—¿Papá? ¿Cuándo vais a venir a buscarme? Las señoras de aquí son amables, pero este sitio huele raro y quiero dormir en mi cama —dijo la voz de Mateo a través del auricular, con ese tono inocente que hizo que a Alejandro se le partiera el alma en mil pedazos—. Hay dos señores altos en la puerta del patio que no paran de mirarme y tienen un coche igual que el del tío Carlos.
—Escúchame muy bien, Mateo, necesito que seas el chico más valiente del mundo en este momento —respondió Alejandro, apretando el teléfono contra su oreja mientras las lágrimas le resbalaban por las mejillas y caían sobre la mesa de acero—. No te asomes a la ventana y no hables con nadie que no lleve el uniforme de la policía. Papá va a ir a buscarte muy pronto, te lo prometo.

El pánico en el centro de menores
El sargento de la Interpol le arrebató el teléfono a Alejandro de un tirón, cortando la comunicación antes de que el niño pudiera notar el pánico en la voz del médico. En la sala de control de la Audiencia Nacional, las pantallas conectadas a las cámaras de tráfico del área periférica de Madrid comenzaron a parpadear en rojo. Un todoterreno negro con matrícula diplomática falsa acababa de saltarse el perímetro de seguridad del centro de acogida en Pozuelo de Alarcón.
—¡Desplieguen al grupo operativo de inmediato! —ordenó el sargento por el radio, con el rostro tenso—. Esos hombres no están esperando a que el juez firme la orden de custodia; van a sacar al niño del país por las malas.
—Si mis socios se llevan a Mateo, inspector, la vida de todos los que estamos en esta habitación no valdrá más que el precio de una bala de fogueo —advirtió Elena desde su silla, manteniendo una frialdad matemática que resultaba repulsiva—. Ellos saben que si el niño pisa territorio ruso bajo custodia oficial, los fondos de Zúrich se congelarán definitivamente por la ley de blanqueo internacional.
—¡Cállate la boca, Elena! ¡Es un niño de siete años al que has criado! —le gritó Alejandro, fuera de sí, golpeando la mesa con sus manos esposadas—. ¿Es que no te queda un solo gramo de humanidad en las venas? ¿Cómo puedes hablar de fondos y de claves mientras su vida pende de un hilo?
El precio de un pasaporte suizo
Elena se inclinó hacia delante, ignorando los gritos de su esposo y clavando su mirada calculadora en el agente de la Interpol. Sabía que las cartas de la negociación habían cambiado y que el tiempo corría a su favor si jugaba bien la baza del terror que los rusos acababan de sembrar en la capital.
—Le propongo un trato, inspector: yo les doy la clave de acceso al fideicomiso de los Ivanov y ustedes me meten en un programa de protección de testigos en Estados Unidos —ofreció la abogada, sin pestañear—. Sin esa clave, el gobierno ruso tardará diez años en rastrear las cuentas puente de las Bahamas, y para entonces, la mafia ya habrá liquidado a la mitad de los funcionarios de la embajada.
—Usted no está en posición de exigir nada, doña Elena; se enfrenta a una pena de treinta años por secuestro internacional, falsedad documental y blanqueo de capitales —le recordó el inspector con voz severa—. Su hermano Carlos ya ha pagado el precio de su codicia en una cuneta de Badajoz. No tiente a la suerte.
—Carlos era un eslabón débil y un cobarde que pensaba que el dinero de la mafia se podía gastar en los casinos de Estoril como si fuera una herencia familiar —escupió ella con un desprecio gélido—. Yo soy la única que sabe cómo desencriptar el servidor de la clínica de Ginebra. Si yo muero o si me meten en una celda común, Mateo se convertirá en un cabo suelto que Moscú cortará antes de que termine la semana.
La desesperación de un padre sin sangre
Alejandro miró al inspector de la Interpol, ignorando por completo la presencia de la mujer que había destruido su vida. En su mente de cirujano, donde cada segundo contaba para salvar una vida en la mesa de operaciones, comprendió que la burocracia policial iba demasiado lenta para el peligro que acechaba al pequeño Mateo.
—Inspector, déjeme ir con el equipo operativo al centro de menores —suplicó el médico, con la voz quebrada—. El niño confía en mí. Si ve entrar a los agentes con armas y chalecos, va a salir corriendo o entrará en pánico por su problema cardíaco. Sufrirá una crisis si no hay nadie que lo calme.
—Usted es un sospechoso bajo custodia, doctor De la Vega, no un miembro de las fuerzas de seguridad —respondió el sargento, aunque en sus ojos grises asomó por primera vez una duda humana—. No puedo autorizar que un civil participe en una operación de alto riesgo contra un comando de la Europa del Este.
—¡Yo operé a ese niño, maldita sea! ¡Sé cuántos latidos puede aguantar su corazón antes de colapsar! —bramó Alejandro, levantándose con tanta violencia que la silla de acero cayó hacia atrás contra el suelo de cemento—. Si esos hombres entran pegando tiros y Mateo se asusta, su válvula aórtica no aguantará la presión. ¡Morirá allí mismo antes de que puedan meterlo en ningún coche!
La disyuntiva del inspector era extrema: cumplir el protocolo legal y mantener al cirujano entre rejas mientras el comando táctico asaltaba el centro de menores, o arriesgar su carrera permitiendo que un padre desesperado —que técnicamente era un sospechoso de complicidad— fuera el escudo emocional del niño. ¿Qué habrías decidido tú en el lugar de las autoridades ante un riesgo médico tan inminente?
El estallido en la carretera de Pozuelo
Antes de que el inspector pudiera pronunciar su veredicto, el intercomunicador de la sala de control emitió un pitido agudo seguido de la voz alterada del jefe de la unidad de intervención que custodiaba los alrededores del centro de acogida.
—¡Sargento! ¡Tenemos un código negro en el sector norte de Pozuelo! —gritó el agente entre el ruido de sirenas lejanas y lo que parecían ráfagas de subfusil—. El todoterreno diplomático ha embestido la puerta trasera del centro. Hay dos agentes locales heridos en el suelo y han lanzado botes de humo en el patio central. ¡Están buscando al menor dentro del edificio!
—¡Sáquenlo de aquí! ¡Llévense a la doctora Elena a los calabozos subterráneos de seguridad! —ordenó el sargento de la Interpol, desenfundando su arma reglamentaria—. ¡Doctor De la Vega, venga conmigo al furgón de asalto! Si ese niño sufre una crisis, usted será el único que pueda mantenerlo con vida, pero si intenta hacer un solo movimiento extraño, mis hombres tienen órdenes de disparar.
—Solo quiero salvar a mi hijo, sargento… el resto del mundo me importa un bledo —respondió Alejandro, mientras un agente le retiraba las esposas a toda velocidad para permitirle correr hacia los vehículos blindados que esperaban en el patio interior de la Audiencia Nacional.
La carrera contra la muerte y el tiempo
El furgón camuflado de la Interpol avanzó por la autopista A-6 a más de ciento ochenta kilómetros por hora, abriéndose paso entre el tráfico de la mañana madrileña con las sirenas ocultas bramando a pleno pulmón. Alejandro, sentado entre cuatro agentes equipados con cascos de combate y fusiles de asalto, miraba sus propias manos temblorosas; las mismas manos que habían salvado cientos de vidas en el quirófano ahora dependían de la velocidad de un conductor policial para evitar el asesinato de un niño inocente.
—Nos quedan tres minutos para llegar al objetivo, doctor —advirtió el jefe de equipo, pasándole un chaleco antibalas ligero sobre la ropa de paisano—. El humo de los botes está dificultando la visión de nuestros tiradores desde el tejado. El comando ruso va fuertemente armado y no les importa dejar testigos.
—Si Mateo escucha mi voz, saldrá del escondite del pasillo del sótano —explicó Alejandro, con la mente fija en los mapas de la casa de acogida que el sargento le había mostrado en la tableta digital—. De pequeño jugábamos al escondite en nuestra casa y yo siempre le enseñé que el mejor sitio para ocultarse es detrás de los conductos de ventilación. Él se acordará de eso si tiene miedo.
—Esperemos que se acuerde, doctor… porque según los últimos datos de la central, los asaltantes ya han bloqueado la salida de emergencia del edificio y están subiendo la escalera planta por planta —sentenció el sargento, mientras el furgón daba un volantazo violento para entrar en la calle del centro de menores, donde una columna de humo negro ya se elevaba hacia el cielo gris de Madrid.