La Oficial y el Fantasma de Forbes
La oficial de seguridad que llegó apartando a la multitud se llamaba Juana. Era una mujer corpulenta, de mirada afilada y actitud implacable, pero su rostro se suavizó de inmediato al ver a Mía.
— Hola, preciosa. Soy la oficial Juana —dijo, arrodillándose, con la radio de su cinturón soltando chasquidos estáticos—. Tenemos a todo mi equipo buscando a tu abuela ahora mismo. Me han dicho que tiene un bastón de flores, ¿es cierto?
Mía asintió enérgicamente, sin soltar a Marcos.
— Eres muy valiente, Mía. Tu abuela va a estar muy orgullosa de ti. Juana se levantó lentamente y sus ojos se clavaron en Marcos. La mirada de la oficial era analítica, fría, escaneando su traje de diseñador, su reloj suizo y su postura rígida. En su cabeza, las matemáticas no cuadraban.
— Aprecio que la haya traído, señor. Pero necesito ver su identificación. Ahora. —El tono de Juana no dejaba margen para discusiones.
En cualquier otro contexto, Marcos habría enfurecido, amenazando con despedir a los jefes de la oficial. Ahora, simplemente asintió. Entendía perfectamente lo mal que se veía: un hombre rico, tenso, sosteniendo la mano de una niña que no era suya.
Sacó su billetera de cuero y le entregó su licencia de conducir.
Juana la miró, frunció el ceño, sacó su teléfono móvil y escribió algo rápido. La oficial palideció ligeramente.
— ¿Marcos Aguilar? —Juana levantó la vista, alternando entre la foto de internet y el hombre frente a ella—. ¿El Marcos Aguilar? ¿El CEO de Tecnologías Aguilar?
— El mismo —respondió Marcos en voz baja, acostumbrado a que las portadas de la revista Forbes arruinaran su anonimato.
— Mi marido usa su software de contabilidad en su empresa —murmuró Juana, entregándole la licencia con mucho más respeto, pero aún confundida—. Leí en las noticias financieras de esta mañana que usted debía estar en Singapur para cerrar la mayor fusión del año. ¿Qué hace en la zona pública de O’Hare con una niña perdida?
Marcos miró a Mía, que escuchaba la conversación con curiosidad.
— Los planes cambian, Oficial. Singapur seguirá allí mañana.
Pero sabía que era mentira.
No seguiría allí. Si no aparecía, la junta directiva japonesa lo interpretaría como una falta de respeto imperdonable. El trato colapsaría. Las acciones de su empresa se desplomarían al abrir la bolsa en Wall Street. Tres mil empleados podrían perder sus trabajos.
Y sin embargo, mientras Mía apretaba su mano, Marcos no lograba invocar el pánico que debería estar consumiéndolo. Solo sentía una extraña, perturbadora y adictiva sensación de alivio.
— Atención, unidad seis. Tenemos un código coincidente —crujió la radio de Juana repentinamente—. Mujer de cabello blanco, abrigo azul, gafas moradas. Está en la puerta B28, cerca del mostrador de United. Está sufriendo un ataque de pánico, gritando que perdió a su nieta.
El rostro de Mía se iluminó como un árbol de Navidad.
— ¡Es mi abuela! — Recibido, unidad seis —respondió Juana por el transmisor—. Llevamos a la niña para allá. Cambio y fuera. —Juana sonrió a Mía—. ¡Vamos a reunirte con ella!
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