PARTE 6
La noche en la casa Santoro
Nicolás llevó a Elena a la casa Santoro antes del amanecer.
No era una mansión dorada como ella imaginaba.
Era una propiedad antigua frente al mar, con muros altos, jardín oscuro y luces cálidas detrás de ventanas gruesas.
Segura.
No cómoda.
Segura.
Elena no quiso dormir.
—Si cierro los ojos, vuelvo al escenario —dijo.
Nicolás no respondió con frases bonitas.
Solo le sirvió café.
—Entonces no los cierres todavía.
Ella tomó la taza.
—¿Así consuelas siempre?
—No consuelo. Soy malo en eso.
—Se nota.
Él casi sonrió.
Una joven entró en la sala.
Cabello corto, mirada viva, cicatriz pequeña en la ceja.
Bianca Santoro.
La hermana que Elena había salvado años atrás.
Bianca se detuvo al verla.
Durante un segundo, ninguna habló.
Luego Bianca corrió y la abrazó.
Elena se quedó rígida al principio.
Después la abrazó también.
—Te busqué —dijo Bianca—. Cuando me recuperé, pregunté por la chica de la cafetería. Nadie sabía tu nombre.
Elena cerró los ojos.
—Yo tampoco sabía el mío.
Bianca se separó, llorando.
—Mi hermano nunca dejó de buscarte.
Elena miró a Nicolás.
Él desvió la vista.
Por primera vez, el hombre más peligroso de la ciudad pareció incómodo.
—Tenía una deuda —dijo él.
Elena se tocó la pulsera metálica de deuda.
—Odio esa palabra.
Nicolás caminó hacia ella.
No la tocó.
—Entonces cambiemos el significado.
Sacó una pequeña herramienta.
—Puedo quitarla?
Elena miró la pulsera.
Durante años, Víctor le decía que debía pagar.
Comida.
Techo.
Ropa.
Silencio.
Obediencia.
Todo era deuda.
Levantó la muñeca.
—Quítela.
Nicolás cortó la pulsera con cuidado.
El metal cayó sobre la mesa.
El sonido fue pequeño.
Pero Elena sintió que algo enorme se rompía.
Bianca tomó la pulsera y la arrojó al fuego de la chimenea.
—Para que aprenda.
Elena soltó una risa.
Pequeña.
Inesperada.
Nicolás la miró como si ese sonido valiera más que todos sus territorios.
Luego su teléfono vibró.
Leyó el mensaje.
Su expresión se cerró.
—Mara Armandi convocó una junta de emergencia.
Elena dejó la taza.
—Para declarar que soy falsa.
—Sí.
—Cuándo?
—En tres horas.
Elena se levantó.
—Entonces vamos.
Nicolás la miró.
—No has dormido. Estás herida. Vienes de una subasta.
—Y ella viene de dieciocho años de mentira.
Elena tomó la carpeta de ADN.
—Estoy lista.
Nicolás la observó.
—No.
Ella frunció el ceño.
—¿No?
—No estás lista.
Se acercó y le entregó una chaqueta negra limpia.
—Pero vas igual.
Elena tomó la chaqueta.
—Ahora sí sabes consolar.
—No te acostumbres.
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