PARTE 10
El pacto con Salerno
Nicolás Salerno esperaba en un garaje subterráneo.
Elena había oído historias sobre él.
Jefe joven, atractivo, frío, dueño de media costa norte. Un hombre que sonreía poco y disparaba menos, porque la mayoría de sus enemigos preferían obedecer antes de obligarlo a moverse.
Estaba apoyado contra un coche negro, con un abrigo largo y una herida reciente en el labio.
Cuando Elena entró, él no miró primero la sangre.
Miró la caja azul.
—Así que esa es la razón por la que Gael incendió medio edificio.
Elena levantó el arma.
—Un paso más y averiguas si sigo con buena puntería.
Nicolás levantó una ceja.
—Después de un coche quemado, una iglesia, una mansión en llamas y una pelea con Moretti, diría que tu puntería merece respeto.
—No pedí opinión.
—Lo noté.
Bruno se puso entre ellos.
—Qué quieres, Salerno?
Nicolás miró a Elena.
—Lo mismo que ella. A Gael Moretti de rodillas.
Elena no bajó el arma.
—Y después?
—Después veremos quién respira mejor.
Ella casi sonrió.
—Honesto.
—Práctico.
Nicolás explicó rápido.
Gael Moretti llevaba meses preparando una guerra falsa entre Bellini y Salerno. Si Marco heredaba, culparían a los Salerno de la muerte de Aurelio. Los Moretti entrarían como aliados de Marco. Después, con los Bellini debilitados, Gael tomaría rutas de ambos lados.
—Marco creyó que sería jefe —dijo Nicolás—. Pero Gael solo necesitaba un idiota con apellido.
Bruno murmuró:
—Eso sí suena a Marco.
Elena abrió la caja azul sobre el capó del coche.
Documentos.
Transferencias.
Fotos.
Mensajes.
Nicolás tomó una hoja.
—Renato está vendido.
—Lo sé.
—Entonces el consejo de mañana está comprometido.
—También lo sé.
—Y aun así vas a ir.
Elena lo miró.
—Claro.
—Por qué?
—Porque si no voy, ellos eligen el escenario.
Nicolás sonrió apenas.
—Bien.
—No necesito aprobación.
—No era aprobación. Era interés.
Bruno tosió.
—Podemos centrarnos en que todos quieren matarnos?
Nicolás guardó los documentos en una bolsa segura.
—Mi gente puede filtrar parte de esto antes del consejo.
Elena negó.
—No todo.
—Por qué?
—Porque quiero que Gael crea que aún puede ganar.
—Peligroso.
—Él también.
Nicolás la observó unos segundos.
—Aurelio eligió bien.
Elena se tensó.
—Aurelio no me eligió. Solo tuvo menos opciones.
—A veces eso basta.
Antes de que Elena respondiera, el teléfono de Bruno sonó.
Su rostro cambió.
—Don Aurelio.
Elena sintió que la sangre se le helaba.
—Qué pasó?
—Trasladaban al capo a la casa segura. Fueron atacados.
—Está vivo?
Bruno escuchó.
Luego bajó la mirada.
—Se lo llevaron.
Elena cerró los ojos.
Gael había perdido la caja, pero tomó otra pieza.
Aurelio.
Nicolás se apartó del coche.
—Dónde?
Bruno respondió:
—Matadero viejo Bellini.
Elena se limpió sangre del labio.
—Entonces vamos.
Bruno la miró.
—No en su estado.
Ella lo miró con una calma peligrosa.
—Bruno, anoche salí de un coche en llamas. Hoy saqué un niño de una mansión ardiendo. Si crees que voy a dormir mientras Gael tiene a Aurelio, estás más herido que yo.
Nicolás abrió la puerta del coche.
—Sube.
Elena lo miró.
—No recibo órdenes de Salerno.
Él sostuvo su mirada.
—Entonces considéralo una invitación a una masacre.
Elena subió.
—Eso sí suena mejor.
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