PARTE 12
La tumba de Diego
Tres días después, Natalia fue a la tumba de Diego.
No llevó flores blancas.
Diego las odiaba.
Llevó una botella de ron barato, la cadena roja y a Mateo.
El niño caminaba en silencio, con las manos en los bolsillos. Había envejecido demasiado en pocos días. Natalia odiaba eso. Odiaba a cada hombre que le robó infancia usando palabras como honor, legado y sangre.
Se arrodilló frente a la lápida.
—Lo encontramos —susurró—. Tu archivo. Tu carta. Tu miedo. Tu hijo.
Mateo se acercó.
—Papá era valiente?
Natalia respiró hondo.
—Sí.
—Pero murió.
—A veces los valientes también mueren.
—Entonces para qué sirve?
La pregunta la dejó sin aire.
Nicolás, que se había mantenido a distancia, habló:
—Para que otros sepan por dónde no arrodillarse.
Mateo lo miró.
—Tú eres Salerno.
—Sí.
—Mi papá decía que no confiara en Salerno.
Nicolás asintió.
—Tu papá era inteligente.
—Pero tú ayudaste.
—Hoy.
—¿Mañana?
Nicolás miró a Natalia.
—Mañana tendré que merecer que no corras cuando me veas.
Mateo pareció pensar.
—Eso es difícil.
—Sí.
El niño dejó la cadena roja sobre la lápida.
—Papá, mordí a Tomás.
Natalia cerró los ojos.
Nicolás miró al cielo, quizá para no mostrar emoción.
Mateo siguió:
—Tía Nati dijo que estuvo bien.
Natalia le tocó el hombro.
—Lo estuvo.
Después de la visita, volvieron al coche.
Nicolás se quedó junto a Natalia un momento.
—Tomás será entregado a las familias que Diego protegió. Rosetti no saldrá vivo del consejo menor. Los Aranda están rotos.
—Bien.
—No suenas feliz.
Natalia miró la tumba.
—Mi hermano sigue muerto. Mateo sigue preguntando por qué ser valiente no lo salvó. Mi padre murió siendo cobarde. Y yo sigo con un vestido de novia manchado en una bolsa.
Nicolás guardó silencio.
No intentó arreglarla con frases.
Eso le gustó más de lo que quería admitir.
—Qué harás ahora? —preguntó él.
Natalia miró a Mateo subiendo al coche.
—Criarlo para que no confunda apellido con jaula.
—Y el puerto?
—Lo dirigiré.
—Eso hará que quieran matarte.
Natalia sonrió apenas.
—Después de esta semana, tendrán que ser más creativos.
Nicolás la miró.
—Diego estaría orgulloso.
Ella bajó la mirada.
—No uses a mi hermano para acercarte.
—No lo hice.
—Bien.
—Pero lo estaría.
Natalia no respondió.
Esa noche, en la casa Moreno, quitó el retrato de Emilio del despacho principal. En su lugar puso una foto de Diego con Mateo en brazos.
Luego colgó el vestido de novia ensangrentado dentro de una vitrina de cristal.
Debajo escribió:
“La paz que exige una mujer muerta no es paz. Es cobardía vestida de blanco.”
Y desde ese día, nadie volvió a entrar a esa casa hablando de alianzas sin mirar primero la sangre seca del vestido.
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