PARTE 2
La primera capa
Valeria trabajó tres días sin encontrar nada.
O eso fingió.
En realidad, desde la primera tarde supo que el retrato escondía otra imagen.
Las grietas no seguían el movimiento natural de la pintura original. Había zonas de repinte cerca del cuello, sobre el fondo oscuro y, sobre todo, en la mano de Alessia.
La mano no había sido pintada una vez.
Había sido corregida.
Alessia no sostenía el pecho.
Estaba señalando algo.
El cuarto día, Valeria pidió luz ultravioleta.
Cristian apareció en persona.
—¿Por qué?
—Porque el cuadro está mintiendo.
—Los cuadros no mienten.
—Los pintores sí.
Él se acercó al caballete.
—¿Qué encontraste?
—Todavía no sé si quiere saberlo.
Cristian la miró.
—Siempre quiero saber.
—No. Usted quiere confirmar lo que ya odia.
Aquella frase fue un golpe.
Uno de los guardias dio un paso.
Cristian levantó una mano.
—Fuera.
Los guardias salieron.
Valeria no esperaba quedarse sola con él.
El silencio tuvo otro peso.
—Habla —dijo Cristian.
Valeria encendió la luz ultravioleta.
La pintura reveló una segunda forma bajo el fondo oscuro.
No era mucho.
Una línea.
Un símbolo.
Una pequeña puerta pintada detrás del hombro de Alessia.
Cristian se quedó inmóvil.
—¿Qué es eso?
—Una capa oculta. Alguien pintó encima después de la muerte de su madre.
—¿Quién?
—Eso todavía no puedo saberlo.
Cristian tocó el marco.
No el rostro.
El marco.
Como si incluso mirar demasiado a Alessia le costara.
—Mi madre vendió a mi padre.
Valeria bajó la luz.
—¿La vio hacerlo?
—No.
—¿La escuchó confesar?
—No.
—Entonces alguien se lo contó.
Él la miró con dureza.
—Mi tío Marcelo.
—Conveniente.
La temperatura cayó.
—Cuidado —dijo Cristian.
Valeria se arrepintió tarde.
Pero no retrocedió.
—Soy restauradora. Mi trabajo consiste en desconfiar de las superficies.
Cristian se acercó tanto que ella sintió su perfume: madera oscura, tabaco limpio, algo frío.
—Y mi trabajo consiste en desconfiar de las personas.
—Entonces ambos estamos trabajando.
La puerta se abrió sin permiso.
Entró Serena Alvarado.
Alta, rubia, perfecta, vestida de blanco como si la mansión fuera escenario suyo.
—Cristian, cariño, tu tío te busca.
La palabra “cariño” no sonó natural.
Sonó como territorio marcado.
Serena miró a Valeria.
—¿Interrumpo?
Valeria respondió:
—Sí.
Cristian la miró de lado.
Serena sonrió con veneno.
—Qué directa la empleada.
—Restauradora —corrigió Valeria.
—Claro. Restauradora.
Serena se acercó al cuadro.
—Qué triste que sigas obsesionado con ella, Cristian. Alessia no merece tanta atención.
Cristian no respondió.
Valeria sí.
—Los muertos no pueden defenderse. Quizá por eso algunos hablan tan cómodos de ellos.
Serena perdió color un segundo.
Después sonrió.
—Ten cuidado. En esta casa, defender al fantasma equivocado puede convertirte en uno.
Cuando Serena salió, Cristian se quedó mirando la puerta.
—No vuelvas a hablarle así.
Valeria apretó los labios.
—¿Porque es su prometida?
Cristian giró hacia ella.
—Porque no sabes dónde estás parada.
—En una sala donde todos parecen tenerle más miedo a una mujer muerta que a usted.
Cristian no contestó.
Pero esa noche, cuando Valeria volvió a su taller, encontró otra nota.
No limpies la mano del retrato. O Leo pierde la suya.
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