PARTE 3
El muerto dentro del ataúd
Aurelio Bellini fingió morir porque Elena lo convenció.
No fue fácil.
El viejo capo era orgulloso. Le costaba respirar, pero aún quería levantarse y matar a sus hijos con sus propias manos.
—No puedes pelear así —le dijo Elena, presionando la herida.
—He peleado peor.
—No. Has presumido peor.
Aurelio la miró como si no supiera si agradecerle o abofetearla.
—Siempre me caíste mal.
—Lo sé. Por eso me creyó cuando le dije que Marco no era leal.
Aurelio cerró los ojos.
Esa frase dolió más que el disparo.
Había ignorado advertencias. Había pensado que Elena era demasiado desconfiada, demasiado directa, demasiado poco moldeable para ser esposa de un Bellini.
Ahora estaba vivo porque esa mujer no supo obedecer ni siquiera a una explosión.
Se escondieron en una clínica clandestina dirigida por una médica vieja, Teresa Ríos, que le debía la vida a Aurelio desde hacía veinte años. Teresa limpió la herida, extrajo la bala alojada cerca del costado y dijo lo evidente:
—Si se mueve mucho, muere.
Aurelio preguntó:
—¿Cuánto es mucho?
Elena respondió:
—Entrar en un ataúd y fingir ser cadáver cuenta como muchísimo.
Teresa la miró como si estuviera loca.
Pero Elena ya tenía el plan.
Marco organizaría funeral cerrado, rápido, sin autopsia real. Necesitaba el cuerpo como símbolo, no como prueba. Dario conseguiría un cadáver parecido para sellar la mentira. Lucía movería a los Moretti para legitimar la sucesión. Si Aurelio aparecía simplemente vivo, Marco diría que era falsificación, montaje, truco de sus enemigos.
Pero si Aurelio despertaba dentro de su propio funeral…
delante del consejo…
delante de las familias…
delante de la iglesia llena de testigos…
Marco no podría enterrar la verdad tan fácil.
—Necesitamos meterlo en el ataúd —dijo Elena.
Teresa la miró.
—Usted está herida en la cabeza?
—Sí. Pero sigo teniendo razón.
Aurelio soltó una risa que terminó en tos.
—Me gusta más así que como esposa obediente.
Elena lo miró.
—Nunca fui obediente. Usted estaba distraído.
Durante la madrugada prepararon todo.
Teresa administró a Aurelio una dosis mínima para bajar su respiración y hacerlo parecer muerto durante el traslado. Un hombre leal a Aurelio, Bruno Leoni, interceptó el cuerpo falso antes de que llegara a la iglesia. Sustituyeron el cadáver por Aurelio.
Elena, mientras tanto, fue a la cripta familiar con la llave.
Entró bajo la iglesia antes del amanecer.
La cripta Bellini olía a piedra, humedad y flores podridas. En una cámara oculta detrás de la tumba de la madre de Marco, encontró una caja metálica.
Dentro había documentos que Aurelio había reunido durante años.
Pagos de Dario a hombres Moretti.
Mensajes de Lucía coordinando el pacto.
Transferencias de Marco desviando fondos.
Un testamento alternativo.
Y una grabación de Marco diciendo:
“Mi padre no soltará la silla. Entonces habrá que cerrarle los ojos.”
Elena escuchó esa frase tres veces.
No por sorpresa.
Por rabia.
Luego encontró algo más.
Una página con su nombre.
ELENA VARGAS BELLINI — EXCLUIR DE SUCESIÓN POR RIESGO DE RECLAMO CONYUGAL.
Debajo:
“Eliminar si sobrevive al ataque.”
Firmado por Dario.
Aprobado por Marco.
La sangre le latió en los oídos.
Hasta ese momento, Elena quería exponerlos.
Después de leer esa hoja, quiso verlos arrodillados.
Salió de la cripta con la carpeta bajo el brazo.
Caminó hasta la entrada principal de la iglesia mientras los invitados llegaban al funeral.
No se limpió la sangre.
No arregló el vestido.
No ocultó las heridas.
Quería que la vieran exactamente como la dejaron.
Y cuando las puertas se abrieron, entendió algo:
volver viva no bastaba.
Tenía que hacer que todos los que la enterraron desearan haber cavado más profundo.
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