PARTE 2
La salida bloqueada
Emiliano odiaba las galas.
No por la música.
Ni por los discursos.
Ni siquiera por los periodistas que preguntaban con sonrisas de plástico.
Las odiaba porque eran el hábitat natural de la mentira elegante.
En una gala, todos hablaban de confianza mientras escondían cláusulas.
Hablaban de familia mientras calculaban herencias.
Hablaban de amor mientras negociaban matrimonios.
Bianca estaba a su lado, perfecta como siempre.
Damián reía con socios extranjeros.
Su madre enviaba mensajes desde una mesa privada.
Y Emiliano solo pensaba en la conductora.
No por su belleza, aunque era imposible no verla.
Sofía Navarro tenía una presencia extraña.
No de modelo.
No de invitada.
De alguien que observaba antes de respirar.
Una mujer joven, hermosa, con ojos que no pedían permiso.
—Estás distraído —dijo Bianca.
—Estoy pensando.
—Eso siempre significa que algo te molesta.
—Muchas cosas me molestan.
Ella sonrió.
—Pero pocas tienen piernas largas y traje de conductora.
Emiliano la miró.
—Cuida tu tono.
Bianca fingió sorpresa.
—¿Ahora la defiendes?
—Defiendo el respeto básico.
—Qué noble.
Antes de que la conversación siguiera, Damián se acercó con dos copas.
—Primo, los socios quieren una palabra antes de que te vayas.
—Ya hablé con ellos.
—Una más.
Emiliano notó algo.
Damián quería retrasarlo.
¿Por qué?
Miró hacia la puerta por donde Sofía había desaparecido.
Entonces su teléfono vibró.
Mensaje de un número desconocido:
No salga por la ruta principal.
Emiliano endureció la mirada.
—¿Quién tiene mi número privado? —murmuró.
Bianca intentó mirar.
Él apagó la pantalla.
—Me voy.
—¿Ahora? —preguntó Bianca.
—Sí.
Damián se tensó.
—La salida principal está con prensa. Mejor espera diez minutos.
Emiliano lo miró.
—Qué curioso. Todos quieren que espere.
Bajó al estacionamiento sin avisar a su equipo.
Error.
Lo supo apenas las puertas del ascensor se abrieron.
El lugar estaba demasiado vacío.
Demasiado silencioso.
Las luces parpadeaban en una sección.
El conductor oficial no estaba.
Y tres hombres de traje oscuro estaban junto a su coche.
Uno sonrió.
—Señor Duarte.
Emiliano no se movió.
—¿Dónde está mi conductor?
—Indispuesto.
El hombre dio un paso.
Emiliano metió la mano en el bolsillo para buscar su teléfono.
Sin señal.
Por supuesto.
Otro hombre se acercó desde atrás.
—Solo queremos hablar.
Emiliano respondió con frialdad:
—Los hombres que quieren hablar no bloquean cámaras.
El primero sonrió.
—Entonces digamos que queremos que escuche.
El sonido de unos tacones bajos cruzó el estacionamiento.
Sofía apareció desde una columna, llaves en mano.
—Señor Duarte.
Los tres hombres giraron.
Ella caminó hacia el coche como si no hubiera peligro.
—Suba. Ahora.
Emiliano la miró.
—¿Qué está pasando?
—Si discutimos, lo averigua desde el maletero de otro coche.
El primer hombre avanzó hacia ella.
—Tú no deberías estar aquí.
Sofía sonrió.
—Me dicen eso mucho.
El hombre intentó tomarla del brazo.
Ella giró, le desestabilizó la rodilla con un movimiento seco y lo empujó contra el capó sin hacer más ruido del necesario.
Emiliano abrió los ojos.
Sofía tomó la puerta trasera del coche.
—Suba.
Esta vez Emiliano obedeció.
Ella se metió al asiento del conductor.
El segundo hombre golpeó el cristal.
Sofía arrancó.
El coche salió en reversa con precisión brutal, obligando al tercer hombre a saltar hacia un lado.
—Abróchese —dijo ella.
—¿Eres seguridad?
—Ahora pregunta.
Un coche gris bloqueó la salida.
Sofía aceleró hacia él.
Emiliano se tensó.
—¿Qué haces?
—Negociar espacio.
A último segundo, giró. El coche rozó una columna, pasó por un carril de servicio y atravesó una barrera plástica.
Detrás, el vehículo gris intentó seguirlos.
Sofía tomó una curva cerrada.
—¿Siempre conduces así? —preguntó Emiliano, sujetándose.
—Solo cuando intentan secuestrar a mi pasajero.
—No parecía secuestro.
—Claro. Era una invitación social con hombres sin placa.
Él casi rió.
No era el momento.
Pero casi.
Subieron por una rampa secundaria.
Un segundo coche apareció al frente.
Sofía no frenó.
Giró hacia la salida de carga, golpeó el lateral del vehículo contra una pila de cajas vacías y abrió paso por centímetros.
Al salir a la lluvia, el aire nocturno golpeó el parabrisas.
La ciudad brillaba al fondo.
Emiliano miró hacia atrás.
—Nos siguen.
—Lo sé.
—¿Cuál es el plan?
Sofía lo miró por el retrovisor.
—Sobrevivir primero. Explicarle después.
Aceleró por una carretera de servicio.
El coche perseguidor tomó distancia.
Sofía apagó las luces durante tres segundos, giró hacia una vía lateral junto al río y se detuvo bajo un puente.
Silencio.
Solo lluvia.
Respiración.
Motor bajo.
Emiliano la miró.
El traje de ella seguía impecable, salvo por un mechón suelto junto al rostro. Sus manos estaban firmes sobre el volante. Sus ojos, atentos a todos los espejos.
No parecía asustada.
Eso lo asustó un poco.
—¿Quién eres? —preguntó él.
Sofía apagó el motor.
—La mujer que intentó advertirle desde que llegó.
—Nombre real.
—Sofía Navarro.
—Trabajo real.
—Seguridad privada. Encubierta esta noche como conductora.
—¿Quién te contrató?
Ella dudó.
—Alguien que se preocupa por usted más de lo que usted permite.
Emiliano entendió.
—Mi abuela.
Sofía no respondió.
—¿Qué querían esos hombres?
—Asustarlo. Retenerlo unas horas. Hacerlo firmar algo bajo presión o mandar un mensaje convincente a la prensa.
—¿Quién?
Sofía lo miró.
—Todavía no tengo pruebas completas.
—Pero tienes sospechas.
—Sí.
—Bianca.
Sofía no parpadeó.
—Y Damián.
El silencio se volvió frío.
Emiliano miró la lluvia.
Traición no era una sorpresa en su familia.
Pero sí cansaba.
—¿Por qué no me lo dijo Ágata directamente?
—Porque usted habría rechazado ayuda.
—Probablemente.
—Exactamente.
Él la miró.
—Me mentiste.
—Lo protegí.
—Con una mentira.
—Con una identidad operativa.
—Eso suena a mentira con uniforme.
Sofía soltó una risa breve.
—Sí. Un poco.
Emiliano no quería sonreír.
Lo hizo apenas.
Luego se puso serio.
—¿Y ahora?
Sofía revisó su teléfono.
—Mi equipo no responde. La señal está intervenida.
—¿Estamos solos?
—Temporalmente.
Él sostuvo su mirada.
—No pareces preocupada.
—Estoy muy preocupada.
—No se nota.
Sofía miró la carretera oscura.
—Cuando se nota, la gente que depende de mí empieza a perder tiempo teniendo miedo.
Emiliano no respondió.
Esa frase lo tocó.
Demasiado.
Porque él también había vivido años sin permitirse que el miedo se notara.
—Conozco un lugar —dijo él.
—¿Seguro?
—Nadie de mi equipo lo conoce.
—¿Y por qué debería confiar en usted?
Emiliano la miró.
—Porque si quisiera traicionarte, habría empezado antes de dejar que me salvaras la vida.
Sofía lo observó.
Luego encendió el motor.
—Dirección.
Él se la dio.
Y mientras el coche avanzaba bajo la lluvia, ninguno de los dos dijo lo que ya empezaba a ser evidente:
esa noche no solo había cambiado la seguridad de Emiliano Duarte.
Había cambiado el lugar exacto donde ambos habían puesto la confianza.
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