PARTE 7
La mina donde hablaban los muertos
La última pista de Isabel Alcázar estaba en la mina antigua.
No en oficinas.
No en bancos.
No en correos.
En la tierra.
La mina original de la familia Alcázar quedaba a dos horas de la ciudad, al pie de una montaña gris. Estaba cerrada oficialmente desde hacía años, pero los registros encontrados en casa de Gustavo indicaban movimientos recientes.
Sofía fue con Tomás, la fiscal, un equipo forense y Matteo.
—No tiene que venir —le dijo ella a Matteo al bajar del coche.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué viene?
—Porque si alguien intenta matarte en una mina abandonada, prefiero enterarme en persona.
—Eso fue casi amable.
—No exageres.
Entraron con linternas.
El aire era frío y húmedo. Las paredes de roca parecían respirar. En algunos puntos, el suelo aún conservaba marcas de rieles antiguos.
Sofía recordó vagamente a su madre hablándole de esa mina.
“Las montañas guardan secretos, hija. Pero también devuelven ecos.”
En la cámara central encontraron una caja metálica escondida detrás de piedras sueltas.
Dentro había grabaciones, mapas, documentos y una libreta de Isabel.
Sofía abrió la libreta.
La primera frase decía:
“Si encuentran esto, es porque no pudieron quemarlo todo.”
La fiscal empezó a revisar documentos.
—Esto implica a Valcárcel, Gustavo y varios inspectores estatales.
Tomás encontró fotografías.
Trabajadores heridos.
Familias desplazadas.
Zonas protegidas explotadas ilegalmente.
Pagos a funcionarios.
Sofía se llevó una mano al pecho.
—Mi madre no solo quería protegerme.
Matteo tomó uno de los mapas.
Su rostro cambió.
Sofía lo notó.
—¿Qué pasa?
Él no respondió enseguida.
—Aquí aparece mi padre.
—¿Su padre?
—Como protector de rutas.
El silencio se volvió pesado.
Sofía sintió que algo se tensaba entre los dos.
—¿Usted sabía?
Matteo sostuvo su mirada.
—No.
—¿Seguro?
—Si lo hubiera sabido, no habría esperado a que tu boda me obligara a mirar.
La respuesta sonó honesta.
Pero la honestidad no borraba el hecho:
la familia De Luca también estaba en esa historia.
Antes de que Sofía pudiera hablar, se escuchó un ruido en el túnel.
Pasos.
No eran del equipo forense.
Matteo apagó su linterna.
—Al suelo.
Sofía no se movió.
—No soy una niña.
—No. Pero las balas no respetan herencias.
El primer disparo golpeó la pared de roca.
El túnel se llenó de polvo.
Hombres de Valcárcel entraron para recuperar la caja.
La pelea fue caótica.
Linternas cayendo.
Gritos.
Piedra rota.
Sangre en el labio de Matteo.
Tomás arrastrando a la fiscal detrás de una vagoneta oxidada.
Uno de los atacantes intentó quitarle la caja a Sofía.
Ella tomó una barra de hierro del suelo y le golpeó la rodilla.
El hombre cayó.
Sofía, respirando fuerte, dijo:
—No vuelvas a tocar lo que mi madre enterró.
Matteo la vio desde el otro lado del túnel.
Con sangre en la boca, sonrió.
—Definitivamente Alcázar.
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