Las Máscaras Caen Sobre la Mesa
La mente de Clara giró a mil por hora, repasando una serie de pensamientos cada vez más frenéticos.
Mateo Benítez era Rubén Castellanos. O más bien, Rubén Castellanos era Mateo Benítez. Pero eso no tenía ningún sentido lógico, porque el apellido de Mateo siempre había sido Benítez.
— Sí —respondió Mateo a la anfitriona, con una voz tan estable y profunda que disfrazaba a la perfección el impacto sísmico que estaba sufriendo—. Estamos juntos. Muchas gracias, puede retirarse.
La anfitriona asintió, dejó los menús y desapareció.
Mateo se deslizó en el asiento del reservado, justo enfrente de Clara, moviéndose con esa gracia felina y calculadora que siempre lo había caracterizado en las reuniones de junta.
De cerca, Clara pudo notar pequeños detalles. Las finas líneas alrededor de sus ojos que no estaban allí cuando ella huyó de Nueva York. La ligera y peligrosa tensión en su mandíbula, que sugería que él estaba tan descolocado y fuera de control por esta situación como ella.
— Puedo explicarlo —dijeron ambos al mismo tiempo.
Se detuvieron. Mateo hizo un gesto caballeroso con la mano, invitándola a continuar, pero Clara negó frenéticamente con la cabeza.
— Tú primero —exigió Clara, agarrando el borde de la mesa hasta que los nudillos se le pusieron blancos—. ¿Por qué demonios esa mujer te está llamando señor Castellanos?
Mateo se pasó una mano por el cabello, deshaciendo ligeramente su peinado perfecto. Era un gesto de frustración que Clara recordaba íntimamente de las madrugadas en la oficina, cuando luchaban contra algún problema corporativo espinoso.
— Castellanos es el apellido de soltera de mi madre —explicó él en voz baja, eligiendo sus palabras con precisión quirúrgica—. Cuando mi abuela empezó a insistir en que conociera a alguien, utilicé su segundo apellido. No quería que las mujeres supieran quién era yo antes de sentarse en la mesa.
Mateo se inclinó ligeramente hacia adelante, y su mirada se oscureció.
— He tenido demasiadas experiencias con mujeres que estaban infinitamente más interesadas en las cuentas bancarias de Benítez Worldwide que en mí como ser humano. Usar un nombre diferente me pareció… prudente.
Clara sintió que una risa histérica y ahogada amenazaba con brotar de su garganta.
— Así que, el gran y poderoso CEO acudió a una cita a ciegas usando una identidad falsa para proteger su fortuna.
— Y por lo que veo, tú también acudiste a una cita a ciegas bajo una premisa falsa —contraatacó Mateo. Su mirada viajó desde el moño desordenado de Clara hasta el dobladillo deshilachado del vestido, y una pequeña arruga apareció en su frente—. Clara, por el amor de Dios… ¿qué llevas puesto?
El calor inundó las mejillas de Clara, tiñéndolas de un rojo violento.
— Lo sé. Sé que me veo como un desastre andante —se defendió ella, cruzando los brazos sobre el espantoso vestido de su tía abuela para intentar ocultar la enorme mancha de café—. Esa era la intención.
— ¿Por qué querrías verte intencionalmente mal en una cita? —La comprensión iluminó de pronto las facciones de Mateo—. Estabas tratando de sabotear la noche.
— ¡Mi madre ha sido implacable! —estalló Clara, soltando la frustración acumulada de los últimos seis meses—. ¡Cinco citas a ciegas en menos de medio año! ¡Cinco! Se supone que esta noche iba a ser tan espantosa que, quienquiera que apareciera, le informaría a su familia sobre el desastre de mujer que soy. ¡Y tal vez así, ella finalmente me dejaría en paz!
Un destello que podría haber sido pura diversión bailó en los ojos grises de Mateo.
— Déjame ver si lo entiendo —murmuró él, apoyando los codos sobre la mesa blanca—. Te pusiste tu peor vestido, omitiste el maquillaje por completo, y viniste aquí planeando quedarte exactamente el tiempo de tomar una bebida barata antes de fingir una migraña repentina y huir.
Clara lo miró fijamente, con la boca ligeramente abierta.
— ¿Cómo diablos sabías lo de la migraña?
— Porque ese era exactamente mi plan para esta noche —confesó Mateo, recostándose contra el respaldo de cuero del reservado. Por primera vez desde que había aparecido junto a la mesa, algo parecido a su confianza habitual y arrolladora se instaló sobre sus hombros.
— Mi abuela ha estado en una campaña de acoso y derribo para verme casado desde que cumplí los treinta y cinco —continuó Mateo, con una media sonrisa—. Cuando se conectó con tu madre a través de su maldito club de bridge y me insistió en que esta pareja estaba escrita en las estrellas… acepté ir a una sola cena. Planeaba ser educado, extremadamente frío, quedarme el tiempo mínimo indispensable y luego decirle que lo había intentado.
La mente de Clara procesó esta información de golpe, tambaleándose ante la ridícula imposibilidad del destino.
— ¿Tu abuela juega al bridge con mi madre? — Aparentemente, se han vuelto íntimas amigas —asintió Mateo—. Mi abuela ha estado cantando las alabanzas de la “hija de Margarita Mendoza” durante semanas. Decía que eras inteligente, capaz, y que ahora trabajabas en la construcción, lo cual le pareció admirablemente humilde.
— Ella no tenía idea de que yo era tu antigua asistente —dedujo Clara lentamente, mientras las piezas del rompecabezas encajaban con un clic ensordecedor.
— Porque ella no te conoce como Clara Mendoza la asistente ejecutiva —Mateo negó con la cabeza—. Te conoce como la hija de Margarita. Y tu madre probablemente habló de tu trabajo con la empresa de tu padre, pero jamás mencionó dónde trabajabas antes en Nueva York. Y yo, por supuesto, jamás le mencioné a mi abuela el nombre de la mujer que me abandonó en la oficina.
El silencio volvió a caer entre ellos, pero esta vez era más denso, cargado de electricidad estática. Las respiraciones se volvieron más superficiales.
Mateo la miró a los ojos, y toda la diversión desapareció de su rostro, dejando solo una intensidad que quemaba.
— Clara… ¿por qué te fuiste realmente de Nueva York?
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