PARTE 4
El fiscal que llegó tarde
Después de mostrar el video en la iglesia, Camila no dejó que nadie saliera.
Los hombres de Simón bloquearon las puertas laterales. Periodistas transmitían en directo. Los teléfonos grababan. El alcalde Medina miraba alrededor buscando una salida que ya no existía.
Diego se acercó a Camila.
—Necesitamos hablar.
Ella soltó una risa baja.
—Me encanta cómo los culpables siempre descubren el diálogo cuando las cámaras están encendidas.
—No soy tu enemigo.
—Entonces qué eres?
Él no respondió rápido.
Error.
Camila lo miró con más dureza.
—En la mina me pediste la cámara.
—Porque sabía que si salías con ella, te matarían antes de llegar a la carretera.
—¿Y tu plan era qué? ¿Quitármela con ternura?
Diego cerró los ojos.
—Mi padre está implicado.
Camila se quedó quieta.
—Tu padre murió.
—Eso crees.
La iglesia volvió a murmurar.
Diego habló más bajo:
—Mi padre no murió. Cambió de nombre. Lleva años moviendo dinero para Víctor Aranda y Medina. Yo lo descubrí tarde.
—Todo el mundo descubre tarde cuando yo estoy sangrando.
Él aceptó el golpe.
—Sí.
Camila sostuvo su mirada.
—¿Cerraste mi caso para protegerlo?
—Cerré tu caso para que no encontraran a Simón.
Eso sí la descolocó.
—¿Qué?
—Sabía que alguien te sacó del río. Si mantenía el caso abierto oficialmente, Medina iba a revisar cada casa, cada cabaña, cada pescador. Lo cerré para comprar tiempo.
—¿Y no podías decírselo a mi madre?
—La estaban vigilando.
Camila quería no creerle.
Pero algo en su rostro no sonaba a excusa completa.
Sonaba a culpa.
Eso era peor.
El alcalde gritó desde el banco:
—Fiscal Salazar, controle esta locura!
Diego giró hacia él.
—No soy su fiscal esta noche.
Medina palideció.
Camila levantó la cámara.
—Si tienes otra verdad, habla ahora.
Diego sacó un sobre de su chaqueta.
—Tengo registros de pago. Víctor financió campañas del alcalde. Medina permitió enterrar residuos tóxicos bajo Santa Aurora. Mi padre movió el dinero. Y cuando los obreros descubrieron los barriles, decidieron sellar el túnel.
Camila tomó el sobre.
—¿Por qué no lo entregaste?
Diego miró a Víctor Aranda.
—Porque faltaba el video de la mina.
La pantalla parpadeó.
De pronto, la transmisión se cortó.
Las luces de la iglesia se apagaron.
Un grito.
Un golpe.
Cuando la luz de emergencia se encendió, la bolsa con las cintas había desaparecido.
Y Víctor Aranda ya no estaba en su banco.
Camila apretó la mandíbula.
—Claro.
Miró a Diego.
—Ahora sí vas a llegar a tiempo.
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