PARTE 2
Una asistente que no obedecía bien
Camila aceptó el puesto por dinero.
No por curiosidad.
No por ambición.
Mucho menos por Adrián Belmonte.
Eso se repitió la primera mañana en la oficina ejecutiva, mientras una secretaria le entregaba una tableta, una agenda y una lista de nombres que sonaban como calles de barrios donde ella jamás podría pagar una cena.
—El señor Belmonte necesita puntualidad absoluta —dijo la secretaria.
—Yo también, pero el autobús no siempre me respeta.
La secretaria no se rió.
Camila entendió que en ese piso la gente no desperdiciaba sonrisas.
Adrián llegó a las ocho exactas.
—Llegó temprano.
—Llegué con miedo.
—¿De mí?
—De perder el empleo. Usted es secundario.
Él dejó unos documentos sobre la mesa.
—Necesito que revise la lista de proveedores de la gala.
Camila miró la tableta.
—¿Yo?
—Sí.
—No sé organizar galas.
—Sabe detectar problemas.
—Se basa en un café derramado y una frase maleducada.
—A veces basta.
Durante los días siguientes, Camila descubrió que Adrián trabajaba como si estuviera huyendo de algo.
Entraba antes que todos.
Comía poco.
Dormía menos.
Contestaba correos a medianoche.
No sonreía en reuniones.
Y cada vez que alguien mencionaba a su familia, su rostro se cerraba como una puerta blindada.
Ella empezó revisando proveedores.
Terminó corrigiendo menús, detectando sobreprecios, hablando con empleados que nadie del piso ejecutivo escuchaba.
Un día encontró que el proveedor de flores cobraba el triple por arreglos mediocres.
—Esto es un robo con pétalos —dijo.
Adrián levantó la vista.
—¿Perdón?
—Las flores están mal elegidas. Son caras, sí, pero sin gusto. Es como si alguien quisiera impresionar a gente que tampoco sabe de flores.
—¿Puede arreglarlo?
—Sí.
—Hágalo.
—¿Así de fácil?
—Usted dijo que podía.
Camila cruzó los brazos.
—Normalmente la gente rica pide tres reuniones antes de aceptar una idea simple.
—Estoy intentando ser eficiente.
—Qué tragedia para su especie.
Adrián la miró.
Y sonrió.
Otra vez apenas.
Pero más que antes.
Los empleados empezaron a notarlo.
También empezó a notarlo Regina Valdés.
Regina llegó una tarde sin cita.
Vestido blanco, bolso caro, perfume intenso.
—Adrián —dijo, entrando como si la oficina le perteneciera.
Camila levantó la mirada desde la mesa auxiliar.
Regina la vio.
La midió.
La descartó.
—¿Nueva secretaria?
Camila sonrió.
—Nueva molestia temporal.
Adrián cerró una carpeta.
—Regina.
—Tu madre me dijo que estabas ocupado con la gala.
—Lo estoy.
Regina caminó hacia él y le acomodó la corbata.
El gesto fue íntimo.
Demasiado.
Camila miró hacia la tableta, fingiendo no verlo.
—La cena de mañana sigue en pie —dijo Regina.
—No confirmé.
—Tu madre confirmó por ti.
Adrián endureció la mandíbula.
—Entonces cena con mi madre.
Regina rió.
—No seas difícil. Todos saben que tarde o temprano vamos a formalizar esto.
Camila sintió una incomodidad ridícula.
No tenía derecho.
Adrián no era nada suyo.
Ni amigo.
Ni jefe cercano.
Ni posibilidad.
Solo un hombre rico que pagaba bien y miraba demasiado cuando ella hablaba.
Regina se giró hacia ella.
—¿Cómo te llamas?
—Camila.
—Camila, ¿puedes traernos café?
Adrián habló antes que ella:
—Camila no trae café.
Camila levantó una ceja.
—Técnicamente, sí traía.
—Ahora no.
Regina sonrió con veneno.
—Qué ascenso tan rápido.
Camila cerró la tableta.
—No se preocupe. Todavía sé derramarlo si hace falta.
El silencio fue perfecto.
Adrián bajó la mirada para ocultar una sonrisa.
Regina no.
Desde ese día, Camila entendió que había entrado en una guerra que no pidió.
Y Adrián entendió algo peor:
le molestó demasiado ver a Regina humillarla.
Más de lo que debería molestarle un problema laboral.
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