PARTE 5
La madre que confundió a la guardaespaldas con una hija
La llegada de Regina Alarcón de Rivas, madre de Sebastián, convirtió la mansión en guerra.
Regina había vivido años fuera del país por tratamientos médicos y negocios familiares. Volvió sin avisar, con maletas, sombrero elegante y la paciencia agotada.
Valeria la vio entrar y creyó que era otra mujer intentando acercarse a Sebastián.
—¿Quién la dejó entrar? —gritó—. Saquen a esta señora.
Regina la miró.
—¿Perdón?
—Sebastián no recibe mujeres sin permiso.
—Qué interesante. Tendré que pedirle permiso a mi hijo para entrar a mi casa.
Valeria no entendió.
Inés sí vio algo raro.
La mujer tenía la postura de Sebastián. La misma forma de mirar como si todos fueran tarde a una reunión invisible.
Cuando Maribel, el ama de llaves, intentó empujar a Regina, Inés intervino.
—Nadie toca a una invitada sin saber quién es.
Valeria la enfrentó.
—¿Ahora tú mandas aquí?
—No. Pero tengo modales.
—Campesina insolente.
—Mejor campesina que maleducada.
Regina sonrió.
Sebastián llegó justo cuando Valeria intentaba abofetear a Inés.
—¿Qué está pasando?
Regina cruzó los brazos.
—Tu “futura señora” acaba de intentar echar a tu madre de tu casa.
El silencio fue mortal.
Valeria perdió el color.
—¿Madre?
Inés también se quedó paralizada.
—¿Usted es…?
Regina le guiñó un ojo.
—La señora mayor a la que defendiste con más valor que todo el personal de esta casa.
Sebastián miró a Valeria.
—Pide disculpas.
Valeria tartamudeó.
—Yo no sabía…
—Eso quedó claro. Discúlpate.
Valeria tuvo que inclinarse.
—Perdón, señora Regina. Perdón, Inés.
Inés se sintió incómoda.
—Está bien.
Regina la tomó del brazo.
—No, no está bien. Pero eres demasiado buena para disfrutarlo. Eso me gusta.
Desde ese día, Regina decidió que Inés era su persona favorita.
Le regaló un broche familiar.
Inés intentó rechazarlo.
—No puedo aceptar algo así.
—Claro que puedes. Me caes bien y tengo dinero. Es una combinación eficiente.
Sebastián miraba la escena con una expresión imposible de leer.
Más tarde, la llevó a comprar ropa.
—Tus trajes están rotos —dijo.
—Trabajo peleando con gente.
—Precisamente.
En una boutique de lujo, Inés se quedó mirando unos zapatos plateados. Hermosos. Delicados. Ridículos para alguien como ella.
—¿Te gustan? —preguntó Sebastián.
—Solo estaba mirando.
—Envuélvalos.
—¡No! No puedo usar eso. Soy guardaespaldas. No una señorita de gala.
—Considéralo beneficio de empresa.
—¿Beneficio?
—Y además están en descuento.
Inés abrió los ojos.
—¿Descuento?
La vendedora, entendiendo la señal de Sebastián, dijo:
—Dieciocho por ciento.
Inés pensó seriamente.
Sebastián casi sonrió.
—Entonces hay que ahorrar —dijo ella.
—Exacto.
Valeria los vio regresar con bolsas.
Su rostro se endureció.
Sebastián no la miraba así.
Nunca.
La había recibido por responsabilidad, sí.
Pero a Inés la miraba como quien intenta entender una luz que no sabe nombrar.
Y eso era mucho más peligroso que cualquier contrato.
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