PART 4
La mujer que sobrevivió al vuelo 713
Clara no quería buscar a su madre.
Eso fue lo primero que Alejandro entendió.
La mujer que se enfrentaba a hombres armados sin temblar se quedó pálida al leer el nombre Lucía Armenta.
—Clara.
—No.
—Necesitamos hablar con ella.
—No sabes lo que estás pidiendo.
—Mi padre escribió su nombre antes de morir.
Clara apretó la carta.
—Mi madre desapareció cuando yo tenía dieciséis años.
Alejandro se quedó callado.
—Me dijo que saldría a comprar medicina para Mateo. Nunca volvió. Dos semanas después recibimos una llamada: “Dejen de preguntar si quieren seguir vivos.” Mi hermano no dejó de preguntar. Y ya sabes cómo terminó.
Alejandro sintió que la rabia se mezclaba con culpa.
—Lo siento.
—No lo sientas. Usa esa rabia para correr cuando nos encuentren.
Rastrear a Lucía Armenta les tomó doce horas.
Vivía bajo otro nombre en un pueblo costero, trabajando en una librería pequeña cerca del mar. Clara la vio por la ventana antes de entrar.
Su madre estaba más vieja.
Más delgada.
Pero viva.
Clara no se movió.
Alejandro esperó.
—Puedo entrar yo.
—No.
Clara respiró hondo y abrió la puerta.
La campanilla sonó.
Lucía levantó la vista desde el mostrador.
El libro que sostenía cayó al suelo.
—Clara…
Clara no lloró.
No al principio.
—Diez años —dijo—. Diez años y estabas vendiendo libros.
Lucía se cubrió la boca.
—Mi niña.
—No me llames así.
Alejandro cerró la puerta detrás de ellos.
Lucía lo miró.
—Tú eres el hijo de Julián Ferrer.
—Necesitamos saber qué pasó en el vuelo 713.
Lucía tembló.
—Entonces Darío ya empezó a matar otra vez.
Clara sintió que la respuesta le partía algo.
—¿Por qué no volviste?
Lucía bajó la mirada.
—Porque Darío me encontró antes de que pudiera declarar. Me ofreció dos opciones: desaparecer o ver morir a mis hijos.
Clara rio sin humor.
—Mateo murió igual.
Lucía cerró los ojos, destruida.
—Lo sé.
El silencio fue cruel.
Alejandro habló:
—¿Quién puso la bomba?
Lucía caminó hasta una estantería y sacó un libro hueco. Dentro había una memoria antigua y una fotografía.
—Darío no trabajaba solo.
La fotografía mostraba a Darío Ferrer con otro hombre.
Alejandro lo reconoció.
—El ministro Salvatierra.
Lucía asintió.
—Y una mujer.
Clara tomó la foto.
Se quedó helada.
—Elena Márquez.
La jefa de la unidad financiera que Clara había contactado para publicar las pruebas.
La supuesta aliada.
Alejandro maldijo.
—La transmisión.
Clara sacó el teléfono.
Demasiado tarde.
Mensaje de Elena:
“Gracias por reunir las pruebas. Ahora entrégame a Alejandro o tu madre muere esta vez.”
La librería se quedó en silencio.
Luego un cristal se rompió.
Hombres entraron por la puerta trasera.
Alejandro tiró a Lucía al suelo. Clara empujó una estantería contra el primer atacante. Libros cayeron por todas partes. La pelea en la librería fue rápida y sucia: golpes contra madera, páginas volando, pasos sobre cristales.
Lucía no se quedó quieta.
Tomó un extintor y roció a uno de los hombres en la cara. Clara la miró, sorprendida.
—¿Dónde aprendiste eso?
—Diez años huyendo enseñan.
Salieron por la puerta lateral hacia el callejón.
Un auto los esperaba.
No era suyo.
Dentro estaba Elena Márquez, sonriendo.
—Suban si quieren vivir.
Clara levantó el arma.
—Tú nos vendiste.
Elena sonrió.
—Los vendí a medias. Si quisiera matarlos, ya estarían muertos.
Alejandro apuntó también.
—Habla rápido.
—Darío viene con veinte hombres. Yo tengo una ruta de salida y una razón para odiarlo más que ustedes.
Clara no bajó el arma.
—¿Cuál?
Elena miró a Lucía.
—Porque él también mató a mi hijo.
Lucía palideció.
—No sabía…
—Nadie sabía —dijo Elena—. Ese es el talento de Darío.
No había tiempo para confiar.
Subieron.
Elena condujo hacia los muelles, donde tenía un escondite con equipo de transmisión. Allí, Alejandro revisó la memoria de Lucía.
El video mostraba a Darío, Salvatierra y otros socios hablando de eliminar a Julián Ferrer antes de que declarara.
Y al final, una frase de Darío:
“Si mi sobrino se interpone algún día, también caerá.”
Alejandro miró la pantalla.
Ya no quedaba duda.
Clara se acercó.
—Tenemos suficiente para destruirlo.
Elena negó.
—No. Tienen suficiente para hacerlo huir. Para destruirlo, necesitan que confiese.
Alejandro la miró.
—¿Y cómo conseguimos eso?
Elena sonrió.
—Le damos lo único que todavía quiere.
Clara entendió.
—A mí.
Alejandro se giró.
—No.
Clara sostuvo su mirada.
—Darío cree que tengo la memoria original. Si me entrego, hablará.
—No voy a entregarte.
—No te estoy pidiendo permiso.
—Clara.
Ella se acercó.
—Me acusaste de traición. Esta vez voy a traicionarte de verdad: voy a hacer lo necesario aunque me odies.
Alejandro la miró.
—Te sigo odiando muy mal.
—Eso suena a progreso.
Antes de que pudieran seguir, las luces del muelle se apagaron.
Darío había llegado.