El Secreto en el Sobre de Papel Madera
El sonido de la puerta cerrándose de golpe resonó en el diminuto apartamento como un disparo.
Raquel se quedó paralizada, con el pecho subiendo y bajando erráticamente. Su mirada bajó hacia la mesa de la cocina, donde descansaba el sobre grueso y sellado que Daniel acababa de dejar.
Le temblaban las manos cuando rasgó el papel. No había contratos de confidencialidad, ni cheques en blanco, ni amenazas legales.
Había unos planos arquitectónicos originales de 1924, los de la librería que ella estaba renovando, impresos en papel de archivo de alta calidad. Y sobre ellos, una nota escrita a mano con tinta negra.
«Me acusas de fingir ser alguien que no soy», leyó Raquel en un susurro ahogado, sintiendo que una lágrima caliente le quemaba la mejilla. «Pero tú llevas un mes vistiéndote como una sombra, ocultando tu brillo por miedo. Encontré estos planos en los archivos de la ciudad para ti. Eres una arquitecta brillante, Raquel. Deja de esconderte de la vida. — Daniel.»
El papel cayó de sus manos.
Se dejó caer de rodillas en el suelo de la cocina, rodeada de cajas de fideos tailandeses, y lloró. Lloró por la mentira de Daniel, pero sobre todo, lloró porque él tenía razón.
Ambos estaban jugando al mismo juego retorcido: esconder su verdadero yo para evitar que les rompieran el corazón. ¿Alguna vez has arruinado una oportunidad perfecta solo por el miedo a que te lastimen de nuevo?
El Santuario del Polvo y el Aserrín
Durante las siguientes dos semanas, la librería en renovación se convirtió en el único refugio seguro de Raquel.
Se lanzó al trabajo con una energía casi maníaca, llegando antes del amanecer y quedándose hasta que la Señora Vargas, la dueña de setenta años, prácticamente la echaba a escobazos.
— Si sigues lijando esa madera con tanta rabia, vas a llegar al centro de la tierra, niña —le advirtió la Señora Vargas una noche, poniéndole un plato de empanadas caseras sobre una pila de tablones.
— Necesito terminar esto a tiempo, es todo —murmuró Raquel, sin levantar la vista de los planos.
Su teléfono vibraba constantemente en el bolsillo de su mono de trabajo. Cuarenta y siete mensajes en tres días. Sabía el número exacto porque los había contado uno a uno antes de bloquear el número de Daniel.
Mónica también la había bombardeado a llamadas, pero Raquel las ignoró todas. No quería disculpas. Quería rebobinar el tiempo y volver al día antes de conocerlo.
Dos semanas después de la explosiva ruptura, Raquel estaba de rodillas arrancando papel tapiz podrido cuando Jaime, el contratista, apareció en el umbral.
— Hay alguien aquí para verte —dijo Jaime, con una expresión inusualmente seria—. Y antes de que me lances un martillo a la cabeza, no es Daniel.
👉 [Haz clic aquí para leer la siguiente parte] 👈