LA MUJER QUE VOLVIÓ AL FUNERAL DEL CAPO CON LAS MANOS ENSANGRENTADAS La dieron por muerta para robarle el imperio… pero volvió justo cuando su esposo iba a heredar la mafia de su padre – PARTE 11

PARTE 11

El matadero viejo

El matadero viejo Bellini estaba abandonado desde hacía veinte años.

Aurelio lo cerró después de que su esposa muriera. Decían que odiaba el lugar por el olor. Elena siempre sospechó que había otra razón.

Esa noche lo entendió.

El matadero no estaba abandonado.

Estaba esperando.

Gael Moretti había encendido luces industriales en el interior. Desde fuera se veían sombras moviéndose entre ganchos oxidados, mesas de metal y canales viejos por donde antes corría agua.

Ahora corría sangre.

Nicolás, Bruno y Elena entraron por tres puntos diferentes.

Elena llevaba una pistola, una navaja y el anillo negro escondido bajo la venda de su mano. No confiaba en nadie lo suficiente para decir dónde estaba.

Dentro, encontraron el primer cuerpo.

Un hombre Bellini.

Luego otro.

Gael había dejado un camino.

Bruno apretó los dientes.

—Nos provoca.

Elena miró la sangre en el suelo.

—No. Nos dirige.

Llegaron a la sala central.

Aurelio estaba atado a una silla metálica, pálido, respirando con dificultad. Tenía sangre en la boca y la venda del pecho completamente roja.

Gael estaba detrás de él con un cuchillo en la mano.

Marco también estaba allí.

No prisionero.

Aliado otra vez.

Elena sintió una rabia cansada.

—De verdad, Marco? Traicionas incluso tus propias traiciones.

Marco escupió al suelo.

—Mi padre me robó la vida.

Aurelio levantó la cabeza.

—Yo te di… demasiada.

Gael sonrió.

—Qué familia tan sentimental.

Nicolás apuntó desde la izquierda.

—Suelta al viejo.

Gael miró a Salerno.

—Tú no estabas invitado.

—Vine por educación.

—Dispararé a Aurelio.

Elena avanzó un paso.

—No.

Todos la miraron.

Ella respiró.

—No le dispararás. Lo necesitas vivo para obligarme a entregar el anillo y legitimar a Marco.

Gael sonrió.

—Tal vez.

—Y Marco te cree.

Marco frunció el ceño.

—Cállate.

Elena lo miró.

—Gael no va a darte la familia. Va a usar tu firma, matar a Aurelio, matarme a mí y después decir que los Salerno lo hicieron. Tú serás el heredero muerto que causó la guerra perfecta.

Gael no perdió la sonrisa.

Pero Marco sí.

—Miente —dijo Gael.

Elena levantó una hoja de la caja azul.

—Contrato Moretti. Reparto posterior a la muerte de Marco Bellini.

El rostro de Marco se vació.

Gael suspiró.

—Qué molesta eres.

Y entonces cortó la cuerda que sostenía una cadena sobre ellos.

Una estructura metálica cayó desde arriba.

Todos se movieron.

La pelea empezó.

Nicolás disparó contra dos hombres Moretti. Bruno corrió hacia Aurelio. Marco se lanzó contra Elena, desesperado, herido, loco de rabia. Ella lo recibió con un golpe directo en la herida del hombro.

Marco gritó y la golpeó en el costado.

Elena cayó contra una mesa metálica.

El dolor fue tan fuerte que casi se desmayó.

Marco se abalanzó sobre ella.

—Todo esto es culpa tuya!

Ella le clavó la navaja en la pierna.

—No. Yo soy la factura.

Gael intentó salir con Aurelio como escudo. Nicolás lo interceptó. Ambos pelearon junto a los ganchos oxidados. Gael era rápido, elegante y cruel. Nicolás más frío, más pesado en cada golpe. Gael le abrió el brazo con el cuchillo. Nicolás le rompió dos dedos contra una mesa.

Elena llegó hasta Aurelio y cortó sus ataduras.

—Puede caminar?

Aurelio tosió sangre.

—No.

—Entonces improvise.

—Me caes peor cada minuto.

—Siga vivo y quéjese después.

Marco, sangrando, sacó un arma y apuntó a Elena.

Aurelio lo vio.

—Marco…

El disparo sonó.

Pero Aurelio se movió.

La bala le atravesó el hombro en vez de alcanzar a Elena.

El viejo cayó.

Elena gritó:

—¡Aurelio!

Marco se quedó paralizado.

Había disparado de nuevo a su padre.

Pero esta vez sin excusas, sin humo, sin planes.

Delante de todos.

Bruno le disparó en la rodilla.

Marco cayó gritando.

Gael aprovechó el caos y huyó por una puerta lateral.

Nicolás intentó seguirlo.

Elena lo detuvo.

—Aurelio primero.

El capo respiraba, apenas.

Tomó la mano de Elena.

—Anillo…

—Lo tengo.

—Consejo…

—Llegaremos.

Aurelio la miró con ojos cansados.

—No… se lo des… a ningún hijo mío.

Elena tragó saliva.

—No pensaba hacerlo.

El viejo sonrió.

—Bien.

Luego perdió el conocimiento.

Elena levantó la mirada hacia la puerta por donde Gael escapó.

La noche aún no terminaba.

Pero Marco estaba acabado.

Y Gael acababa de convertirse en el último hombre que Elena tenía que ver caer.

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