PARTE 10
Sexta partida: Mauro
Mauro Ortega era un hombre hecho para obedecer.
Durante años obedeció a Mateo.
Luego a Don Esteban.
Luego a Octavio.
Luego al miedo.
Esa noche, por primera vez, parecía cansado de hacerlo.
Valeria puso la carta frente a él.
Diez de espadas.
—Abriste la puerta de la iglesia.
—Sí.
—Borraste cámaras.
—Sí.
—Aceptaste dinero.
—Sí.
—Pero no disparaste.
—No.
—Entonces quién?
Mauro miró su mano enguantada.
—Yo entregué mi arma. Me dijeron que iban a hacer un disparo de advertencia. Que la boda se cancelaría. Que nadie moriría.
Valeria apretó la mandíbula.
—Siempre nadie muere hasta que alguien cae.
Mauro asintió.
—Cuando vi la sangre, intenté correr hacia usted. Don Esteban me bloqueó. Octavio me dijo que si hablaba, matarían a mi hija.
Valeria se quedó inmóvil.
—Tienes una hija?
—Tenía.
El silencio cambió.
—Murió dos años después. Enferma. Yo tenía dinero para pagar el tratamiento, pero Octavio congeló todo porque decía que yo era un riesgo.
Octavio gritó:
—Mentira!
Mauro levantó el arma hacia él.
Valeria habló:
—Baja.
Mauro respiró como un animal herido.
Bajó el arma.
—No busco perdón.
—Bien. No hay.
—Pero puedo decir quién llevaba el guante con costura dorada.
Valeria no se movió.
—Dilo.
Mauro miró hacia el fondo.
No a Don Esteban.
No a Octavio.
No a Inés.
Miró a Mateo.
Mateo frunció el ceño.
—Qué?
Mauro susurró:
—El guante era suyo.
La sala quedó helada.
Mateo retrocedió.
—No.
Valeria lo miró.
Por primera vez en toda la noche, su calma se quebró.
—Explícate.
Mauro tragó saliva.
—No digo que Mateo disparó. Digo que el guante era suyo. Alguien lo llevaba para que, si las cámaras captaban algo, pareciera él.
Mateo se tocó la mano, como si sintiera un fantasma.
—Yo perdí esos guantes la mañana de la boda.
Inés susurró:
—No los perdiste.
Todos la miraron.
Ella levantó lentamente el rostro.
—Yo los robé.
Valeria cerró los ojos.
—Por qué?
Inés lloró.
—Porque papá me lo pidió.
Don Esteban golpeó el bastón contra el suelo.
—Cállate!
Inés gritó:
—No! Ya no!
La voz de su hermana llenó la sala.
—Yo robé los guantes de Mateo. Se los di a papá. Pero después… después vi a alguien más usarlos.
Valeria abrió los ojos.
—Quién?
Inés miró al hombre que había permanecido más callado toda la noche.
Don Esteban.
Su padre.
Él sonrió apenas.
No con miedo.
Con cansancio.
—Al fin.
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