PART 3
La deuda que olía a sangre
Valeria no le tuvo miedo a la amenaza.
Le tuvo respeto.
Su abuelo le enseñó la diferencia cuando era niña.
—El miedo te paraliza —decía Aurelio Montenegro—. El respeto te obliga a mirar mejor.
Así que Valeria miró.
Miró la foto.
Miró el papel.
Miró la frase.
Miró el lugar donde alguien había dejado el sobre dentro de su coche, en un estacionamiento privado con cámaras, seguridad y acceso restringido.
Eso significaba que quien la amenazaba tenía entrada.
O dinero suficiente para comprarla.
Llamó a Esteban Márquez.
—Necesito todos los archivos de la deuda Santillán.
—Ya los tiene.
—No. Necesito los que mi abuelo no puso en la carpeta oficial.
Hubo silencio.
—Señora Valeria…
—Mi abuelo nunca hacía una sola carpeta.
Esteban respiró hondo.
—Venga a la oficina privada de Aurelio.
La oficina de su abuelo seguía intacta. Libros antiguos, escritorio de madera oscura, olor a tabaco que nunca se fue del todo. Sobre la pared había una foto de Valeria a los doce años, sentada junto a Aurelio, ambos riendo.
Valeria no quiso mirarla mucho.
Todavía dolía.
Esteban abrió una caja fuerte oculta detrás de una biblioteca.
Dentro había un expediente negro.
SANTILLÁN / LAGOS / OPERACIÓN NÁCAR
—¿Qué es Lagos? —preguntó Valeria.
—Un grupo de inversionistas privados. Muy discretos. Muy peligrosos.
Valeria abrió el expediente.
Contratos. Transferencias. Empresas offshore. Nombres falsos. Fotografías de reuniones en puertos, hoteles y clubes privados.
Y Daniel.
En varias.
No solo Daniel.
Camila también aparecía en una foto, hablando con un hombre mayor de cabello blanco.
—¿Quién es él?
Esteban se acercó.
—Horacio Lagos.
Valeria leyó el nombre.
—¿Mi abuelo investigaba esto?
—Sí. Sospechaba que Santillán & Asociados estaba siendo usada para mover dinero de Lagos. Pero Daniel no era el cerebro. Era la puerta.
Valeria sintió asco.
—Y Camila.
—Camila Robles trabajó antes como intermediaria de Lagos.
Valeria cerró los ojos.
La amante no solo era amante.
Era pieza.
Quizá Daniel la usó.
Quizá Camila lo usó a él.
Quizá ambos merecían destruirse.
—¿Mi abuelo murió por esto? —preguntó.
Esteban no respondió rápido.
Eso fue respuesta suficiente.
—El informe médico habla de paro cardíaco —dijo él.
Valeria abrió los ojos.
—Mi abuelo caminaba dos horas al día y se hacía chequeos cada tres meses.
—Por eso Aurelio dejó instrucciones.
Esteban sacó una memoria pequeña.
—Si algo le pasaba, debía entregársela cuando usted tomara control.
Valeria conectó la memoria.
Apareció un video.
Su abuelo, sentado en esa misma oficina, con rostro cansado pero mirada firme.
—Valeria, si estás viendo esto, ya no estoy. No pierdas tiempo llorándome. Si Daniel te humilla, úsalo. Si te expulsa, mejor. Santillán era la puerta hacia Lagos. Necesitaba que estuvieras fuera de esa casa para actuar sin que pudieran encerrarte legalmente.
Valeria se cubrió la boca.
Aurelio continuó:
—No confíes en Daniel. No confíes en Camila. Y, sobre todo, no subestimes a Beatriz Santillán. Esa mujer sabe más de lo que finge.
Beatriz.
Su suegra.
Valeria sintió un escalofrío.
—Busca el libro rojo en la biblioteca de la mansión Santillán —dijo Aurelio en el video—. Ahí está la primera prueba.
El video terminó.
Esteban miró a Valeria.
—No tiene que hacerlo sola.
—No pienso hacerlo sola. Pero voy a hacerlo.
Esa noche volvió a la mansión Santillán.
No como esposa.
Como acreedora principal.
La seguridad intentó detenerla, pero el documento legal bastó para abrir las puertas.
Beatriz la esperaba en el salón.
—Qué rápida volviste —dijo con desprecio—. ¿Ya extrañas la casa?
Valeria entró sin saludar.
—Extraño algunas cosas. La biblioteca, por ejemplo.
Beatriz perdió un poco el color.
Apenas.
Pero Valeria lo vio.
—No tienes derecho a pasearte aquí.
—Legalmente, parte de esta casa está sujeta a garantía corporativa.
—No me hables como abogada barata.
Valeria se acercó.
—Entonces no actúe como criminal cara.
Beatriz levantó la mano.
Valeria no se movió.
—Inténtelo. Esta vez hay cámaras.
Beatriz bajó lentamente la mano.
En la biblioteca, Valeria buscó el libro rojo. Lo encontró detrás de una fila de enciclopedias falsas.
Dentro había una libreta pequeña.
Nombres.
Fechas.
Pagos.
Iniciales.
Y una página doblada:
“V.M. no debe tener hijos. D.S. debe permanecer controlable.”
Valeria sintió que la sangre se le helaba.
V.M.
Valeria Montenegro.
D.S.
Daniel Santillán.
No debe tener hijos.
Leyó otra línea.
“Dosis administrada por B.S. durante tratamiento.”
El mundo se inclinó.
Beatriz Santillán.
Su suegra.
El embarazo perdido.
Los tés que Beatriz le llevaba “para calmar los nervios”.
Las vitaminas que insistió en comprarle.
Los mareos.
La noche en que perdió al bebé.
Valeria sintió que algo dentro de ella gritaba, pero su cuerpo quedó quieto.
Beatriz apareció en la puerta de la biblioteca.
—Encontraste algo que no debías.
Valeria cerró la libreta.
—Usted mató a mi hijo.
Beatriz no negó.
Eso fue lo peor.
—No dramatices. Ese embarazo habría complicado todo.
Valeria sintió que la rabia le quemaba la garganta.
—Era mi hijo.
—Era un obstáculo. Daniel no podía atarse a una mujer débil cuando Lagos estaba dispuesto a invertir millones.
Valeria dio un paso.
Beatriz retrocedió.
—No me toque —dijo Valeria—. Porque si lo hace, olvidaré que quiero verla viva para el juicio.
Daniel entró corriendo.
—¿Qué pasa?
Valeria le lanzó la libreta al pecho.
—Pregúntale a tu madre.
Daniel la abrió.
Leyó.
Su rostro cambió.
—Mamá… ¿qué es esto?
Beatriz apretó los labios.
—Hice lo necesario para salvar esta familia.
Valeria soltó una risa rota.
—Todos ustedes llaman familia a sus crímenes.
En ese momento, las ventanas de la biblioteca estallaron.
Hombres vestidos de negro entraron desde el jardín.
No eran de Daniel.
No eran de Valeria.
Beatriz susurró:
—Lagos.
Valeria entendió.
La libreta era la prueba.
Y Lagos había venido a recuperarla.
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