La noche que la bastarda sin apellido durmió con el CEO más odiado de la ciudad y al despertar él le pidió que fuera la esposa de su familia noble – PARTE 1

La noche que Sofía Castaño se acostó borracha con su jefe, el CEO más temido de la ciudad, solo quería olvidar a su novio infiel.
Al despertar, él le pidió que se casara con ella.
Ella es hija ilegítima, sin dinero ni apellido. Él es la élite de la élite. ¿Aceptar o huir?

PARTE 1: LA NOCHE QUE LO CAMBIÓ TODO

La resaca golpeó primero.

Luego, el dolor entre las piernas.

Luego, el brazo pesado cruzado sobre su cintura.

Sofía Castaño abrió los ojos y el pánico le recorrió la espalda antes de que su cerebro pudiera procesar dónde estaba. No era su apartamento. Las sábanas eran de seda negra, demasiado suaves, demasiado caras. La habitación olía a sándalo y a hombre, un aroma profundo y oscuro que le resultaba vagamente familiar.

Y el cuerpo caliente pegado a su espalda respiraba con la lentitud de quien duerme profundamente.

Giró la cabeza con cuidado.

El corazón se le detuvo.

Diego Fuentes.

Su jefe. El demonio de hielo que nunca miraba a nadie. El hombre del que toda la oficina huía. El CEO que había construido un imperio con las manos manchadas de sangre corporativa y una reputación de no tolerar ni un solo error.

Y ella había dormido con él.

“No,” susurró, pero la palabra se quedó atrapada en su garganta seca.

La noche anterior llegó en fragmentos, como un espejo roto que ella intentaba recomponer. El restaurante. Javier, su novio de cinco años, con los ojos vidriosos diciéndole: “Camila está embarazada. Va a ser niño. Lo siento, Sofía”. Su mejor amiga. Su mejor amiga. Cinco años de su juventud tirados a la basura en una sola frase.

Después, el bar. Disparos de whisky, uno tras otro. Las lágrimas que no quiso derramar. La música atronadora. Y luego él, apareciendo de la nada entre la multitud, como si el destino hubiera estado esperando ese momento exacto para cruzarlos.

Diego Fuentes en un bar de mala muerte. ¿Qué hacía él allí? No importaba. La había mirado como si fuera la única persona en la habitación. Le había tendido la mano. Y ella, borracha y rota, la había tomado.

“No, no, no.” Sofía se incorporó de golpe.

Sus piernas fallaron. Cayó al suelo con un golpe sordo que hizo gemir a Diego a su lado. Él se movió, solo un poco, un brazo colgando fuera de la cama, pero no despertó. Sus ojos seguían cerrados. Su pecho desnudo subía y bajaba con una calma irritante.

Los arañazos en sus hombros.

Sus arañazos.

“Dios mío, Dios mío, Dios mío.” Se arrastró por la alfombra buscando su ropa interior, su vestido, sus zapatos. La camisa de él estaba encima de la suya, rasgada. Los botones dispersos por toda la habitación.

Se vistió a tientas, sin dignidad, sin aliento. Salió de la suite antes de que él abriera los ojos. Cerró la puerta con un clic suave y corrió hacia el ascensor con el corazón latiéndole en las sienes.

En el taxi de vuelta a su apartamento, solo atinó a pensar: “No pasó nada. No recuerda. Los hombres como él no recuerdan a las mujeres como yo”.

Pero algo en el fondo de su estómago le decía que estaba completamente equivocada.

En la oficina, las miradas la siguieron desde que cruzó la puerta giratoria. Sus compañeros cuchicheaban detrás de las pantallas, señalando con disimulo, sonriendo con malicia.

“¿Viste el moretón en el cuello del jefe?”

“Alguien se atrevió con el Rey Demonio.”

“Quienquiera que sea, tiene un valor tremendo. O una sentencia de muerte.”

Sofía caminó con la cabeza gacha, el pelo suelto cubriendo su cara, las manos temblando sobre el bolso. Se sentó en su escritorio sin mirar a nadie. Abrió el ordenador. Los bocetos que debía entregar esa tarde para la colección de la Semana de la Moda seguían en blanco en su mente.

Solo podía pensar en cómo sus dedos habían recorrido la espalda de Diego. En cómo él había susurrado su nombre contra su cuello. En cómo la había sujetado por la cintura como si ella fuera a desaparecer.

Y en cómo él, con seguridad, no recordaría nada por la mañana.

Porque los ricos no recuerdan a las pobres. Menos aún a las bastardas sin apellido.

Su madre se lo había repetido toda la vida. “Nunca creas en las mentiras de un hombre. Eres una hija ilegítima. Nadie te eligió de verdad. Nadie lo hará nunca.” Sofía había creído esas palabras durante veintiséis años. Las había grabado en sus huesos.

Entonces el ascensor privado se abrió.

Diego Fuentes entró en la planta de diseño.

Traje negro impecable. Corbata gris. El cabello perfectamente peinado hacia atrás. Su rostro era una máscara de hielo, inescrutable. Caminó entre los escritorios como si el mundo fuera suyo. Ni una sola mirada hacia ella.

Sofía exhaló un suspiro de alivio tan profundo que le dolió el pecho.

Bien. Así era mejor. Un error. Una noche. Olvidado.

Entonces su teléfono vibró.

Un mensaje de un número que no tenía guardado, pero que ella reconoció al instante porque era el mismo que aparecía en los contratos de la empresa.

“Sube a mi oficina. Ahora.”

Su sangre se congeló.

El despacho presidencial olía a cuero y a café recién hecho. La puerta se cerró tras ella con un sonido que pareció multiplicarse en el silencio.

Diego estaba de espaldas, mirando la ciudad desde el ventanal. Las luces de Madrid se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Él no se volvió cuando ella entró.

Sofía se quedó junto a la puerta, las manos sudando, el corazón desbocado.

“Señor Fuentes, si es por el informe de la semana pasada, lo tendré listo mañana.”

“Anoche.”

La palabra cortó el aire como un cuchillo.

Él no se volvió. “¿Recuerdas algo?”

Ella tragó saliva. “Lo suficiente.”

“Yo también.” Una pausa larga, densa. “Lo recuerdo todo.”

Entonces giró.

Sus ojos eran oscuros, fijos, ilegibles. Pero sus manos – las tenía enterradas en los bolsillos de sus pantalones. Como si no supiera qué hacer con ellas. Como si él también estuviera nervioso, aunque su cara no lo mostrara.

“No soy hombre de una noche,” dijo.

“Señor Fuentes, fue un error. Yo estaba borracha. Usted… usted es mi jefe.”

“Por eso mismo.”

Se acercó. Un paso. Otro. Ella retrocedió hasta que su espalda tocó la madera de la puerta.

“Sofía Castaño. ¿Quieres casarte conmigo?”

El silencio se volvió sólido. Ella parpadeó una vez. Dos veces. Abrió la boca. La cerró.

“¿Está enfermo?”

“Completamente.”

Él sonrió. Fue un pequeño movimiento de labios, apenas una grieta en el hielo. Pero sus ojos se iluminaron con algo que ella no supo nombrar.

“Nunca he hecho esto. Nunca he querido hacerlo. Pero anoche, cuando dormías a mi lado, pensé: esta mujer. Solo esta mujer.”

“No sabe nada de mí.”

“Sé que eres hija ilegítima. Que tu madre te crió sola en un barrio marginal. Que trabajaste desde los dieciséis años. Que entraste en mi empresa por mérito propio, no por contactos ni por apellido.”

Pausa. Él dio otro paso.

“Y sé que cuando tu exnovio te confesó que te había sido infiel con tu mejor amiga, no lloraste. Le rompiste una botella en la cabeza.”

Sofía se quedó en blanco. “¿Cómo sabe eso?”

“Estaba allí.” Su voz bajó un tono. “Saliendo de una reunión en el hotel de al lado. Te vi sentada en la barra. Te vi derrumbarte cuando colgaste el teléfono. Te vi levantarte y pedir otro trago. Te vi beber como si quisieras morir.”

Se inclinó un centímetro más.

“Y te vi elegirme a mí cuando te tendí la mano.”

“No lo elegí. Usted estaba allí.”

“El destino estaba allí.” Levantó una mano y rozó su mejilla con los nudillos. “Y yo llevo cuarenta años esperando que el destino me diera algo que mereciera la pena.”

Ella apartó la cara. “No quiero su dinero.”

“No te estoy ofreciendo dinero.”

“Entonces, ¿qué?”

“Todo lo demás.”

No supo qué responder. No supo si quería llorar, reír o salir corriendo. En lugar de eso, dijo: “Déme tiempo”.

Él asintió. “Te lo daré. Pero no demasiado. Porque soy impaciente y tú eres irresistible.”

La semana siguiente fue un infierno.

Valeria León, la heredera de la familia León, la que se creía prometida de Diego desde la infancia, no dejaba de susurrar veneno en los pasillos. “Esa bastarda solo quiere trepar.” “Diego se aburre de ella en un mes.” “Mírala, con su carita de pobre y su ropa de saldo.”

Pero Diego no se aburría. Al contrario.

La nombró líder del equipo para la Semana de la Moda. Ella, una becaria que llevaba apenas dos años en la empresa, por delante de diseñadoras con décadas de experiencia. Valeria explotó.

“No te lo mereces,” le escupió en medio de la oficina.

Sofía levantó la vista de sus bocetos con una calma que no sentía. “El mérito no se mide por el apellido.”

“El mérito se mide por las conexiones. Y las tuyas son tan sucias como tu cuna.”

Sofía se puso de pie. No dijo nada. Solo la miró. Fijo. En silencio. Durante cinco segundos eternos. Y Valeria retrocedió un paso sin saber por qué.

Porque Sofía había aprendido a no pelear con palabras. Había aprendido a pelear con silencio. Había aprendido que el miedo se siembra, no se grita.

Esa noche, los bocetos de la colección desaparecieron de la oficina de Diego. Las cámaras de seguridad estaban rotas. Y el dedo acusador apuntó directamente a Sofía.

“La vimos saliendo de la oficina del jefe a altas horas,” mintió Valeria. “Seguro que los robó para venderlos a la competencia.”

Todos la miraron. Sofía sintió el peso de sus ojos como una losa.

Entonces Diego apareció.

No levantó la voz. No hizo un escándalo. Solo dijo: “Revisen las cámaras restauradas. Y traigan al que borró los archivos.”

Valeria palideció como el papel.

El técnico tardó dos horas en recuperar los vídeos. En ellos se veía a Valeria entrando en la oficina de Diego a medianoche, copiando los archivos en un USB y simulando un robo.

Diego ni siquiera la miró cuando la tuvo delante. “O te vas tú, o se va tu padre del consejo de administración. Elige.”

Valeria eligió quedarse. Pero su padre perdió el contrato de proveeduría de telas esa misma noche. Catorce millones de euros al año, evaporados. Por ella. Por Sofía.

Su teléfono vibró otra vez. Un mensaje de Diego: “Cena con mi madre. Mañana. No acepto un no”.

Ella escribió: “¿Y si no quiero?”

La respuesta llegó tres segundos después. “Entonces seguiré esperando. Pero mi madre es impaciente, más que yo.”

Sofía guardó el teléfono y sonrió a pesar de sí misma. Odio cuando sonrío, pensó. Pero lo odió más porque era verdad.

 

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