LA NOVIA VENDIDA AL JEFE DE LA MAFIA Su familia la entregó como pago de una deuda… pero ella no era tan débil como ellos creían – PARTE 2

PART 2

La llave que todos querían

Dante no llevó a Ariana a su mansión.

Eso habría sido lo lógico. También lo más peligroso.

La llevó a un hotel cerrado en el centro antiguo de la ciudad, un edificio de fachada elegante y ventanas oscuras que, según dijo, pertenecía a alguien que le debía demasiados favores.

Ariana no preguntó más.

Tenía las manos frías, el vestido manchado de lluvia y la imagen de su padre huyendo grabada en la mente.

Dante caminaba delante de ella, con el teléfono en la mano, dando órdenes sin levantar la voz.

—Cierren las salidas. Quiero nombres, matrículas, cámaras de la mansión Vega y todos los movimientos de Esteban y Rafael en las últimas doce horas.

Hablaba como un hombre acostumbrado a que el mundo se moviera cuando él lo ordenaba.

Ariana lo odiaba un poco por eso.

Lo necesitaba un poco por eso.

Y odiaba necesitarlo.

Cuando entraron en una suite del último piso, Dante cerró la puerta y dejó el arma sobre la mesa.

—Siéntate.

Ariana cruzó los brazos.

—No recibo órdenes tuyas.

—Hace veinte minutos lanzaste una piedra a un hombre armado. No voy a fingir que obedeces bien.

—Entonces no me hables como si fuera una carga.

Dante la miró.

Una sombra de algo parecido a una sonrisa apareció en su rostro.

—Bien. Empecemos de nuevo. Siéntate antes de caerte.

Ariana quiso responder, pero sus piernas eligieron por ella. Se sentó.

La adrenalina se estaba yendo.

Y con ella llegaba la realidad.

Su familia la había vendido.
Después la había abandonado.
Alguien la quería viva.
O muerta.
O algo peor.

Dante tomó la fotografía de su madre.

—¿Quién era ella?

Ariana tragó saliva.

—Mi madre. Elisa Vega.

Dante frunció el ceño.

—Su apellido de soltera.

—Serrano.

Dante se quedó quieto.

—¿Elisa Serrano?

—Sí. ¿La conocías?

Dante no respondió al instante.

Eso fue respuesta suficiente.

—Dime.

Él dejó la fotografía sobre la mesa.

—Mi padre trabajó con los Serrano antes de morir.

Ariana se tensó.

—Mi madre nunca hablaba de su familia.

—Tenía razones.

—¿Qué razones?

Dante la miró.

—Los Serrano guardaban algo que varias familias criminales y empresariales llevan años buscando. Un registro. Cuentas, nombres, pactos, traiciones. Una lista capaz de destruir imperios.

Ariana sintió que el aire volvía a faltarle.

—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?

—Tu madre era la última persona que sabía cómo abrirlo.

Ariana se levantó.

—Mi madre murió en un accidente.

Dante sostuvo su mirada.

—¿Eso te dijeron?

La pregunta fue un golpe.

—No.

—Ariana…

—No uses ese tono. No digas mi nombre como si ya supieras más de mi vida que yo.

Dante se acercó a una distancia prudente.

—Esa nota dice que tu madre murió por esconder la llave. Y que tú eres la llave.

—Yo no sé nada.

—Quizá no conscientemente.

—¿Qué significa eso?

Dante señaló el collar que Ariana llevaba. Una cadena fina con un medallón ovalado.

Ella lo tocó por reflejo.

—Era de mi madre.

—Ábrelo.

—No.

—Ariana.

—Dije que no.

Dante no insistió.

Eso la sorprendió.

—Bien —dijo él—. Cuando estés lista.

Ariana rio sin humor.

—Qué considerado para un mafioso.

—No todos los monstruos tienen malos modales.

—¿Eso debería tranquilizarme?

—No.

El teléfono de Dante vibró.

Contestó y escuchó en silencio. Su rostro se cerró.

—Entiendo.

Colgó.

—Tu padre salió de la ciudad.

Ariana sintió un vacío.

—¿Y Rafael?

—Desapareció también.

—Claro.

—Pero antes de irse, retiraron dinero de tres cuentas y enviaron un mensaje a alguien llamado Massimo.

Dante se quedó mirando la pantalla.

Ariana notó el cambio.

—¿Quién es Massimo?

Dante tardó en responder.

—Mi tío.

El silencio se volvió peligroso.

—¿Tu tío estaba hablando con mi padre?

—Eso parece.

Ariana se acercó.

—¿Y eso es malo?

Dante la miró.

—Mi tío lleva años esperando que yo cometa un error para quitarme el control de la familia.

—Y yo soy el error.

—No.

—¿Entonces qué soy?

Dante tomó el sobre con su nombre.

—La razón por la que todos dejaron de esconderse.

Esa noche, Ariana no durmió.

Dante dejó una habitación para ella, pero se quedó en la sala, hablando por teléfono, revisando cámaras, moviendo piezas en una guerra que Ariana no entendía.

A las cuatro de la mañana, ella abrió el medallón.

Dentro no había una foto.

Había una lámina pequeña, casi invisible, con números grabados.

Dante estaba despierto.

—Lo abriste.

Ariana sostuvo el medallón.

—No significa que confíe en ti.

—No te pedí confianza.

—Me estás protegiendo.

—Eso no requiere que me quieras.

—No te quiero.

—Lo sé.

—Y no voy a pertenecerte.

Dante la miró con una seriedad que la desarmó.

—Nadie que tenga que ser comprado pertenece de verdad.

Ariana bajó la mirada.

La frase le dolió porque venía del hombre que supuestamente debía comprarla, no de su propia familia.

Dante tomó la lámina y la examinó.

—Es una clave.

—¿Para la lista?

—Probablemente.

—Entonces destrúyela.

—Si la destruyo, quienes la quieren seguirán creyendo que la tienes. Te matarán igual.

Ariana cerró los ojos.

—Qué reconfortante.

De pronto, el teléfono de la suite sonó.

Nadie debía tener ese número.

Dante contestó.

Una voz masculina habló lo bastante alto para que Ariana escuchara.

—Entrégame a la chica y te dejaré vivir, sobrino.

Dante no cambió de expresión.

—Massimo.

Ariana sintió frío.

—El problema no es la chica —continuó Massimo—. El problema es que tu padre murió por proteger lo mismo que ella lleva al cuello.

Dante se quedó inmóvil.

—¿Qué dijiste?

Massimo rió.

—Pregúntale a la hija de Elisa Serrano por qué su madre tenía sangre Moretti en las manos.

La llamada se cortó.

Ariana retrocedió.

Dante la miró lentamente.

—¿Qué significa eso?

Ella negó con la cabeza.

—No lo sé.

Pero por primera vez, Dante la miraba no solo como una mujer que debía proteger.

Sino como alguien que podía estar conectada con la muerte de su padre.

Y Ariana entendió que la protección de Dante podía convertirse en amenaza en cuanto la verdad cambiara de forma.

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