PARTE 7
La voz de Alessia
La cinta estaba dañada.
Pero Rafa conocía a alguien que podía restaurarla.
—Tomará horas —dijo.
Cristian respondió:
—Tiene treinta minutos.
Valeria lo miró.
—El audio no obedece amenazas.
—Todo obedece con suficiente presión.
—Por eso nadie le dice la verdad hasta que es tarde.
Él se quedó callado.
La cinta tardó tres horas.
Durante ese tiempo, Cristian no habló.
Se quedó sentado frente a la mesa, la carta de Alessia en la mano, como si sus once años hubieran vuelto a alcanzarlo.
Valeria se sentó a su lado.
—Puede odiarla y escucharla a la vez.
Él cerró los ojos.
—Pasé veinte años creyendo que mi madre eligió salvarse.
—Quizá eligió salvarlo a usted.
—Eso sería peor.
Valeria lo miró.
—¿Por qué?
—Porque la odié por vivir cuando quizá murió por mí.
No había respuesta fácil.
Así que Valeria no dio ninguna.
Solo apoyó la mano sobre la mesa, cerca de la suya.
Cristian la miró.
No la tocó.
Pero tampoco se apartó.
Cuando la cinta finalmente sonó, la voz de Alessia llenó la habitación.
Rota. Baja. Urgente.
“Cristian, mi niño… si escuchas esto, perdóname por dejarte odiarme. Marcelo abrió la puerta a los Orsini. Tu padre lo descubrió. Yo intenté sacarte antes de que quemaran la casa. Si me quedo, morirás conmigo. Si huyo, te usarán. Así que dejaré que crean que fui yo.”
Una respiración temblorosa.
“Marcelo quiere el puerto. Serena Alvarado es hija de la mujer que lo ayudó. No confíes en alianzas que vengan vestidas de blanco. No odies tu sangre, hijo. Pero aprende a mirar quién la usa como máscara.”
La cinta se cortó.
Cristian no se movió.
Rafa bajó la mirada.
Valeria sintió que el corazón le dolía por un hombre al que todavía no sabía si podía perdonar.
Cristian se levantó.
—Traigan a Marcelo.
—No está en la mansión —dijo Rafa—. Salió hace una hora.
Valeria entendió primero.
—Leo.
Cristian giró hacia ella.
La llamada entró en ese momento.
Número desconocido.
Valeria contestó.
La voz de Marcelo sonó suave:
—Tu hermano está vivo. Por ahora. Trae la carta y la cinta a la subasta final. Sin Cristian. O lo entierro junto al retrato de su madre.
Cristian escuchó.
Su rostro se volvió hielo.
Valeria apretó el teléfono.
—Voy.
Cristian negó.
—No vas sola.
—Dijo sin usted.
—Y yo digo que no dejaré que te usen.
Valeria lo miró con lágrimas contenidas.
—No estoy pidiendo permiso.
Cristian dio un paso hacia ella.
—Valeria.
—Es mi hermano.
Él sostuvo su mirada.
Luego hizo algo que ella no esperaba.
No ordenó.
No gritó.
No prohibió.
Solo dijo:
—Entonces iremos a tu manera.
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