PARTE 2
La boda donde murió la novia
Cinco años antes, Valeria Luna caminó hacia el altar creyendo que el peor miedo de una novia era tropezar con el vestido.
No sabía que su familia había vendido su muerte antes de que sonara la primera nota.
La iglesia estaba llena.
Flores blancas.
Periodistas.
Empresarios.
Socios de su padre.
Amigos de Mateo.
Su hermana Inés llorando en primera fila con un pañuelo bordado.
Mateo la esperaba al final del pasillo.
Cuando la vio, sonrió.
Valeria recordó esa sonrisa durante años.
Al principio para sobrevivir.
Después para odiarla.
El sacerdote empezó a hablar.
Valeria llegó al altar.
Mateo tomó sus manos.
—Estás temblando —susurró él.
—Es el vestido.
—Mientes mal.
Ella casi rio.
Entonces escuchó algo.
Un golpe seco detrás.
Un movimiento en las columnas laterales.
Mauro, el guardaespaldas, no estaba en su puesto.
Valeria giró apenas.
Vio una sombra.
Luego vio a Inés.
Su hermana estaba de pie.
No lloraba.
Miraba hacia la sombra.
Como si esperara.
La bala llegó antes que el grito.
Atravesó el ramo.
Entró bajo la clavícula de Valeria.
El vestido blanco se volvió rojo.
El mundo cayó.
Mateo la sostuvo antes de que golpeara el suelo.
—¡Valeria!
Ella no podía respirar.
Todo era ruido.
Gritos.
Pasos.
Campanas.
Sangre.
Y entonces alguien se inclinó junto a su oído.
Una voz femenina.
Suave.
Cercana.
—Perdóname, hermana… pero una de nosotras tenía que desaparecer.
Valeria quiso mirar.
No pudo.
Vio apenas un reflejo plateado.
El vestido de Inés.
Luego oscuridad.
Cuando despertó, no estaba en un hospital.
Estaba en la parte trasera de una ambulancia sin logotipo.
Un hombre le presionaba la herida.
—Si gritas, mueres más rápido —dijo.
Valeria no gritó.
No podía.
El hombre era Adrián Soler, el mejor amigo de Mateo.
Tenía sangre en las manos y miedo en los ojos.
—Te sacaron del hospital antes de registrarte —dijo—. Ya firmaron tu muerte.
Valeria apenas pudo hablar.
—Mateo…
Adrián apretó la mandíbula.
—Mateo cree que estás en cirugía.
—Dile…
—No puedo. Si vuelvo ahora, te terminan.
Ella perdió el conocimiento otra vez.
Despertó dos días después en una clínica clandestina.
Adrián estaba allí.
También una médica anciana llamada Nora.
La bala había pasado cerca del pulmón. Sobrevivió por poco.
—¿Quién me disparó? —preguntó Valeria.
Adrián no respondió.
Le entregó una bolsa transparente.
Dentro estaba la bala.
—No fue un disparo cualquiera —dijo—. Esta bala pertenece al arma de seguridad de la familia Luna.
Valeria sintió frío.
Su propia familia.
Luego Adrián añadió:
—Y esa noche, después de que te sacaron, tu padre firmó la transferencia de tus acciones.
La herida dejó de doler por un segundo.
Porque la traición dolía más.
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