PARTE 5
La persecución bajo la lluvia
Víctor Aranda salió por la cripta trasera de la iglesia.
No corrió como un hombre culpable.
Corrió como un hombre acostumbrado a que otros se quedaran atrás por él.
Camila fue tras él.
Diego también.
La lluvia caía con fuerza sobre el cementerio. Las luces de las cámaras desde la iglesia se mezclaban con relámpagos y sirenas lejanas.
Víctor llevaba la bolsa de cintas.
Camila lo vio cruzar entre lápidas.
—¡Víctor!
Él giró y disparó.
La bala golpeó una lápida cerca de ella.
Diego la empujó al suelo.
—Estás loca?
Camila se levantó con barro en la cara.
—Estoy viva. Hay diferencia.
Siguieron corriendo.
Víctor llegó a un coche negro, pero Simón apareció desde el otro lado y le cerró el paso con una camioneta vieja.
—Devuelve lo que no es tuyo —gruñó el pescador.
Víctor lo golpeó con la bolsa y trató de escapar hacia la avenida.
Camila lo alcanzó junto a una construcción abandonada.
Él la empujó contra una pared.
La herida de la frente se abrió de nuevo.
Sangre en los ojos.
Víctor intentó golpearla otra vez, pero Camila le dio un rodillazo y lo hizo retroceder. La bolsa cayó al suelo. Una cinta rodó hacia una alcantarilla.
Diego llegó y se enfrentó a Víctor.
—Se acabó.
Víctor se rio.
—Tú no tienes estómago para terminar nada, muchacho. Igual que tu padre.
La frase hirió.
Diego dudó.
Víctor aprovechó y lo golpeó en la mandíbula.
Camila tomó una piedra del suelo y se la estrelló a Víctor en la mano. Él gritó, soltando una memoria USB.
Camila la tomó.
—Qué es esto?
Víctor, sangrando, sonrió.
—El seguro.
Entonces varios hombres aparecieron bajo la lluvia.
No eran de Víctor.
Eran del padre de Diego.
Camila entendió por la cara de Diego.
—Está aquí.
Una voz habló desde las sombras:
—Siempre fuiste demasiado insistente, Camila.
Un hombre mayor salió bajo un paraguas negro.
Rafael Salazar.
El padre supuestamente muerto de Diego.
Elegante.
Calmo.
Vivo.
Diego se quedó paralizado.
—Papá…
Rafael miró a su hijo.
—Te dije que ella iba a arruinarlo todo.
Camila sostuvo la USB con fuerza.
—Entonces supongo que esto es importante.
Rafael sonrió.
—Más de lo que imaginas.
Detrás de ellos, la iglesia seguía transmitiendo.
Una cámara de un periodista había seguido la persecución desde lejos.
Rafael no lo sabía.
Todavía.
Camila sonrió.
Por primera vez esa noche, no era ella quien llegaba tarde.
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