PART 2
El vestido de novia estaba dentro de una caja enorme, cubierta por papel blanco y cintas plateadas.
Sofía lo vio antes de que Lucian dijera una palabra.
Era hermoso.
Demasiado hermoso.
Encaje fino.
Tela suave.
Perlas pequeñas cosidas a mano.
Un vestido de princesa.
Un vestido de promesa.
Un vestido que alguna vez ella habría imaginado para sí misma, cuando tenía dieciocho años y Lucian todavía era un chico sin dinero que le juraba:
— Cuando sea rico, te compraré el vestido más bonito del mundo. Quiero que seas la novia más feliz.
Sofía tragó saliva.
No debía recordar.
Recordar aceleraba su pulso.
Acelerar su pulso dolía.
Lucian señaló la caja.
— Pruébatelo.
Ella levantó la mirada.
— ¿Qué?
— Clara está descansando. Tú tienes una talla parecida. Pruébatelo para ajustar medidas.
Sofía sintió frío.
— No soy modelo.
— Eres mi asistente.
— Hay límites.
Lucian se acercó.
— ¿Tienes dignidad ahora? Qué curioso. No la tuviste cuando viniste a pedirme quinientos mil.
La frase le dolió más de lo que quiso admitir.
Pero Sofía no tenía energía para pelear.
Se llevó el vestido al probador.
Cuando salió, el salón entero pareció quedar en silencio.
El vestido le quedaba perfecto.
No como si fuera prestado.
Como si hubiera estado esperándola.
Lucian la miró.
Por un segundo, el odio desapareció de sus ojos.
Sofía vio al chico de antes.
Al que le compraba té dulce cuando ella tenía dolor.
Al que soñaba con un futuro imposible.
Pero el momento murió rápido.
— Quítatelo —dijo Lucian.
Ella parpadeó.
— ¿Qué?
— Dije que te lo quites.
— Déjame cambiarme.
— Aquí.
Sofía retrocedió.
— Lucian, basta.
Él avanzó con una furia extraña.
— ¿No querías dinero? Te doy un millón. Quédate conmigo esta noche.
La humillación le subió a la garganta.
— Eres un hombre comprometido.
— Tú no tienes derecho a hablar de compromiso.
— Nadie me ha tocado jamás.
Lucian soltó una risa cruel.
— Entonces ¿por qué te fuiste hace siete años? ¿No fue para venderte a mejor precio?
Sofía apretó los labios.
El dolor en el pecho empezó como una aguja.
Luego como fuego.
— Yo no vendí nada.
— Mentira.
La puerta sonó.
Clara llamó desde afuera:
— Lucian, ¿estás ahí? Creí escuchar una voz de mujer.
Lucian soltó a Sofía.
Su rostro volvió a ser hielo.
— Te equivocaste.
Sofía se escondió detrás de la cortina, temblando.
Escuchó a Clara pedir el vestido.
Lucian respondió:
— Ese vestido ya no sirve. Te compraré uno más caro.
Sofía cerró los ojos.
No lloró.
Porque no podía permitirse llorar.
Horas después, una asistente llegó con un mensaje:
— El señor Vance quiere que asista a su boda esta noche.
Sofía negó.
— Tengo que ir al hospital.
— También tiene su colgante de jade.
Sofía se quedó helada.
El colgante.
El único objeto que tenía de su madre.
La única pista para encontrar a la familia que perdió cuando era niña.
— Si no va —dijo la asistente—, el señor Vance lo romperá.
Sofía fue.
La boda de Lucian y Clara se celebraba en un salón junto al mar.
Luces azules.
Flores blancas.
Cristales brillando como estrellas.
Un escenario diseñado para parecer un sueño.
Sofía llegó pálida, con el pecho ardiendo y la medicina aún sin comprar.
Lucian estaba en el altar.
Guapísimo.
Frío.
Con traje blanco.
El príncipe que una vez ella imaginó.
Solo que la novia no era ella.
Clara sonrió al verla.
— ¿Buscas esto?
Sacó el colgante de jade.
Sofía dio un paso.
— Devuélvemelo.
Clara jugó con la cadena.
— Lucian dijo que era un recuerdo de amor entre ustedes. Pero ahora me lo dio a mí.
Sofía miró a Lucian.
— ¿Le diste mi colgante?
Él respondió con indiferencia:
— Pensé que era basura sin valor.
La frase la atravesó.
— Es lo único que tengo de mi madre.
Clara rió.
— Entonces tu madre también debía coleccionar basura.
La mano de Sofía se movió antes de pensar.
La bofetada sonó en el salón.
Clara gritó.
Lucian la agarró del brazo.
— Discúlpate.
— No.
— Si quieres el colgante, discúlpate.
Sofía tembló.
Su corazón artificial comenzó a golpear mal.
Tic.
Tic.
Tic.
Dolor.
Aire corto.
— Me disculpo —susurró.
Clara sonrió.
— Muy poco.
Lucian puso una copa frente a Sofía.
— Bebe.
— No puedo.
— Bebe.
— Si bebo más, puedo morir.
— Entonces deja de actuar.
Sofía tomó la copa.
Una.
Dos.
Tres.
El mundo empezó a girar.
Clara levantó el colgante.
— Ya que trabajaste tan duro, te lo devuelvo.
Lo soltó.
Sofía intentó atraparlo.
No pudo.
El jade cayó al suelo y se quebró.
El sonido fue pequeño.
Pero para Sofía fue el final de algo sagrado.
— Mamá… —susurró.
Se arrodilló, recogiendo fragmentos con manos temblorosas.
— Ya no voy a encontrarte.
Lucian la miró con molestia.
— Es solo un colgante.
Sofía levantó la vista.
Por primera vez, sus ojos no mostraban tristeza.
Mostraban algo roto más allá de la tristeza.
— Te dije que me estoy muriendo, Lucian. Y aun así me hiciste esto.
Él endureció el rostro.
— Si mueres, ¿debo sentir pena?
— No.
Sofía sonrió con labios blancos.
— Como quieras.
Luego cayó.
Al principio Lucian no se movió.
Pensó que era otra actuación.
Pero entonces vio la sangre.
Sangre en sus labios.
Sangre en el vestido.
Sangre sobre el suelo blanco de su boda.
— Sofía.
No respondió.
— Sofía, levántate.
Nada.
El pánico le arrancó la máscara.
— ¡Llamen una ambulancia!
Clara intentó sujetarlo.
— Lucian, es nuestra boda.
Él la empujó sin mirarla.
— Suéltame.
Tomó a Sofía en brazos.
Por primera vez en siete años, Lucian Vance sintió miedo de verdad.
No miedo a perder poder.
No miedo a ser abandonado.
Miedo a que la mujer que había odiado muriera en sus brazos antes de que él entendiera por qué.
Lucian obligó a Sofía a probarse el vestido de novia de Clara y luego la llevó a su boda usando el colgante de jade de su madre como amenaza. Clara rompió el colgante frente a todos y Sofía, enferma y humillada, colapsó escupiendo sangre. Al principio Lucian creyó que fingía, pero cuando la vio inconsciente en sus brazos, por primera vez tuvo miedo de perder a la mujer que decía odiar.
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