PARTE 4
La frase de Renata
El salón dorado estalló después de la frase de Renata.
“Esos niños no debieron llegar vivos.”
Los teléfonos se levantaron.
Los periodistas olieron sangre.
Amalia reaccionó primero.
—¡Saquen a esa mujer de aquí!
Gabriel se giró hacia su madre.
—Nadie toca a Sofía.
Su voz sonó diferente.
No como CEO.
No como hijo obediente.
Como hombre al borde de descubrir cuánto le habían robado.
Renata apretaba la mano herida contra el pecho.
—Yo no quise decir eso. Me corté. Estoy nerviosa. Ella me provocó.
Sofía levantó la grabadora.
—Lo repetiremos cuando quieras.
Gabriel miró a Renata.
—¿Sabías que estaban vivos?
Renata lloró de inmediato.
Era buena llorando.
Sofía lo sabía desde niña.
—No, Gabriel. Te lo juro. No sabía nada. Sofía siempre fue manipuladora. Tú sabes cómo era.
Sofía soltó una risa baja.
—Qué curioso. Me drogaron, me quitaron a mis hijos, me acusaron de robo y aún así soy yo la manipuladora.
Amalia se acercó a Gabriel.
—Hijo, piensa. Esa mujer aparece justo hoy. Trae niños que nadie conoce. Documentos que cualquiera puede falsificar. Quiere destruirte.
Gabriel miró a los gemelos.
Leo se escondía detrás de Sofía.
Tomás lo miraba directamente, con una seriedad que parecía heredada.
—¿Cómo se llaman? —preguntó Gabriel.
Sofía respondió:
—Tomás y Leo.
Gabriel cerró los ojos un instante.
Tomás.
El nombre de su padre.
Leo.
El apodo que Sofía le ponía cuando estaban solos.
—Yo elegí esos nombres contigo —susurró él.
—Sí.
—Entonces por qué…
Sofía lo cortó.
—No me preguntes por qué no volví antes en una sala llena de las personas que hicieron imposible que volviera.
La frase lo golpeó.
Renata intentó escapar hacia la salida lateral.
Tomás la señaló.
—Mamá, la señora se va.
Sofía giró.
Gabriel también.
Renata corrió.
Elena, una camarera del hotel que trabajaba para Sofía, intentó detenerla. Renata la empujó contra una mesa y salió por el pasillo.
Sofía fue tras ella.
Gabriel también.
Amalia hizo una señal a dos hombres.
El pasillo del hotel se volvió caos.
Renata entró en una sala privada y cerró la puerta. Cuando Sofía la abrió, encontró el lugar vacío.
Solo había una ventana abierta.
Y sobre la mesa, una hoja arrancada de la carpeta.
El informe de nacimiento.
Sofía sintió que la sangre se le helaba.
—Se llevó la prueba principal.
Gabriel respiraba detrás de ella.
—Tengo copias.
Sofía lo miró.
—Yo también.
Él pareció aliviado.
Hasta que ella añadió:
—Pero esa hoja tiene la dirección de Clara.
Gabriel entendió.
La enfermera.
La única testigo viva de la noche del parto.
Sofía tomó el teléfono y llamó.
Nada.
Volvió a llamar.
Nada.
Entonces recibió un mensaje.
Una foto de Clara, atada a una silla.
Debajo, una frase:
“Ven sola o los niños vuelven a ser huérfanos.”
Sofía cerró los ojos.
Gabriel dio un paso.
—Voy contigo.
Ella lo miró con una calma peligrosa.
—No.
—Sofía…
—Durante seis años, cuando necesité que estuvieras, no estuviste. No empieces ahora dando órdenes.
Él tragó el golpe.
—Entonces no iré delante.
Hizo una pausa.
—Iré detrás. Pero voy.
Sofía miró a sus hijos al fondo del pasillo, custodiados por dos personas de confianza.
No podía volver a correr sola.
No esta vez.
—Una condición —dijo.
—La que quieras.
—Si tengo que elegir entre la verdad y mis hijos, quemaré toda la verdad.
Gabriel sostuvo su mirada.
—Yo también.
Por primera vez en seis años, Sofía no supo qué hacer con esa respuesta.
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