El Restaurante de los Secretos
El trayecto en coche hasta el Rossini’s duró veinte minutos de tráfico denso y luces de semáforo borrosas.
El restaurante italiano era uno de los establecimientos más exclusivos y caros del centro de Boston. Al ver la elegante fachada de piedra, Clara casi se sintió culpable por su desastroso aspecto. Casi.
La reserva estaba a nombre de Rubén Castellanos. O, mejor dicho, a nombre de su abuela. La elegante anfitriona del restaurante, enfundada en un traje sastre negro de diseñador, apenas pudo ocultar su expresión de horror y desconcierto cuando Clara cruzó las puertas de cristal.
— Tengo una reserva. Estoy esperando a alguien —dijo Clara, levantando la barbilla con orgullo desafiante, ignorando la ceja alzada de la mujer.
— Por supuesto, señora. ¿A qué nombre?
— Rubén Castellanos.
— Ah, el señor Castellanos. Sígame, por favor.
El interior del restaurante era una obra maestra de iluminación cálida, música de jazz suave y murmullos sofisticados. Estaba lleno de parejas vestidas con sus mejores galas nocturnas.
Con su vestido sin forma y sus zapatos desgastados, Clara destacaba como una enorme mancha de tinta en un pergamino de seda blanca. Era la escena perfecta para su plan. Captó varias miradas de asombro y burla mientras seguía a la anfitriona a través del comedor principal, sintiendo una mezquina y retorcida satisfacción.
La guiaron hasta un reservado privado en una esquina, parcialmente oculto por una elaborada pantalla decorativa de madera tallada.
— Su acompañante aún no ha llegado —informó la anfitriona con un tono gélido—. ¿Desea que le traiga algo de beber mientras espera?
— Un vaso de agua del grifo estará bien, gracias —respondió Clara, deslizándose en el cómodo asiento de cuero, preparándose para la tortura inminente.
En cuanto se quedó sola, sacó su teléfono y abrió la aplicación de mensajes. Empezó a redactar el texto que le enviaría a su madre en exactamente cuarenta y cinco minutos: “Mamá, lo siento mucho. Un dolor de cabeza terrible. Rubén fue muy amable, pero tuve que volver a casa. No creo que tengamos química”.
Estaba tan concentrada en la pantalla luminosa que no se dio cuenta de que alguien se acercaba a la mesa. No escuchó los pasos firmes sobre la alfombra.
Solo reaccionó cuando una voz profunda, una voz que había atormentado sus sueños febriles durante los últimos seis meses, resonó junto a la mesa.
— ¿Clara?
Su cabeza se levantó con tanta violencia que casi se provoca un latigazo cervical.
De pie junto a la mesa, luciendo tan paralizado e impactado como ella se sentía, estaba Mateo Benítez.
Era exactamente como ella lo recordaba en sus noches de insomnio. Alto, con el cabello oscuro ligeramente más largo que el típico estilo corporativo. Esos penetrantes ojos grises que parecían ver siempre demasiado, y una presencia magnética que dominaba automáticamente cualquier espacio que ocupara.
Llevaba un traje gris carbón a medida que probablemente costaba más que el alquiler anual del apartamento de Clara, y la miraba con una expresión indescifrable que la dejó sin aliento.
Durante un instante que pareció durar una eternidad, ninguno de los dos fue capaz de articular una sola palabra. El ruido del restaurante se desvaneció en el fondo. Solo existían ellos dos y la tensión silenciosa que siempre había flotado entre ambos.
Clara sintió que el rostro le ardía en llamas al darse cuenta de cómo se veía. El vestido espantoso. El cabello sucio y enredado. La ausencia total de esfuerzo. De todos los millones de personas con las que podría haberse cruzado en esta ciudad esta noche, Mateo Benítez ni siquiera estaba en la lista de probabilidades remotas.
— Mateo… —logró balbucear finalmente, con la voz estrangulada y seca—. ¿Qué demonios estás haciendo aquí?
Los ojos de él no se habían apartado del rostro de ella ni por un milisegundo. Y algo en su mirada hizo que el corazón de Clara diera un vuelco. Era sorpresa, sin duda. Pero también había algo más. Algo que se parecía dolorosamente a la esperanza.
— Tengo una reunión para cenar —dijo Mateo lentamente, como si estuviera procesando un rompecabezas muy complejo—. La pregunta es, Clara… ¿qué estás haciendo tú aquí?
Antes de que Clara pudiera inventar una excusa coherente, la anfitriona apareció de nuevo con dos menús de cuero en las manos. Esta vez, se dirigió a Mateo con una sonrisa radiante y un nivel de calidez servil que jamás le había mostrado a Clara.
— Señor Castellanos, su mesa ya está lista. —La mujer se detuvo, mirando a Clara y luego a Mateo con evidente confusión—. Oh, disculpe. ¿Ustedes… están juntos?
El suelo pareció desaparecer bajo los pies de Clara. El oxígeno abandonó sus pulmones.
¿Señor Castellanos?
Mateo la miró. Y en sus ojos grises, Clara vio el momento exacto en el que el brillante CEO armó las piezas del tablero y comprendió la magnitud de lo que estaba ocurriendo.
Su cita a ciegas no era un aburrido analista financiero llamado Rubén.
Su cita a ciegas era el maldito Mateo Benítez.
En momentos de tensión extrema, el silencio puede ser más ruidoso que un grito. Clara estaba atrapada en la red de su propia mentira, pero el destino tenía un plan diferente. ¿Crees en las coincidencias catastróficas, o piensas que el universo fuerza los encuentros que nosotros evitamos?
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