PARTE 2
El hombre que entró bajo la lluvia
Nadie tuvo que decir su nombre.
La iglesia lo reconoció antes de respirar.
Matteo De Luca era el jefe de la mafia del puerto.
Un hombre del que se hablaba en voz baja. No por superstición, sino por instinto de supervivencia.
Llevaba un traje negro perfectamente cortado, abrigo oscuro, cabello mojado por la lluvia y una mirada tan tranquila que parecía más peligrosa que cualquier amenaza.
Era guapo de una forma fría.
Elegante.
Poderoso.
Sereno.
Demasiado seguro.
Demasiado atractivo para alguien que todos llamaban monstruo.
Los guardias de Ernesto Valcárcel se movieron, pero ninguno se atrevió a bloquearle el paso.
Matteo caminó por el pasillo central sin prisa.
Cada paso parecía borrar un poco la autoridad de todos los hombres presentes.
Ernesto se puso rígido.
—De Luca —dijo—. Esta boda no es asunto tuyo.
Matteo no se detuvo.
—Cuando una mujer firma su muerte en mi territorio, sí lo es.
Sofía lo miró sin entender.
Nunca lo había visto.
Pero él la miraba como si la hubiera buscado durante años.
Matteo llegó al altar. Miró el contrato matrimonial, lo tomó con dos dedos y leyó la primera página.
Luego la segunda.
Luego la cláusula escondida.
Su expresión no cambió.
Eso fue lo que más asustó a todos.
No parecía sorprendido.
Parecía confirmado.
—Qué documento tan sucio —dijo.
El abogado de la familia, Héctor Prado, dio un paso adelante.
—Ese contrato es legal.
Matteo lo miró.
—La legalidad no lo hace menos miserable.
Héctor tragó saliva.
Renata se levantó.
—No puede interrumpir una ceremonia privada.
Matteo rompió el contrato en dos.
El sonido del papel rasgado fue más fuerte que un disparo.
—Ya lo hice.
Ernesto golpeó el altar con la mano.
—¡Ella me pertenece por acuerdo familiar!
Sofía sintió náuseas.
Matteo giró hacia él.
—Las mujeres no pertenecen por acuerdo familiar. Los caballos, quizá. Y aun así, depende del país.
Algunos invitados bajaron la mirada.
Matteo sacó de su bolsillo una cadena quemada.
Un collar antiguo, ennegrecido por fuego, con una pequeña piedra azul en el centro.
Sofía dejó de respirar.
Había visto ese collar en una fotografía vieja.
Lo llevaba su madre.
Isabel Alcázar.
La mujer que, según Gustavo, había muerto en un accidente de almacén por “imprudente”.
Matteo levantó el collar.
—Tu madre me dio esto antes de morir.
La voz de Sofía salió apenas.
—Mi madre…
—No murió en un accidente.
La iglesia se quedó inmóvil.
Matteo señaló a Gustavo.
—Él la vendió.
Luego miró a Ernesto.
—Y ahora intenta venderte a ti.
Gustavo se levantó de golpe.
—¡Mentira!
Matteo sonrió.
—Siempre empiezan con esa palabra.
Después se quitó el abrigo negro y lo puso sobre los hombros de Sofía. No la tocó de más. Solo cubrió el vestido blanco que parecía una jaula.
—No vine a robar una novia —dijo él, en voz baja.
Sofía lo miró.
—Entonces, ¿a qué vino?
Matteo sostuvo su mirada.
—A devolverte tu nombre.
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