PARTE 7
La madre de Adrián
La madre de Adrián Valenti estaba viva.
Su nombre era Helena Valenti.
Durante años, la familia dijo que murió de una enfermedad degenerativa y que sus últimos días fueron lejos de la ciudad. Adrián tenía diecinueve años cuando la enterraron en una ceremonia cerrada.
Ahora sabía que el ataúd probablemente estaba vacío.
Helena no murió.
Se convirtió en la sombra detrás del Consejo Valenti.
La mujer que decidió que Clara era una amenaza.
La mujer que permitió que Luna creciera sin madre.
La mujer que ahora pedía a la niña como si fuera una propiedad familiar.
—Por qué querría a Luna? —preguntó Isabella.
Valeria, ya bajo custodia, respondió:
—Porque Luna heredó el voto de sangre de tu padre.
Isabella sintió frío.
Su padre, Ernesto Cruz, había sido contador del imperio Valenti antes de morir. Pero no era solo contador. Guardaba las claves financieras de tres rutas legales que la familia usaba para lavar dinero.
Luna, como nieta directa, podía reclamar esos derechos si Clara seguía viva.
Por eso Clara debía morir.
Por eso Luna debía ser controlada.
Adrián reunió a sus hombres en el sótano blindado.
—Helena se esconde en el Palacio del Lago —dijo.
Isabella conocía el lugar. Una villa antigua donde la familia Valenti cerraba pactos antes de que Adrián tomara el mando.
—Vamos —dijo ella.
Adrián la miró.
—No tienes que hacerlo.
Isabella soltó una risa fría.
—Mi hija está en esta guerra porque tu familia decidió que mi útero era una amenaza financiera. No vuelvas a decirme qué tengo que hacer.
Él aceptó el golpe en silencio.
Luna quedó en una casa segura con dos mujeres leales a Isabella, no a Adrián. Esa fue su condición.
—No confías en mí —dijo él.
—No.
—Bien.
Ella lo miró, sorprendida.
Adrián continuó:
—Después de lo que firmé, sería insultante que lo hicieras rápido.
No supo qué responder.
El Palacio del Lago estaba oscuro cuando llegaron.
Demasiado oscuro.
Adrián entró con seis hombres. Isabella iba a su lado, armada. No detrás.
El recibidor estaba vacío. En el centro había una mesa con fotografías.
Una de Clara embarazada.
Una de Luna recién nacida.
Una de Adrián firmando el protocolo.
Isabella sintió náuseas.
Helena los había vigilado siempre.
Desde las sombras apareció una mujer de cabello plateado, elegante, delgada, con un bastón negro.
Helena Valenti.
Adrián se quedó inmóvil.
—Madre.
Ella sonrió.
—Hijo.
Isabella levantó el arma.
Helena ni la miró.
—Clara. Qué decepción. Sobreviviste con menos recursos de los que calculé.
—Y usted murió peor de lo que fingió.
La sonrisa de Helena se endureció.
Adrián dio un paso.
—Por qué?
Helena lo miró con falsa ternura.
—Porque amabas demasiado a una mujer que podía quitarte el imperio.
—Era mi esposa.
—Era una puerta abierta a otras familias.
Isabella respondió:
—Era una persona.
Helena rio suavemente.
—Qué palabra tan inútil en una mesa de poder.
Entonces los hombres de Helena salieron desde los pasillos.
El primer disparo rompió el espejo detrás de Adrián.
La guerra en el Palacio del Lago acababa de empezar.
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