PARTE 7
El consejo del puerto
El Consejo del Puerto se reunía en un edificio sin ventanas frente al muelle nueve.
No aparecía en mapas.
No tenía cartel.
No necesitaba nombre.
Allí las familias decidían rutas, castigos, alianzas y muertes fingiendo que firmaban contratos comerciales.
Natalia llegó al amanecer con el vestido de novia destrozado, el cabello suelto, una venda en el hombro y sangre seca en la garganta.
A su lado caminaba Nicolás Salerno.
Detrás, Mateo, protegido por dos hombres de confianza y una chaqueta demasiado grande sobre los hombros.
Los guardias del consejo intentaron bloquearles la entrada.
Nicolás no levantó la voz.
Solo dijo:
—Toca a la mujer o al niño, y esta mañana el puerto tendrá más cuerpos que barcos.
Los dejaron pasar.
Dentro estaban los jefes de varias familias.
Don Emilio Moreno estaba sentado a la derecha, pálido, con las manos juntas.
Tomás Aranda estaba frente a él, con el hombro vendado, el rostro más furioso que dolido.
Y al fondo, Vittorio Rosetti, dueño de media guerra, sonreía como si todo fuera una obra que él ya había visto.
—Llegas tarde otra vez, Natalia —dijo Tomás.
Ella avanzó hasta la mesa.
—Pero llego viva. Eso parece molestarte.
Rosetti habló:
—El niño Moreno debe ser entregado al consejo hasta que se determine su legitimidad.
Mateo se escondió un poco detrás de Natalia.
Ella puso la mano sobre su cabeza sin apartar la mirada.
—Mateo no es un documento.
Tomás sonrió.
—No. Es una llave.
Don Emilio bajó la mirada.
Natalia lo vio.
—Padre.
Él no respondió.
—Mírame.
Don Emilio levantó los ojos.
—Hice lo que pude para salvar la familia.
Natalia puso la carpeta ensangrentada sobre la mesa.
—No. Salvaste la silla donde te sientas.
Abrió la carpeta y lanzó la orden de muerte de Diego al centro.
Luego la cesión del puerto.
Luego la cláusula sobre Mateo.
Luego una grabación que Nicolás activó desde un pequeño dispositivo.
La voz de Tomás llenó la sala:
“Diego murió porque era más valiente que inteligente. Yo di la orden. Pero fue Emilio quien abrió la puerta.”
El consejo quedó en silencio.
Don Emilio cerró los ojos.
Tomás se levantó, furioso.
—Eso está manipulado.
Natalia sacó otra hoja.
—Entonces quizá también está manipulada tu firma.
Rosetti dejó de sonreír apenas.
Nicolás habló:
—Y quizá también están manipuladas las cuentas que muestran pagos Rosetti a hombres Aranda antes del asesinato.
Uno de los jefes mayores tomó los documentos.
Los leyó.
Luego miró a Emilio.
—Vendiste a tu propio nieto.
Emilio respondió con voz rota:
—No es mi nieto. Es hijo de Diego.
Natalia sintió asco.
—Diego era tu hijo.
El viejo no pudo responder.
Tomás sacó una pistola.
Nicolás reaccionó primero, pero Tomás no apuntó a Natalia.
Apuntó a Emilio.
—Si caigo, caes conmigo.
Natalia se movió por instinto.
El disparo sonó.
Emilio cayó de su silla con sangre en el pecho.
La sala explotó.
Tomás tomó a Mateo por el brazo en medio del caos.
Natalia gritó.
Nicolás se lanzó hacia ellos, pero hombres de Rosetti bloquearon el paso.
Tomás arrastró al niño hacia una salida lateral.
Antes de desaparecer, miró a Natalia.
—Ahora sí, novia. Ven a buscar tu familia.
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