de la camisa.
—Y si la casa se quema contigo dentro, eso será por tu estupidez.
Marco tosió sangre.
—No saldrás.
Elena miró las pantallas.
Una cámara mostraba la biblioteca.
Fuego.
Otra mostraba el sótano.
Más fuego.
Pero una tercera mostraba algo que la hizo quedarse helada.
Un niño escondido bajo una mesa del ala de empleados.
No era de la familia.
Era hijo de una cocinera.
Quizá ocho años.
Llorando.
Atrapado.
Elena soltó a Marco.
Él rio, sangrando.
—Siempre tan sentimental.
Elena lo golpeó con la culata hasta dejarlo inconsciente.
—No. Solo menos podrida que tú.
Salió corriendo hacia el ala de empleados.
El humo era espeso. El fuego ya tocaba las cortinas. Bruno le gritó que volviera.
Ella no escuchó.
Entró en la cocina.
Encontró al niño bajo la mesa, cubriéndose la boca.
—Mírame —dijo Elena.
El niño lloraba.
—No puedo salir.
—Sí puedes.
—Tengo miedo.
Elena se agachó, sangrando, tosiendo, casi sin aire.
—Yo también.
El niño la miró.
—Entonces por qué entraste?
Elena sonrió apenas.
—Porque alguien tenía que hacerlo.
Lo tomó en brazos y salió justo cuando una viga cayó detrás de ellos.
Bruno la alcanzó en el pasillo y la arrastró hacia la puerta lateral.
Afuera, bajo la lluvia, Elena cayó de rodillas con el niño vivo entre los brazos.
La mansión Bellini ardía detrás.
Y en una ventana del segundo piso, por un instante, vio a Marco arrastrándose entre humo.
No muerto.
Todavía.
Elena cerró los ojos.
La guerra no había terminado.
Pero la casa que protegía sus mentiras empezaba a caer.
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